Puerto Coriol #3
—Mira, cuando hablas sobre leones, no importa si están literalmente por todas partes —replicó Kizzy—. Saber que hay un puñado de leones que pueden estar por ahí es suficiente.
—Bueno, en cualquier caso, los científicos del Anillo dieron refugio a Mala y a Jenks, y ella llegó a la conclusión de que no eran tan malos. Allí le cogió el gusto a la biología, y es donde ha estado desde entonces.
—Ni universidad ni nada —repuso Kizzy—.
Empezó quitando mierda con una pala en los rediles de crianza y aprendió lo básico a partir de ahí.
Sin embargo, todavía es una gaiista, aunque algo suavizada.
De hecho, muchos de los científicos humanos en el Anillo lo son.
Creen en todo eso de las almas ligadas al planeta y no les gusta estar lejos de la Tierra, pero desechan la parte especista como la mierda que es.
Y parece ser que se pilló un buen mosqueo cuando el Jenks adolescente decidió ir a descubrir el resto de la galaxia.
Ahora le parece estupendísimo. Muchos gaiistas son gente guay.
No como esos capullos. —Hizo un gesto con la cabeza hacia los misioneros.
—¿Jenks no pudo recibir la terapia genética cuando fueron al anillo? —preguntó Rosemary—. Quiero decir, incluso a los científicos gaiistas debe de parecerles bien la medicina estándar.
—Sí, lo están. Llevan inmubots como el resto de nosotras, y se vacunan, gracias al cielo. Pero la terapia genética les parece un tema dudoso. Por regla general no les parece mal modificarse por razones de calidad de vida, pero no por estética.
—Entonces, ¿por qué…?
—¿Por qué Jenks no se modificó? Como he dicho, tan solo por razones de calidad de vida. Pero mira a ese cabrón feliz. Su vida tendría calidad total a cualquier tamaño.
—Pero no podían saberlo con seguridad cuando era un bebé.
—Mala no les dejó hacerlo. Jenks dice que convenció a los doctores para que aceptaran que ser pequeño no era sinónimo de que no estaba sano, no era siquiera una pregunta para ella.
No tenía nada que ver con el tema gaiista llegados a ese punto; Jenks dice que simplemente estaba harta de que la gente le dijera que había algo que no iba bien con su hijo.
—Se detuvo y miró a su alrededor—. Y llevo todo el rato andando en dirección equivocada.
—¿Qué es lo primero en la lista? —preguntó Sissix.
Kizzy sacó el escrib.
—Limpiaplex —anunció—. Luego dosificadores de bots de limpieza.
—¿Podemos conseguirlos sin perfumar esta vez? —suplicó Sissix—. Ashby siempre coge los de limón, y odio entrar en el baño tras el día de limpieza y oler a cítricos.
—¿Tienes algo en contra de estar fresca como un limón?
—¿Sabes qué son los iski?
—No.
—Sí que los conoces. Unas frutitas verdes que crecen en racimos de tres.
—Ah, seh.
—Huelen a cítrico, ¿no?
—Parecido.
—Bien, ungimos a nuestros muertos con zumo de iski.
Kizzy rio.
—Ay, no, ug. Vale, bots de limpieza no perfumados.
—Le echó otro vistazo a la lista y le dio unos golpecitos con énfasis, como un político en pleno discurso—.
Escuchad, hoy vamos a ser un equipo de compras sólido como una roca.
Vamos a seguir la lista al pie de la letra, sin discusión.
Siempre me gasto demasiado en mierdas que no necesito.
—Algo detrás de Rosemary captó su atención—.
Como eso de ahí. —Sin añadir más, Kizzy corrió hacia una tiendecita repleta de equipo de malabarista.
Sissix suspiró.
—Ya empezamos —susurró, observando a Kizzy rebuscar en una caja repleta de brillantes bastones.
Mientras se acercaban a la técnica mecánica, Sissix rodeó a Rosemary con el brazo a la altura del hombro. Aquella familiaridad hizo que Rosemary parpadeara, pero también sintió una chispa de orgullo. Incluso si la atracaban antes de que terminara el día, por lo menos estaba en buena compañía.
Jenks bajó la rampa que llevaba al distrito subterráneo para técnicos; o, como era más conocido, las cuevas. En la entrada, un aandrisk con una pistola aturdidora estaba sentado en un taburete junto a una señal multilingüe. El texto decía:
LOS OBJETOS AQUÍ EXPUESTOS PUEDEN CAUSAR DAÑOS A TECNOLOGÍA, BOTS, IA, SAPIENTES MODIFICADOS Y SAPIENTES QUE USAN SISTEMAS PERSONALES DE SOPORTE VITAL.
NO TRAIGAIS NINGUNO DE ESTOS OBJETOS A LAS CUEVAS.
SI TENÉIS IMPLANTADO UNO O MÁS DE ESTOS OBJETOS SObrE O DENTRO DE VUESTRO CUERPO, DESACTIVADLOS ANTES DE ENTRAR.
Parches fantasma (implantes oculares de penetración superficial)
Bots piratas o asesinos
Polvo pirata (inyectores aéreos de código)
Materiales radioactivos indebidamente sellados (si no está seguro, no se la juegue)
Cualquier cosa que funcione con combustible de reserva
Imanes
Al final de la señal había un apéndice escrito a mano, solo en klip:
En serio, no estamos de coña.
Cuando Jenks pasó a su lado, el aandrisk asintió con simpatía, y sus implantes oculares gemelos centellearon en la colorida luz artificial.
Cada tienda y cada tenderete en las cuevas tenía mecanismos de iluminación diferentes para distinguirse del resto.
Las cuevas eran un ciclón de azules ambientales, de arcoíris variables, de amaneceres virtuales, de campos estelares proyectados.
En cada tienda se podía contemplar la luz, pero en los pasillos que las separaban, los efectos se solapaban creando una extraña mezcla de color y sombras.
Era como caminar a través de un caleidoscopio ebrio.
Jenks se sentía como en casa en las cuevas, y no solo por las interminables hileras de productos empaquetados a la perfección y pirateados a mano.
Gran parte de las personas que había aquí eran modificados de los duros, gente a favor de sustituir sus propias extremidades por reemplazos sintéticos.
Al caminar por las cuevas se podían ver exoesqueletos metálicos, turbulentos tatuajes de nanobots e inquietantes rostros perfectos que traicionaban la debilidad de su propietario por los altergenes.
Parches faciales, puertos dérmicos, implantes caseros.
Al lado de tales extravagancias, su corta estatura no era nada remarcable.
Era difícil sentirse raro en un sitio donde todo el mundo era raro. Aquello lo reconfortaba.
Deambuló por las calles, apuntando mentalmente los lugares que tendría que visitar más tarde. Jenks era un veterano de Puerto, y sabía que solo había un lugar aceptable para comenzar antes de empezar a gastarse los créditos.
La fachada de la tienda a la que llegó no era tan elegante como la de otras.
Un cartel hecho con el circuito roto de un tablero colgaba arriba.
Las letras se habían trazado con viejos pedazos de chatarra.
«El Balde Oxidado», decía el cartel, y en letras más pequeñas: «Canje de Tecnología y Taller de Reparación», y en otras más pequeñas aún: «Pepper y Azul, propietarios».
Jenks se puso de puntillas y miró por encima de mostrador. Pepper estaba encorvada sobre un banco de trabajo, con la espalda hacia él, murmurando algo para sí. Se rascó la nuca de la cabeza humana rapada, manchándose con un pegote de grasa para máquinas. Si se dio cuenta, no pareció importarle.
—¡Eh, señora! —ladró Jenks—. ¿Sabe dónde puedo pillar estimbots?
Pepper se dio la vuelta sin molestarse en disimular la irritación que le provocaba una pregunta tan obvia. Se le iluminó el rostro cuando se dio cuenta de quién preguntaba.
—¡Jenks! —exclamó; se limpió las manos en el mono y se acercó al mostrador—.
¡Qué demonios estás haciendo aquí! —Se arrodilló para darle un abrazo amistoso.
El abrazo era cálido, pero los brazos eran delgados.
Demasiado delgados. Desde que Jenks conocía a Pepper, sus abrazos siempre le despertaban un ramalazo de simpatía.
Pepper y su compañero Azul eran fugitivos de un planeta periférico llamado Aganon, uno de los últimos bastiones del movimiento Humanos Aumentados.
Expulsadas irrevocablemente de la Diáspora y de la Confederación Galáctica, las colonias aumentadas criaban a su gente en cámaras de gestación, basando su código genético en cálculos de lo que sus sociedades necesitarían una vez que alcanzaran la madurez.
La gente estaba modificada más allá de lo reconocible, mejorando la salud, la inteligencia, las habilidades sociales…
Cualquier cosa que se necesitara para los trabajos que estaban destinados a ocupar.
Las tareas domésticas las realizaban las personas criadas sin ninguna alteración genética, excepto dos: infertilidad y falta de cabello (para que fuera más fácil reconocerlos).
Los aumentados estaban tan convencidos de su superioridad sobre la clase obrera que no habían estado preparados en absoluto para el improbable éxodo de Pepper, el cual comenzó con una afortunada huida de una planta de manufacturación de tecnología, al final de su niñez, y culminó en un gigantesco vertedero que se convirtió en su hogar temporal.
Allí, entre incontables desechos, Pepper encontró un tesoro escondido: un transbordador interestelar abandonado.
Usando tan solo las piezas de desguace que pudo encontrar, Pepper parcheó y pirateó y acabo por convencer al transbordador para que volviera a la vida.
Le llevó unos seis estándares conseguir que la cosa volara, y casi un estándar más robar el combustible suficiente.
El precio de su libertad fue malnutrición severa, que casi la había matado cuando finalmente el transbordador fue interceptado por una nave patrulla de la CG.
Llevaba en Puerto Coriol ocho estándares, lo suficiente como para convertirse en parte esencial de la comunidad local de modificadores, y había cuidado su salud durante ese tiempo.
Pero, aunque le encantaba comer (había adoptado su nombre tras descubrir las maravillas de las especias), su metabolismo simplemente no podía seguirle el ritmo.
Su cuerpo delgaducho nunca se iba a rellenar.