Puerto Coriol
¿Cómo podía no gustarle a alguien un lugar así?
El suave sol anaranjado de Puerto le calentaba la piel a Ashby mientras guiaba a su tripulación a través del abarrotado muelle de lanzaderas.
Acostumbrado como estaba a vivir tras paredes selladas y grueso plex, estar al aire libre era refrescante.
Sin embargo, como de costumbre, se había olvidado del olor.
Una fuerte mezcla de combustible, polvo, especias, fuego, perfume, grasa de cocina, soldadura, y olores corporales de una docena o más de especies sapientes.
Tras todo aquello estaba el constante y denso hedor que emanaba de las orillas cercanas.
La luna de Coriol tenía acoplamiento de marea, lo que permitía que una ininterrumpida fuente de luz solar cayera sobre la superficie del verdín mate que cubría los tranquilos mares.
Los comerciantes que residían permanentemente en la luna solían construir sus viviendas en el lado oscuro, lejos del sol y la pestilencia.
Para muchos sapientes, Sissix y Doctor Chef incluidos, el olor era demasiado fuerte para soportarlo sin filtros.
Las máscaras antigás y los respiradores eran accesorios habituales incluso entre la gente que vivía allí.
Los muelles de lanzaderas estaban llenos de casetas que vendían máscaras a los recién llegados que no habían sido alertados de antemano sobre el aroma característico de Puerto.
Pero los humanos, con su relativo mal olfato, podían deambular por las calles con las fosas nasales completamente expuestas.
Bueno, casi todos los humanos. Corbin había optado por llevar un casco de respiración completo: el Exopulmón Deluxe, un pesado artilugio que presumía de ser el mejor sistema de filtrado de alérgenos y patógenos aéreos disponible.
Ashby pensaba que parecía una pecera para medusas con globos medio desinflados.
—Destino, por favor —rechinó con voz metálica la IA en el mostrador de viajes rápidos.
No era un programa librepensante como Lovey, sino un modelo limitado, incapaz de hacer nada más allá de las tareas programadas.
Su carcasa pretendía parecerse a una cabeza harmagiana, completa con los zarcillos de la barbilla para crear gestos faciales.
La cara alargada y flácida estaba revestida de un polímero de aspecto semejante a piel, y el resultado no se diferenciaba demasiado de la especie que imitaba.
Pero la voz digital no estaba bien rematada, y los zarcillos se retorcían con rigidez paralítica.
Era imposible que nadie pudiera tomarla por un ser vivo.
—Dos a las granjas de bichos —dijo Ashby, señalándose a él y a Doctor Chef.
La IA zumbó afirmativamente. Ashby hizo un gesto hacia Corbin—.
Uno para el almacén de algas. —Zumbido.
Ashby señaló a Jenks—. Uno para el distrito tecnológico.
—Zumbido. Ashby se giró hacia Sissix—. Vosotras podéis ir a pie, ¿no?
—Seh —respondió Sissix—. Nuestro paseo comienza justo tras esa puerta.
—Eso es todo —concluyó Ashby. Pasó el parche de la muñeca por encima del escáner del mostrador. Un breve bip indicó que se había realizado el pago.
—Estupendo —entonó la IA—. Sus cápsulas de viaje rápido estarán disponibles enseguida.
Si necesitan transporte adicional o indicaciones, busquen el símbolo de viaje rápido, como el que hay justo encima de este puesto de información.
Si no dispone de sentido de la vista, puede pedir un indicador de localización complementario en este o cualquier…
—Gracias —cortó Ashby, aunque la IA seguía con el discurso. Guio a la tripulación lejos de la caseta. Jenks se quedó atrás.
La IA siguió hablando, imperturbable ante la marcha de su audiencia.
—Los indicadores de localización vienen en modelos que se adecúan a todas las especies, y pueden alertar en gran variedad de registros sensoriales, como olor, gusto, sonido, estimulación dérmica, estimulación neuronal…
—¿Jenks viene? —preguntó Rosemary.
—Jenks siempre espera hasta que termina de hablar —respondió Kizzy con una sonrisa tierna —. Para no ser maleducado.
Rosemary miró de nuevo hacia la agitada IA.
—No es un modelo sentiente, ¿no es así?
—No lo creo —contestó Ashby—. Pero cuéntaselo a Jenks. Siempre le da a las IA el beneficio de la duda.
—Lo cual es absurdo —intervino Corbin. La máscara para respirar le amortiguaba la voz.
—Como lo que llevas en la cabeza —murmuró Sissix.
Ashby se interpuso y se dirigió al grupo antes de que Corbin pudiera contestar.
—Vale, equipo. Ya sabéis cómo va esto. —Vio que Jenks le hacía un gesto cortés a la IA antes de caminar hacia ellos—.
La misma rutina de siempre, pero esta vez tenemos chips de la CG para comprar cosas.
Pero solo compras necesarias, que quede claro.
El resto va a cuenta de vuestro parche de muñeca.
A la CG no le iba a gustar recibir una factura de menús de cuatro platos y masajes completos.
—Bueno, adiós a mi tarde —dijo Jenks.
—Rosemary, todos tienen sus chips, ¿correcto?
—Correcto —respondió ella—. Y todos deberían tener una lista de gastos aprobados en sus escribs, como referencia.
—Bien. Una vez que hayáis tachado todo lo de la lista, sois libres de hacer lo que os apetezca hasta la mañana.
Intentemos ponernos en marcha sobre la décima hora.
—Sonó la alerta de su escrib que indicaba un nuevo mensaje—.
Disculpad un segundo. —Sacó el escrib de la bolsa e hizo un gesto hacia la pantalla. El mensaje apareció.
Mensaje recibido
Encriptación: 3
Traducción: 0
De: Remitente desconocido (codificado)
Ashby se sobresaltó.
No he podido evitar fijarme en una tuneladora horrenda que acaba de aparcar en órbita. He vuelto de la frontera, pero me volveré a marchar pronto. En tres horas empiezo dos días de permiso oficiales. Ya he dejado claro que me voy a tomar un tiempo a solas. ¿Estás libre para compartirlo conmigo?
Sin firma, pero Ashby no le hacía falta. El mensaje era de Pei. Estaba aquí. Y más importante aún: estaba bien. Estaba viva.
Aunque podía sentir que la tensión de semanas se disipaba, Ashby se las arregló para parecer despreocupado.
Guardó el escrib en la bolsa y se pasó la mano por la barbilla.
Mierda. No se había afeitado. Pero, bueno, Pei era tripulante en un carguero; aunque su especie no tenía pelo, desde luego que podría ser comprensiva con un lapsus en el aseo personal.
Sissix lo observaba cuando volvió a encarar al grupo. Ashby la miró arqueando las cejas, y luego puso cara de capitán.
—Y bien, ¿a qué estamos esperando? Salid a comprar cosas.
Rosemary se apresuró tras sus compañeros, preocupada por no perderse.
El muelle de aterrizaje ya era bastante bullicioso de por sí, pero ahora que se abrían camino hacia las puertas del mercado, la posibilidad de que la absorbiera el mar de comerciantes había aumentado.
En realidad, la idea de perderse no era lo que la asustaba.
Era más la posibilidad de que la asaltaran.
O la acosaran. O la apuñalaran. Había visto a varias personas que desde luego parecían propensas a apuñalar.
Y, ¿no eran los ladrones de parches de muñecas algo común en sitios así?
¿Acaso no había escuchado alguna historia sobre alguien que había visitado Puerto Coriol, había deambulado hasta terminar en la tienda equivocada y se había despertado en un callejón con el brazo del parche amputado?
Bueno, vale, quizá era una exageración, pero dado que acababa de cruzarse con un aeluón cuyo rostro entero era un mosaico de implantes, no estaba lista para descartar todavía la posibilidad de los ladrones de brazos con parches.
Se alegraba de estar con Sissix, cuya presencia era reconfortante, y con Kizzy, que era probablemente bastante escandalosa —en volumen y en indumentaria— para disuadir a cualquier criminal sigiloso.
Ambas parecían gente que sabía lo que hacía.
Esperaba que se le pegara algo de aquello.
—¿Seguro que no quieres ir a las cuevas tec, Kiz? —preguntó Sissix.
—Nah. Jenks tiene mi lista. Me dejaré caer más tarde para repartir unos holas y babear sobre los cachivaches. Pero estoy agobiada del espacio. Necesito cielo abierto y aire fresco. —Abrió los brazos con un gesto teatral e inhaló con dramatismo—. Aaahhh .
—Mmm. Seh. Aire fresco —dijo Sissix, resoplando tras su máscara.
—Conoces la sensación, ¿verdad, Rosemary? —Kizzy se plantó junto a ella—. Creciste en la superficie de un planeta.
—Es agradable tener gravedad real.
—Oooh, ¿has tenido mareo espacial?
—Solo un poquitín. Pero no pasa nada, me estoy acostumbrando.
—Echa un vistazo a ver si encuentras brazaletes de equilibrio. Seguro que alguien los vende.
Sissix se mofó, divertida.
—Esas cosas son una estafa.
—No lo son —se defendió Kizzy—. Mi abuela los lleva cada vez que sube y dice que funcionan que flipas.
—Tu abuela también cree que puede hablarle a los inmubots.
—Vale, seh, pero nunca se marea en el esp… Oh, mierda. —Kizzy bajó la mirada a sus botas—. No hagas contacto visual. No hagas contacto visual.
Rosemary desvió la mirada tras ver el origen del pánico de Kizzy: una mesa simple y cómoda, cubierta con terrarios sellados y cuencos de arcilla (¡arcilla!) repletos de infochips.
Tales mesas se veían a menudo en las plazas públicas de Florencia, y la indumentaria de los tenderos era reconocible al instante.
Vestían biotrajes pesados, como los exploradores lunares de antaño, sellados y acolchados hasta un extremo que hacía que el casco de Corbin pareciera razonable.
Rosemary había oído que los trajes usados los metían en contenedores sellados y los eyectaban al espacio.
El proceso de descontaminación estándar no era suficiente para ellos.
No podían arriesgarse lo más mínimo a corromper sus sistemas inmunes, o peor aún, el flujo natural de la evolución humana.