El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Puerto Coriol #6
31%

Puerto Coriol #6

—Está hecho de bayaeev hervida —respondió el harmagiano—. Un aroma muy popular en mi planeta de origen. Aunque, desde luego, no hacemos jabón con ello. Lo que tienes ahí es una estupenda mezcla entre nuestras dos culturas.

—Me lo llevo —Kizzy le entregó el jabón al harmagiano. Él lo sujetó con dos de sus tentáculos más pequeños, cada uno cubierto con una vaina parecida a un guante para cubrir su delicada piel. Se escurrió tras el mostrador y se entretuvo con papel de envolver y lazo.

—Aquí tienes, querida cliente —dijo el harmagiano al entregarle el paquete envuelto con encanto—. Rompe un trocito pequeño cada vez, así te durará más.

Kizzy enterró la nariz en el envoltorio de nuevo.

—Mmmf, huele genial. Prueba, Rosemary.

Rosemary no pudo evitar inhalar cuando Kizzy le puso el bloque de jabón contra la cara. El aroma era intensamente dulce y azucarado, como un pastel. Se imaginó que usarlo sería como bañarse en merengue.

—Son ochocientos sesenta créditos, si no le importa, gracias —informó el harmagiano.

Kizzy tendió la mano hacia Rosemary.

—¿Me pasas el chip?

Rosemary parpadeó, sin estar segura de haberla entendido.

—¿Quieres el chip de la compañía?

—Seh, es jabón. El jabón está bien, ¿no?

Rosemary se aclaró la garganta y observó el escrib.

No, el jabón no estaba bien, no el jabón caro, pero ¿cómo se lo iba a decir a Kizzy?

Había subido a la nave de Kizzy, Kizzy le había dado la bienvenida con los brazos abiertos, Kizzy le había pagado demasiadas bebidas; tenía inmensamente menos experiencia que Kizzy en cosas como tunelar o comprar en puertos neutrales. Sin embargo…

—Lo siento, Kizzy, pero, esto, solo podemos usar el chip para jabón corriente. Si quieres jabón especial, tienes que pagártelo tú. —Sintió que las palabras salían de su boca, y las odió. Sonaba como una aguafiestas.

—Pero… —empezó Kizzy.

Sin decir una palabra, Sissix agarró la muñeca de Kizzy y la puso junto al escáner del comerciante. Sonó el bip correspondiente, que indicaba que su cuenta había sido aceptada.

—¡Oye! —exclamó Kizzy.

—Te lo puedes permitir —cortó Sissix.

—Un placer realizar negocios contigo —dijo el vendedor—.

Vuelve cuando aterrices de nuevo. —Su voz era amistosa, pero Rosemary pudo adivinar por el retorcerse de los zarcillos que la discusión por el pago lo había hecho sentirse incómodo.

Ella hizo un rápido gesto, una disculpa silenciosa.

Él le devolvió una inclinación de respeto y se esfumó para ayudar a otros clientes.

Sissix miró a Kizzy con el ceño fruncido cuando salieron de la tienda.

—Kiz, si estamos volando a través de un tramo difícil y le digo a todo el mundo que dejen lo que están haciendo y se aten los cinturones, ¿qué haces?

—¿Qué? —preguntó Kizzy, confusa.

—Limítate a contestar.

—De… Dejo lo que estoy haciendo y me abrocho el cinturón —respondió.

—¿Incluso si te supone un inconveniente?

—Seh.

—Y si necesitas que nadie use agua del grifo durante un tiempo porque tienes que arreglar las cañerías, lo cual es un grandísimo inconveniente, ¿qué hacemos?

—Dejáis de usar el grifo —respondió mientras se rascaba la punta de la nariz.

Sissix señaló a Rosemary.

—Esta mujer de aquí tiene el peor trabajo de todos nosotros.

Tiene que vivir en nuestra nave, con todas nuestras gloriosas y tercas cabezas de chorlito, y decirnos cuáles de nuestros hábitos comunes van contra las reglas.

A mí me parece aterrador, pero lo ha hecho sin parecer una mamá gallina.

Así que, aunque no siempre es conveniente, vamos a escucharla cuando tiene que hacer su trabajo, porque esperamos que haga lo mismo con nosotros.

—Miró a Rosemary, que estaba ocupada deseando que el suelo la engullera—.

Y tú, Rosemary, tienes el derecho de darnos una patada en el culo con estas cosas, porque no pasar inspecciones o que nos dejen en tierra por no pagar una factura es un problema tan grande para esta tripulación como cualquiera de los otros.

—Las facturas sin pagar no te absorben hacia el espacio —murmuró Kizzy.

—Sabes a qué me refiero —exclamó Sissix. Kizzy suspiró.

—Rosemary, siento haber sido una idiota —dijo con la mirada en la punta de los pies. Alzó el bloque de jabón como si rindiera homenaje a la realeza—. Por favor, acepta mi jabón como disculpa.

Rosemary soltó una risita.

—No pasa nada —repuso, aliviada de que ella no había sido considerada como la idiota—. Quédate el jabón.

Kizzy reflexionó.

—¿Puedo invitarte a comer, por lo menos?

—De verdad, no pasa nada.

—Deja que te invite a comer —intervino Sissix—. De otro modo, va a aparecer con algún ridículo regalo de penitencia.

—Oye, te gustó el Doce Días de Tartas de Mermelada —se defendió Kizzy.

—En efecto —contestó Kizzy—. Casi deseo que rompas mi escrib más a menudo.

—Lo tiré dentro de un plato de sopa —le confesó Kizzy a Rosemary.

—Y después metió el brazo —dijo Sissix.

—¡Fue un acto reflejo!

—Y se pasó la siguiente hora en el área médica para que le curaran las quemaduras.

—Lo que sea. Tuviste tartas de mermelada, deja de ser mala.

Sissix señaló el escrib de Rosemary.

—¿Necesitamos algo más de esta zona antes de ir a comer?

Rosemary repasó la lista.

—Creo que no. ¿No dijiste que querías un exfoliante de escamas?

—Sí, aunque no me gustaron los que tenía —respondió Sissix—. ¿Os importa si seguimos mirando?

Las tres compañeras deambularon de tenderete a tenderete, en búsqueda del exfoliante de escamas. Tras varias pesarosas negativas, una mirada desconcertada y un laru cuellilargo que juró que sus sales holísticas del desierto funcionarían igual de bien, Kizzy tironeó del chaleco de Sissix.

—Me la juego a que esa mujer tiene algo —señaló.

—¿Dónde? —preguntó Sissix, dándose la vuelta.

Se le suavizó la expresión cuando vio a la tendera, una vieja aandrisk sentada bajo un pequeño toldo de tela, rodeada por tres lados de mesas repletas de productos artesanales.

Las plumas de la mujer estaban desvaídas, con flecos desgastados y dispersos; su piel, agrietada como el cuero viejo, y aunque el único ornamento que vestía, unos pantalones de tela fina, relucía y estaba limpio, un aura de solemnidad envolvía sus hombros escamosos.

Sissix dijo algo para sí misma en reskitkish. Rosemary no comprendió las palabras sibilantes, pero vio que Kizzy arrugaba el entrecejo. Sissix alzó la palma de la mano hacia sus compañeras.

—Lo siento, señoritas, esperadme aquí. Intentaré no tardar. —Se dirigió a la tendera, la cual estaba demasiado ocupada removiendo una taza de algo caliente para ver acercarse a Sissix.

Rosemary y Kizzy se miraron.

—¿Sabes qué ha dicho? —preguntó Rosemary.

—Mi reskitkish da pena —respondió Kizzy—. Pero parecía preocupada. No sé qué le pasa. —Señaló con la cabeza un banco cercano—. Supongo que podemos descansar un rato.

Se sentaron. Al otro lado, la vendedora miró a Sissix.

La vieja aandrisk sonrió, pero pareció dudar, como si estuviera avergonzada por algo.

Rosemary podía ver la boca de Sissix al hablar, pero las palabras se perdieron en la distancia (de todas formas, tampoco es que Rosemary pudiera entender lo que decía).

Al mismo tiempo que Sissix hablaba, sus manos creaban patrones sutiles, cambiando y moviéndose a toda velocidad como diminutas bandadas de pájaros.

Las manos de la anciana se movieron en respuesta.

Al principio, sus respectivos movimientos eran discordantes, pero según avanzaba la conversación, empezaron a imitarse la una a la otra.

—¿Sabes lenguaje de manos aandrisk? —preguntó Rosemary.

Kizzy alzó la vista del mechón de cabello que estaba trenzando.

—Lo cierto es que no. Sis me enseñó un par de gestos.

Cosas básicas. «Hola». «Gracias». «Disfruto de tu compañía, pero no quiero tener sexo».

—Observó a Sissix y a la tendera. Negó con la cabeza—.

No tengo ni idea. Son demasiado rápidas.

Pero Sissix también habla en voz alta, y eso es interesante.

—¿Por qué habla si usa lenguaje de signos?

—No, no, no es un lenguaje de signos. El lenguaje de manos no es lo mismo que reskitkish.

Rosemary estaba confundida.

—Es una pregunta estúpida, pero entonces ¿qué es? ¿Es como las expresiones faciales? ¿O los gestos hanto?

—No. —Kizzy sacó una cinta del bolsillo y ató la trenza—. El lenguaje de manos expresa cosas que son o demasiado básicas para malgastar palabras en ellas o demasiado personales.

—¿Demasiado personales?

—Sí, cosas que son importantísimas o muy difíciles de decir.

En plan sobre el amor o el odio o cosas que te dan miedo.

¿Sabes cuando tienes algo muy importante que contarle a alguien, que te pones a tartamudear o a ensayarlo ante el espejo?

Los aandrisk no se molestan con eso. Dejan que los gestos se ocupen de las incomodidades.

Descubrieron que los sentimientos profundos e intensos son suficientemente universales como para ser definidos con un solo gesto de la mano o lo que sea, incluso cuando los eventos que han causado esos sentimientos son únicos.

—Les debe de ahorrar mucho tiempo —dijo Rosemary, preguntándose cuánto tiempo de su vida había gastado al tratar de dar con las palabras adecuadas en una conversación delicada.

—Muchísimo. Pero antiguamente, también se podía utilizar lenguaje de manos mientras hablabas.

Se utilizaba para añadir énfasis a cosas que decías en voz alta, para que la gente supiera que hablabas en serio.

Sissix dice que todavía se puede usar de ese modo, pero está anticuado y se reserva para circunstancias especiales.

—Señaló con la cabeza hacia la tienda, donde las dos aandrisk se movían sincronizadas—.

Lo que estamos viendo aquí es a Sissix ser superrespetuosa. Y sincera.

—Pero no conoce a la comerciante, ¿no?

—Ni idea. No creo. Pero la mujer es vieja, así que quizá solo se comporta de forma anticuada por respeto.

Rosemary observó a las aandrisk. Las manos danzaban deprisa y con gracia.