El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Puerto Coriol #7
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Puerto Coriol #7

—¿Cómo se igualan la una a la otra? —preguntó.

Kizzy se encogió de hombros.

—Supongo que están de acuerdo en algo. —Levantó las cejas—. Ah. Así.

Sissix se había sentado con la espalda apoyada contra una de las mesas, y había separado las piernas a los lados.

La anciana se había unido a ella, con la espalda apoyada en la parte frontal de Sissix.

Ajustaron la posición de las colas. La anciana apoyó la cabeza en el pecho de Sissix y cerró los ojos, y Sissix puso la palma de la mano contra el estómago de la anciana apretándola hacia sí.

Con la otra mano, abrió los dedos y los pasó desde la cabeza hasta la punta de las plumas, y estiró con suavidad los cañones de estas.

Desde una perspectiva humana, parecían amantes reencontrados tras la puerta de un dormitorio, en absoluto dos extraños en un mercado al aire libre.

Incluso al otro lado de la calle, el rostro de la anciana era fácil de interpretar. Estaba en éxtasis.

Rosemary estaba perpleja. Sabía que los aandrisk eran desinhibidos (para los estándares humanos, se recordó), pero aquello sobrepasaba sus expectativas.

—Eh —murmuró—. Pues…

—No tengo ni idea —añadió Kizzy—. Aandrisk. No tengo ni puta idea. —Se quedó en silencio unos segundos—. ¿Crees que lo van a hacer? —susurro al inclinarse hacia delante con curiosidad infantil—. Me la juego a que sí. No me jodas, ¿es legal hacerlo aquí? Vaya, espero que no lo hagan.

Pero las aandrisk no copularon. Sin embargo, siguieron con su intimidad espontánea durante una buena media hora; se acariciaban las plumas y se rozaban las mejillas, ajenas a las miradas de los transeúntes.

En un momento dado, otros dos aandrisk pasaron por delante y les dirigieron una mirada casual, como si no ocurriera nada.

Rosemary no estaba segura de si debía apartar la mirada o no.

A Sissix, desde luego, no le importaba quien mirara.

La peculiaridad del acto empezó a derretirse según Rosemary observaba.

Era raro, sí, e inesperado, pero no era incómodo.

Había una cierta belleza extraña en ello, algo en el modo en que movían las manos, la tranquilidad con la que se tocaban la una a la otra.

Desconcertada con aquel pensamiento, Rosemary se descubrió algo celosa; de la anciana o de Sissix, no estaba segura.

Deseó que alguien le otorgara aquel grado de atención.

Deseó tener la suficiente confianza para devolverla.

Al fin, la anciana aleteó con las manos.

Sissix la soltó y la ayudó a levantarse.

Empezaron a mirar las mercaderías de la mujer.

Escogieron una jarra de exfoliante de escamas.

Sissix escaneó la muñeca. Intercambiaron algunas palabras más, pero sin idioma de manos.

Una charla normal entre cliente y vendedora, que hizo que todo fuera todavía más surrealista que antes.

La anciana se arrancó una pluma de la cabeza con un gesto de dolor. Le entregó la pluma azul desvaído a Sissix. Esta la cogió e inclinó profundamente la cabeza. Mostraba una expresión de gratitud.

—Ay, vaya —dijo Kizzy, llevándose las manos al pecho—. Todavía no sé qué está pasando, pero me he puesto sentimentaloide.

—¿Qué? —Rosemary tenía la mirada clavada en las aandrisk, como si observarlas el tiempo suficiente fuera a darle una explicación—. ¿Qué significa eso?

—¿Has estado en la habitación de Sissix?

—No.

—Vale, bueno, en la pared tiene este bonito cuadro con un montón de plumas aandrisk colgadas.

Por lo que sé, cada aandrisk tiene uno. Verás, si fueras aandrisk y alguien realmente significa algo en tu vida, le das una de tus plumas.

Y tú te quedas las plumas de otros como símbolo de aquellos en cuyo camino te has cruzado.

Tener muchas plumas en la pared muestra que has significado algo para mucha gente.

Es una gran prioridad en la vida para la mayoría de aandrisk.

Pero no dan plumas por casualidad, no en plan por ayudar a cargar algo o a cambio de una bebida gratis o algo así.

Debe ser una experiencia que te marque, pero puede ser sin problema entre extraños.

Ay, oye, fíjate. —Kizzy señaló con la barbilla hacia Sissix, que le estaba entregando a la anciana una de sus plumas.

—¿Sissix te ha regalado una de sus plumas? —preguntó Rosemary.

—Sí, me dio una hace tiempo, después de enterarse de que había muerto uno de sus padres de incubación.

Era ya anciano, pero a ella se le partió el corazón.

La metí en la lanzadera, volé con ella hasta el medio de una nebulosa y dejé que gritara durante horas.

A la mañana siguiente obtuve la pluma. Creo que toda la tripulación tiene una pluma de Sissix.

Bueno, Corbin no. Me la juego a que Corbin no.

Sissix volvió al banco con la jarra de exfoliante de escamas. Miró a Kizzy y a Rosemary.

—Yo… Es posible que tenga que dar algunas explicaciones.

—Uy, sí —contestó Kizzy—. Unas explicaciones vendrían bien.

Sissix señaló el camino y les indicó que la siguieran.

—Una persona de su edad debería estar asentada con una familia y cuidando crías.

Rosemary trató de recordar todo lo que le habían contado sobre la estructura familiar aandrisk.

Los jóvenes estaban al cuidado de comunidades de ancianos, no de sus padres biológicos.

Eso lo sabía. Y que había diferentes etapas familiares por las que pasaban según crecían.

Pero más allá de aquello, Rosemary no tenía los detalles claros.

—Quizá no quería —aventuró Kizzy—. Puede que le guste más aquí fuera.

—No —contestó Sissix—. Es porque no socializa bien.

—¿Es vergonzosa? —preguntó Rosemary.

—Es una rashek . No hay una palabra para ello en klip.

Tiene un trastorno que hace que le sea complicado interactuar con otros.

Tiene problemas para comprender las intenciones de los demás.

Y habla raro, todo eso era obvio cuando me acerqué al principio.

Le ofrecí copular, pero fue incapaz de hacerlo.

Por lo que sí, es vergonzosa, pero también le cuesta interpretar a la gente.

Su forma de actuar es un poco… Bueno, a falta de otra palabra, rara.

—¿Por qué te has acurrucado con una rarita? —preguntó Kizzy.

—Ser rara no quiere decir que no merezca compañía.

Que lleve una tienda en vez de vivir en una granja en algún lugar quiere decir que no tiene casa familiar.

Y sí, hay ancianos que eligen no tener casas familiares, pero ella ni siquiera tiene una familia de plumas.

Y eso es… —Sissix se estremeció—. Estrellas, no me imagino nada peor.

Rosemary contempló a Sissix. Se perdió en los términos familiares, pero aun así algo hizo clic.

—La estabas consolando. Tan simple como eso. Querías que supiera que alguien se preocupaba por ella.

—Nadie debería estar solo —añadió Sissix—. Estar sola y sin el tacto de alguien… No me imagino un castigo peor. Y ella no ha hecho nada malo. Tan solo es diferente.

—Hay muchos otros aandrisk aquí. ¿Por qué no hacen nada por ella?

—Porque no quieren —Sissix alzó la voz con un tono feroz al responder—.

¿Has visto a los dos aandrisk que han pasado por delante cuando estaba con ella?

Estoy segura de que son de aquí. La conocían, lo supe por cómo la miraban.

No le dedican ni dos pensamientos. Es una inconveniencia.

—Se le erizaron las plumas. Los dientes afilados asomaron.

—Que no te engañe la tierna cháchara y los abrazos —le dijo Kizzy a Rosemary—. Los aandrisk también pueden ser unos capullos.

—Uf, desde luego que sí —dijo Sissix—. En cualquier caso, siento haberos hecho esperar. Espero que no os hayáis sentido incómodas. Sé que los humanos a veces…

—No —cortó Rosemary—. No, ha sido muy amable por tu parte. —Observó a la aandrisk mientras caminaba junto a ella. Tenía un cuerpo extraño, sus maneras eran extrañas, y aun así, Rosemary se descubrió sintiendo una profunda admiración por ella.

—Sí, alucinante; bien hecho, Sissix —dijo Kizzy—. Pero me estoy muriendo de hambre. ¿Qué os apetece? ¿Fideos de arroz? ¿Pinchos? ¿Helado? Somos adultas, podemos comer helado si nos da la gana.

—Mejor no —dijo Sissix.

—Cierto. Me olvidé —repuso Kizzy, y se rio—. El helado hace que se le afloje la boca.

Sissix chasqueó la lengua con un sonido desaprobador.

—El motivo de que haya quien pueda preparar comida helada se me escapa por completo.

—¡Oooh! ¿Qué os parecen unos saltamontes? —propuso Kizzy—. Me apetecen un montón los saltamontes. Mmm, con pimienta picante y cebolla crujientita en un bollo tostado grandote… —Observó a Rosemary con mirada expectante.

—No recuerdo la última vez que comí saltamontes —contestó Rosemary.

Era mentira. Nunca los había probado. Las hamburguesas de saltamontes eran comida callejera, y esa no era una modalidad de cocina a la que hubiera tenido acceso.

Imaginó cómo reaccionaría su madre al verla masticando un bocadillo de bichos envuelto en papel grasiento mientras compartía una mesa con modificados y contrabandistas y ladrones que amputan brazos con parches. Sonrió—. Me gusta la idea.

Ashby deslizó la mano por el torso desnudo que se apretaba contra el suyo.

Había tenido varias amantes antes que ella.

Había acariciado piel de sobra. Pero ninguna como la de ella.

Estaba cubierta de diminutas escamas. No cubierta a capas como Sissix, sino dispuestas de forma continua, engranadas.

Era plateada, casi reflectante, como la de un pez de río.

A pesar de todo el tiempo que se había pasado observándola, a pesar de lo cómodo que estaba junto a ella, todavía existían instantes en los que mirarla hacía que se le quedaran las palabras trabadas en la garganta.