Puerto Coriol #5
Tenía la cabeza repleta de pensamientos desbordados y descontrolados, dando tumbos como una procápsula, y era incapaz de calmarlos..
Eran demasiados sentimientos que reclamaban su atención.
Alivio por la seguridad de Pei. Alegría por verla en cualquier momento.
Preocupación sin motivo de que sus sentimientos hubieran menguado.
Determinación a seguirle la corriente (solo las estrellas sabían cómo se sentía tras decenas de semanas bordeando zonas de guerra).
Y miedo. Miedo; el que siempre sentía cuando se encontraban.
Miedo de que, en los días venideros, después de que ella volviera a un espacio más peligroso, ese hola terminara siendo un adiós.
«No, no, los Estallido Estelar tuvieron que ser en el 302, no en el 303. Ese fue el mismo cumpleaños en que Aya tuvo su primer escrib para principiantes, lo cual implica que comenzaba la escuela. Es decir, 302».
También sentía una leve ansiedad, la preocupación de que esta vez los pillarían.
No se le ocurría nada que hubiera dejado sin revisar.
Utilizaban desde hacía muchísimo tiempo un sistema para pasar desapercibidos.
Él siempre buscaba el hotel. Nada ostentoso, algo apartado, y mejor si era un lugar en el que no hubieran estado antes.
Le dejaría claro al empleado del mostrador que necesitaban descanso y que no los molestaran bajo ninguna circunstancia.
Una vez en la habitación, le enviaría un mensaje a Pei con nada más que el nombre del hotel y el número de la habitación, el cual ella borraría tras leerlo.
Dos horas más tarde, tiempo suficiente para prevenir que nadie sospechara nada, ella llegaría al hotel y pediría la habitación adyacente a la de él.
Esto era sencillo, ya que la numerología compleja era un componente conocidísimo de la cultura tradicional aeluona.
Había tantos sistemas conflictivos para encontrar significados a las secuencias numéricas que no importaba qué habitación cogiera Ashby, Pei podía darle una vuelta positiva al número que ella pedía.
Un recepcionista no aeluón asumiría que Pei quería una habitación que simbolizara paz o buena salud, mientras que un aeluón la vería como alguien bastante anticuada para su edad (y quizá un poco tonta).
Tras acomodarse en la habitación, Pei golpearía en la pared adyacente.
Ashby se aseguraría de que el pasillo estaba vacío, y entonces dejaría su habitación. Tras aquello, tenían vía libre.
Un complejo teatrillo que tenían que interpretar solo para verse, pero que era crucial.
Por abiertos y generosos que fueran los aeluones con sus vecinos galácticos, el sexo entre especies seguía siendo un tabú generalizado.
Ashby no comprendía la lógica tras aquello (no era para nada un problema para la mayoría de humanos, por lo menos con especies bípedas) pero sí entendía el peligro para Pei.
Un aeluón podía perder familia y amigos por tener una relación alienígena.
O perder su trabajo, sobre todo si se trataba de un contrato con el gobierno.
Y para alguien como Pei, que se enorgullecía de trabajar duro y poseer unas habilidades pulidas al extremo, una vergüenza así causaría un daño profundo.
«Ashby, céntrate. Los Gorras Blancas. Los Mazos. Los… ¿los Halcones? No, no han llegado a un partido de semifinales desde que eras tripulante en la Portamanecer. ¿Y qué hay de…? Vaya, estrellas, Ashby. Vamos. Balón acuático».
Junto a las distracciones emocionales que trataba de controlar, Ashby estaba metido en una batalla de voluntades, una pelea entre cerebro y biología.
Sabía que era bastante seguro que iba a tener sexo en cualquier momento, pero no quería ser presuntuoso.
No tenía ni idea de por lo que ella había pasado antes de aquella reunión, y hasta que no tuviera claras sus intenciones, iba a dejar que ella diera el primer paso.
E incluso si ella tenía las mismas intenciones que él…
Bueno, era una cuestión de educación. Incluso si su cuerpo reaccionaba precoz.
«Ashby. Semifinales de balón acuático. Año 303. Ganaron los Surcacielos. ¿Quién más…?».
Sonaron unos golpes a través de la pared, suaves pero claros.
Dejó la Copa Titán.
—¡Jabón! —gritó Kizzy, señalando una caseta de productos de baño—. ¡Míralos! ¡Son como pastelitos! —Salió a la carrera, la mochila de compras rebotándole en la espalda.
—Supongo que me vendría bien un exfoliante de escamas —dijo Sissix. Ella y Rosemary siguieron a la técnica mecánica, que ya estaba revolviendo en las cestas de productos.
La tienda la llevaba un comerciante harmagiano cuya oferta cubría las necesidades de muchas especies.
Ásperos cepillos y manojos de hierbas para los baños de vapor aandrisk, píldoras efervescentes y emplastos calientes para los baños gélidos que preferían los aeluones, raspadores de piel y cremas corporales para harmagianos, una modesta pero colorida selección de jabones y champús humanos, y docenas de jarras, botellas y latas más que Rosemary no pudo identificar.
Las especies sapientes de la galaxia podían encontrar muchos productos culturales comunes, pero pocos temas eran tan polémicos como la forma adecuada de mantenerse limpios.
El harmagiano (un macho, adivinó Rosemary por el color de los topos en su espalda) se aproximó veloz montado en un carrito cuando las tres se acercaron.
—Buen día tengáis, queridas clientes —anunció enroscando los zarcillos de la barbilla con alegría—.
¿Habéis acudido a echar un vistazo o tenéis algo concreto en mente?
—Los dáctilos en la punta de los tres tentáculos frontales se abrieron en un gesto servicial.
Era mayor, y la piel amarillo pálido que le cubría el cuerpo amorfo carecía de la humedad de la juventud.
Rosemary había conocido antes a harmagianos (su profesor de hanto, por ejemplo, y varios de los invitados habituales a cenas de su padre), pero siempre había tenido problemas para reconciliar su apariencia con su historia.
La persona ante ella era, como todos los de su especie, una especie de masa amorfa parecida a un molusco que se movía con gran lentitud sin el carrito.
No tenía dientes ni garras. Ni siquiera tenía huesos.
Y aun así, hubo una época en que esta especie blanduzca había controlado una porción significativa de la galaxia (y todavía lo hacían, si se observaba hacia dónde fluían los créditos, pero ya habían abandonado la costumbre de subyugar a los sapientes indígenas).
Una vez había leído un ensayo de un historiador aeluón que sugería que la fragilidad física de los harmagianos era justo el motivo que los había ayudado a sacar ventaja tecnológica a otras especies.
«Deseo e inteligencia» escribió el historiador, «es una combinación peligrosa».
Al considerar el contexto histórico, Rosemary pensó que su presencia en la tienda creaba una estampa curiosa: un harmagiano (el hijo anciano de un antiguo imperio), una aandrisk (cuya gente había moderado las negociaciones que garantizaban independencia a las colonias harmagianas y en última instancia habían acabado formando la CG), y dos humanas (una especie exigua que habría estado sentenciada si los harmagianos los hubieran descubierto durante su época de conquista).
Todos juntos hablando amistosamente de comprar jabón. El tiempo era un ecualizador curioso.
Kizzy rebuscó entre las ofertas del harmagiano.
—¿Tienes algún… ¡Uy! ¿Puedo preguntarte en hanto? Estoy estudiando un curso por el Enlace y quiero practicar.
Sissix observó a Kizzy con escepticismo.
—¿Desde cuándo?
—Nusé, cinco días o así.
Las hendiduras en la punta de los tentáculos oculares se arrugaron de diversión.
—Por favor, permíteme oírte.
Kizzy se aclaró la garganta y tosió unas temblorosas sílabas. Rosemary se encogió de vergüenza. No solo Kizzy había dicho algo sin sentido, sino que, sin los gestos de acompañamiento, el intento era algo grosero.
Pero el harmagiano ululó de risa.
—Vaya, mi querida cliente —dijo, agitando los zarcillos—. Discúlpame, pero ha sido la peor pronunciación que he oído nunca.
Kizzy sonrió avergonzada.
—Ay, no —dijo, y rio.
—No es culpa tuya —dijo el harmagiano—. Los humanos lo tienen muy complicado para imitar nuestros cambios tonales.
Rosemary se llevó una mano junto a la clavícula y meneó los dedos, como había hecho tantas veces. Era una cruda imitación de los gestos con los zarcillos, pero era lo mejor que podía hacer un humano.
— Pala, ram talen, rakae’ma huk aesket’alo’n, hama t’hul basrakt’hon kib — dijo. «Quizá, querido anfitrión; pero con un poco de esfuerzo podemos compartir tus hermosas palabras».
Kizzy y Sissix desviaron la mirada hacia Rosemary al unísono, como si la vieran por primera vez. El harmagiano flexionó los zarcillos con respeto.
—¡Lo has logrado con éxito, querida cliente! — respondió en su propia lengua—. ¿Eres una comerciante espacial?
Rosemary estiró los dedos.
— No soy comerciante, y hace poco que soy espacial — contestó—.
Nosotras tres somos tripulantes de una nave tuneladora.
—Las palabras eran ciertas, pero aun así le sonaban extrañas, como si pertenecieran a la vida de otra persona—.
Mis amigas y yo hemos venido a Puerto para adquirir suministros .
— ¡Vaya, tunelación! Una vida repleta de viajes.
Vas a necesitar gran cantidad de cosas para mantenerte limpia durante el camino.
—El harmagiano se estiró los zarcillos de buen humor.
Los tentáculos oculares se dilataron al desviar la mirada hacia Kizzy—.
¿Has encontrado algo de tu agrado? —preguntó en klip.
Kizzy alzó un ladrillo de jabón rojo sangre.
—Necesito esto —dijo, hundiendo la nariz en el jabón e inhalando profundamente—. Por todas las estrellas, ¿qué es?