Puerto Coriol #2
Gaiistas. Desde luego, eran unos chalados para darles de comer aparte.
—Mierda —exclamó Kizzy—. He hecho contacto visual.
—Bien hecho, Kiz —dijo Sissix.
—¡Ha sido sin querer!
Un gaiista fue directo hacia ellas, sosteniendo con manos enguantadas un terrario redondo.
—Saludos, hermanas —empezó. Una pequeña vox bajo la placa facial del traje transmitía la voz.
Su klip era bueno, pero con un fuerte acento, lleno de consonantes imprecisas que indicaban la falta de uso regular—.
¿Os apetece ver una de las pequeñas maravillas de vuestro planeta madre?
—Alzó el terrario hacia Kizzy y Rosemary, ignorando ostensiblemente a Sissix.
Rosemary murmuró un «No, gracias». Kizzy balbuceó un «Llego tarde a algo».
—Me gustaría verlo —respondió Sissix.
El rostro del gaiista se petrificó en el interior del casco. Con una sonrisa tensa, alzó el terrario. Tras el plex, una delicada flor amarilla brotaba de una cuna de musgo.
—Es una orquídea —dijo; la palabra extranjera resaltó de un modo curioso en klip—.
Una delicada planta que crecía en los pantanos y en las selvas pluviales de la Tierra.
Como gran parte de la variada flora de la Tierra, estas bonitas flores se extinguieron durante el Colapso.
—Sus ojos pasaban de Kizzy a Rosemary, ansiosos por ver si mostraban interés—.
Gracias a los esfuerzos de nuestros compatriotas que han trabajado duro en nuestro hogar, las orquídeas han enraizado con éxito en algunas selvas pluviales recuperadas.
—Es hermosa —dijo Sissix. Sonó como si lo dijera en serio. Señaló la flor y se giró hacia sus acompañantes—. Vuestros genitales se parecen un poco a esta orr-quídea , ¿no?
Kizzy estalló en carcajadas. Rosemary se sonrojó.
—Oye, tengo una pregunta —dijo Sissix, dirigiéndose hacia el ahora tartamudo gaiista.
Se acercó hacia el terrario. Dentro del traje, el gaiista reculó ante la imagen de esas garras alienígenas sobre el musgo de la Tierra—.
Los científicos del proyecto Samsara, ¿también experimentan con orr bebés ?
El gaiista torció el gesto.
—Puede —respondió con un hilo de voz—. Pero no se puede tener éxito con la tierra si uno vive con los pies en el cielo. —Un deje de beatería tiñó su voz amistosa.
Rosemary casi sintió pena por el gaiista.
Sissix le estaba tendiendo una trampa; trataba de hacer que abandonara el pretexto de la lección sobre la naturaleza y empezara a ondear los dogmas de la pureza gaiiana.
A primera vista, la meta de los gaiistas, curar el apenas habitable planeta hogar de su especie, era noble.
Pero era la misma meta que compartían con los científicos del proyecto Samsara, que vivían en el plateado anillo orbital que rodeaba la Tierra.
Un anillo que no había sido construido por humanos, sino por aeluones y aandrisk filantrópicos.
Y aunque los esfuerzos de restauración en el anillo los lideraban humanos, muchos científicos que trabajaban con ellos eran de otros planetas.
Los retrógrados gaiistas, en concreto los que recorrían los muelles de aterrizaje en búsqueda de almas perdidas, lo odiaban.
El gaiista se giró hacia Rosemary y Kizzy; su voz iba perdiendo filo y empezaba a traslucir un deje de desesperación.
—Si disponéis de tiempo propio durante vuestra estancia aquí…
—En otras palabras: lejos de la alien—.
Por favor, venid a vernos de nuevo. Tenemos muchas más maravillas de la Tierra para compartir, e incluso más en los tanques hábitat a bordo de nuestra nave.
—Sujetó el terrario con la mano izquierda y metió la otra en la bolsa—.
Tomad —dijo, entregándoles a cada una un infochip—.
Tomadlos como un regalo. Contienen vídeos de algunos de los lugares mágicos que os esperan en nuestro planeta nativo.
Conectadlos en vuestros escrib y disfrutad.
—Sonrió, como si la simple mención de la Tierra le otorgara paz—.
Venid a vernos de nuevo, hermanas. Siempre sois bienvenidas entre nosotros.
El gaiista se retiró a su mesa, dejando que las tres tripulantes se marcharan a toda prisa.
—Y ahí tienes el motivo —dijo Kizzy, arrojando el chip en la primera papelera que vio— por el que no hacemos contacto visual. Bien por mí.
—También hay especistas chalados aandrisk, ¿sabéis? —dijo Sissix—. Pero no van por ahí molestando a la gente.
—¿Qué hacen tus especistas chalados? —preguntó Kizzy.
Sissix se encogió de hombros.
—Viven en granjas cerradas con vallas y tienen orgías privadas.
—¿En qué se diferencia eso de lo que hacéis los demás?
—No tenemos vallas y cualquiera puede unirse a nuestras orgías. Excepto los laru. Son alérgicos a nosotros.
—Estrellas —dijo Kizzy, abriendo el camino por el mercado. De la cartera sacó una bolsita con hojaldres de alga y se puso a masticar—. No puedo creer que Mala estuviera con estos chalados terranos.
—No puedo creer que fuera una survivalista —repuso Sissix—. Parecía que tenía los pies en la tierra, chiste malo aparte.
—Perdonad, ¿quién? —preguntó Rosemary.
—Mala. La madre de Jenks —respondió Kizzy—. Está en el proyecto Samsara. Trabaja con mamíferos. Deberías pedirle a Jenks que te enseñe algunas fotos de sus bolitas de pelo. Por todas las estrellas, los vombátidos…
Rosemary se detuvo un instante. Tenía que haber oído mal.
—Espera, ¿era una survivalista? —No podía ser cierto, no si esta mujer vivía en el anillo.
Los survivalistas eran tan radicales como los gaiistas.
No solo eran xenófobos, sino que además eran tecnófobos.
Creían que la tecnología era lo que había condenado su planeta desde el principio, y el único modo de conseguir la redención era vivir como los animales que eran.
Los survivalistas eran cazadores-recolectores estrictos y puristas genéticos, y se abstenían no solo de las terapias genéticas rutinarias, sino también de las vacunas.
La debilidad, creían, tenía que ser erradicada con la crianza.
Parecían ignorar el hecho de que la única razón por la que la Tierra disponía de terrenos de los que podían vivir era porque la República Solar les había concedido un enorme territorio de tierra cultivable restaurada, repleta con plantas comestibles y rebaños que habían sido devueltos a la vida por científicos que usaban ADN congelado y cámaras de gestación.
Rosemary no conocía todavía demasiado bien a Jenks, pero ¿cómo podía ser que ese racional y despreocupado técnico de componentes viniera de una madre survivalista?
—Seh, se metió en ello durante la adolescencia —respondió Kizzy—.
Huyó de casa, hizo autoestop hasta la Tierra, se unió a un clan, comió carne salvaje auténtica, todo el rollo.
¿Te lo imaginas? —Se encogió teatralmente, como si estuviera al acecho—.
Estás en plan acechando en silencio por la hierba —movió la cabeza de lado a lado—, esquivando serpientes o ratas o lo que sea, y solo tienes un enorme palo puntiagudo, y tienes que correr hasta este puto báfulo…
—¿Báfulo? —preguntó Sissix.
—Es como una vaca gigante o algo parecido.
Y entonces apuñalas y apuñalas y vuelves a apuñalar, y te embiste en plan «hostia, mierda»…
—Kizzy se agitó en una pantomima indeterminada, sin fijarse en que el resto de la gente en el mercado la observaba con cautela, o importándole un bledo.
Se le cayeron de la bolsa algunos hojaldres de alga—.
Y te encuentras pezuñas en tu cara y sangre por todas partes, pero es que por todas partes, y entonces está muerto, y ahora toca destriparlo con las manos.
Y comértelo. —Se llevó las manos a la boca e hizo unos ruidosos sonidos de masticación.
—Puag, termina ya, por favor —dijo Sissix, torciendo el gesto.
—¿Jenks creció en la Tierra? ¿En un clan? —preguntó Rosemary.
—No, pero nació en uno. Por eso es pequeño —contestó Sissix—. No tuvo terapia prenatal.
—Ah —repuso Rosemary—. Creía que era altergén, pero no sabía muy bien cómo preguntarlo.
—Ya, no; sí que es algo genético, pero nació con ello —dijo Kizzy—. Y, por cierto, estoy segura de que has ganado algunos puntos con él al no mencionar el asunto a la primera. No le importan las preguntas, pero le cansan.
Sissix continuó:
—Verás, Mala no realizó revisiones rutinarias al quedarse embarazada. Ella…
—Ella casi se muere durante el parto —intervino Kizzy—.
En serio, casi se muere. ¿Te lo puedes creer?
¿Quién se muere pariendo? Joder, qué arcaico.
Y Jenks estaría fiambre si no fuera porque Mala decidió molar mucho.
Lo de tragarse todas las locuras survivalistas paró en seco en el instante en que salió el tema de matar al bebé.
Rosemary se quedó boquiabierta.
—¿Iban a matar a Jenks?
Kizzy asintió y se metió un puñado de hojaldres en la boca.
—Ls vivnclst mmdn mmf… mfm. —Tragó—. Los survivalistas abandonan a los bebés si creen que están enfermos o son diferentes o lo que sea.
En plan, eh, vaya, este es un poco raro, mejor lo abandonamos para poder erradicar los genes débiles.
—Kizzy apretó los puños, aplastando los hojaldres dentro de la bolsa—.
¡Argh! ¡Es tan estúpido! —Bajó la mirada a la bolsa, como si la viera por primera vez—. Oooh.
—¿Qué pasó? —preguntó Rosemary.
—He hecho migajas.
—No, me refiero a Mala.
—Huyó de nuevo —explicó Sissix—. Se alejó del clan y encontró un grupo de científicos que trabajaban en la superficie del planeta. Verás, ellos…
—No, te has dejado la parte molona —interrumpió Kizzy—.
Tuvo que caminar, vale, en plan un camino superlarguísimo, con la esperanza de encontrar a alguien al otro lado de la frontera survivalista.
Ni esquifes, ni aerodeslizadores, ni lanzaderas.
Todo a pie. Ultramegadescalza. Con, esto, leones por todas partes. Leones.
—No por todas partes —dijo Sissix.