Puerto Coriol #8
Era pura casualidad, desde luego, que los aeluones se las arreglaran tan a menudo para marcar las casillas de la lista de Cosas que a los Humanos les Parecen Atractivas.
A escala galáctica, la belleza era un concepto relativo.
Todos los humanos estaban de acuerdo en que los harmagianos eran espantosos (sentimiento que los harmagianos devolvían de todo corazón).
Los aandrisk… Bueno, eso dependía de que con quien hablaras.
A algunas personas les gustaban las plumas; otros no soportaban los dientes y las garras.
Los rosk, con las patitas temblorosas y las mandíbulas dentadas, serían material de pesadillas incluso si no tuvieran la costumbre de bombardear a gran escala las colonias fronterizas.
Pero los aeluones, por algún capricho extraño de la evolución, tenían una apariencia que a la mayoría de los humanos les dejaba boquiabiertos, les hacía alzar las palmas de las manos, y decir: «Vale, sois una especie superior».
Las largas extremidades y dedos de los aeluones eran alienígenas sin duda, pero se movían con una gracia fascinante.
Los ojos eran grandes, pero no demasiado grandes.
Las bocas eran pequeñas, pero no demasiado pequeñas.
Ashby sabía de sobra que era difícil encontrar a un humano al que no le gustara un aeluón, incluso en los términos estéticos más objetivos.
Las mujeres aeluonas no tenían pechos, pero tras conocer a Pei, Ashby descubrió que no le importaba.
Su yo adolescente se habría horrorizado.
Estirado junto a ella, Ashby se sintió como un revoltijo peludo y larguirucho.
Pero si tenía en cuenta lo que habían estado haciendo durante casi las dos horas anteriores, supuso que no podía ser tan repulsivo.
O quizá a ella no le importaba lo más mínimo el revoltijo peludo y larguirucho. Aquello también le servía.
—¿Tienes hambre? —preguntó Pei, aunque no movió la boca.
Como todos los aeluones, su «voz» era un sonido computerizado que provenía de una fonocaja incrustada en la base de la garganta.
La fonocaja se controlaba a través de un proceso neuronal que le gustaba comparar con pensar palabras al escribir.
Los aeluones no tenían sentido auditivo natural, y no tenían necesidad de un idioma verbal propio.
Entre ellos se comunicaban con el color; en concreto, con parches iridiscentes en las mejillas que brillaban y fluctuaban como el reflejo en una burbuja.
Pero cuando empezaron a interactuar con otras especies, la comunicación verbal se volvió una necesidad, y entonces llegaron las fonocajas.
—Estoy famélico —respondió Ashby. Sabía que, al hablar, el sonido que salía de su garganta lo recogía el implante similar a una joya que ella tenía en la frente.
Ya que su cerebro no tenía modo de procesar el sonido, el implante traducía las palabras en una entrada neuronal para que fueran comprensibles.
No acababa de entender cómo funcionaba, pero podía decir lo mismo de casi toda la tecnología.
Funcionaba. Con eso le bastaba—. ¿Tu habitación o la mía?
—preguntó. Era otra parte de su procedimiento operativo estándar: asegurarse de que solo había una persona en el dormitorio cuando llegaba el servicio de habitaciones.
—Primero veamos qué tienen. —Pei se estiró sobre el borde de la cama y cogió el menú de una mesita cercana—. ¿Cuáles son nuestras probabilidades?
Era una antigua broma entre ellos, la pregunta de cuáles eran las posibilidades de que ambos encontrasen algo que les gustara en el menú del servicio de habitaciones. Los menús multiespecies eran bienintencionados, pero siempre impredecibles.
—Setenta a treinta —respondió Ashby—. A tu favor.
—¿Y eso?
Él señaló el menú.
—Porque tienen toda una sección dedicada a las huevas.
—Vaya, es cierto.
Ashby deslizó los ojos por su cuerpo mientras ella leía con detenimiento la selección de huevos de pez. Vio algo que sobresalía de la cintura. El borde de una cicatriz, de un denso y lechoso blanco. No se había dado cuenta antes, pero había estado un pelín distraído.
—Esta es nueva.
—¿Qué? —Giró el cuello para mirar—. Ah, eso. Sí. —Volvió al menú.
Ashby suspiró, un peso familiar empezó a crecerle en el estómago.
Pei tenía muchas cicatrices, franjas como cuerdas le atravesaban la espalda, agujeros de bala sanados en las piernas y el pecho, una retorcida cicatriz casi borrada causada por la culata de un rifle de pulsos.
Su cuerpo era un tapiz de violencia. Ashby no se hacía ilusiones sobre los riesgos que hacía frente un tripulante de carguero, pero de algún modo, la ropa limpia, la nave gris pulida, el ingenio audaz y la suave voz hizo que todo pareciera muy civilizado.
No fue hasta que vio las pruebas físicas de que alguien la había herido que recordó lo peligrosa que era su vida. La vida que no podía compartir.
—¿Debería preguntar? —repuso Ashby, pasando el dedo por la piel opaca. El modo en que ella estaba reclinada evitaba que viera la cicatriz por completo, pero le llegaba hasta la espalda y se ensanchaba allí—. Mierda, Pei, esta es grande.
Pei dejó el menú sobre su pecho y le miró.
—¿De verdad lo quieres saber?
—Sí.
—No te lo voy a contar si hace que te preocupes todavía más.
—¿Quién ha dicho que estoy preocupado?
Ella le acarició con un dedo los pliegues en el entrecejo.
—Eres muy dulce, pero mentir se te da fatal. —Se dio la vuelta, y acercó el rostro al suyo—. Hubo un… accidente en un descenso.
—Un accidente.
Su segundo par de párpados aleteó, y las mejillas se pusieron amarillo pálido con motas rojas.
Las complejidades de su lenguaje de color eran algo que Ashby nunca sería capaz de dominar, pero estaba bastante familiarizado para distinguir emociones.
Esta, por ejemplo, era algo entre exasperación y vergüenza.
—Va a sonar mucho peor de lo que fue en realidad.
Ashby repiqueteó con los dedos contra la cadera de Pei, a la espera.
—Oh, de acuerdo. Nos sorprendió un pequeño, muy pequeño, debo añadir, equipo de asalto rosk. Iban en busca de la base, no de nosotros, pero nos encontramos en medio. Para resumir aquel lío, terminé encima de la cabeza de una…
—¿¡Qué!? —Los soldados rosk estaban construidos para el combate desde los genes.
Eran tres veces del tamaño de un humano común.
Una veloz y furiosa masa de piernas, espinas y placas de queratina.
Si se encontraba en esa situación, no creía que fuera capaz de huir de un soldado rosk en plena carga, y mucho menos trepar a su cabeza.
—Te dije que iba a sonar mal. En cualquier caso, lo penúltimo que hizo fue arrojarme contra una pila de cajas.
Mientras caía, aprovechó la oportunidad para agarrarme con la boca.
Tengo equipo de protección de calidad, pero las mandíbulas rosk…
—Meneó la cabeza—. Lo que ves en la cadera es el resultado de una de esas mandíbulas al atravesar la protección.
Pero, de hecho, terminó bastante bien para mí.
Estar en su boca me dio un bonito y blando objetivo al que disparar.
Ashby tragó saliva.
—Entonces, ¿tú…?
—No, no fue suficiente para matarla. Sin embargo, el segundo disparo de mi piloto sí lo fue. —Ladeó la cabeza, y los segundos párpados se deslizaron hacia los lados—. Estás preocupado.
—Es difícil no estarlo.
—Ashby. —Se estiró para rozarle la mejilla—. No deberías preguntar.
Ashby le puso la palma de la mano contra su lumbar y la acercó hacia él.
—Quiero que esta guerra acabe.
—Sabes que casi todas me las hice en espacio de la CG.
—Cogió la mano de él y la guio por las cicatrices—.
Esta es de un akarak que trató de abordar mi nave.
Esta es de un contrabandista que no quería que alertara a las autoridades sobre sus bots falsificados.
Y esta es de un chiflado altergén que no tenía un buen día.
Nadie me protege cuando estoy en espacio no disputado.
Nadie excepto yo misma. Cuando hago un trabajo militar, tengo escoltas cuando estoy en el espacio y guardias armados cuando descargo en la superficie de un planeta.
Por varias razones, el trabajo militar es más seguro.
También pagan más. Y no es que me envíen a primera línea de combate.
En cuanto descargo las mercancías, me doy la vuelta y vuelvo a casa.
—¿Los… incidentes tienen lugar a menudo?
—No. —Ella estudió su rostro—. ¿Te preocupa más que me atacaran o que haya disparado a alguien?
Ashby se quedó en silencio un instante.
—Lo primero. No me importa si le disparaste a la rosk.
Ella estiró una pierna y la enredó entre las de él.
—Es curioso que un exodano diga eso. —Pei, como todos en la CG, sabía que los exodanos eran pacifistas.
Antes de abandonar la Tierra por el espacio, los refugiados comprendieron que el único modo en que iban a sobrevivir era si permanecían unidos.
Por lo que a ellos respectaba, la sangrienta historia repleta de guerras de su especie acababa con ellos.