El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) El trabajo
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El trabajo

—Odio este juego —dijo Sissix, torciendo el gesto sobre el cuadriculado tablero de píxeles.

Ashby le dio un bocado al pan especiado.

—Tú eras la que quería jugar.

—Sí, bueno, algún día de estos ganaré, y entonces podré dejarlo para siempre.

—Descansó la barbilla en los puños, suspiró e hizo un gesto hacia el alfil.

La pieza se movió sola hacia delante, dejando un fino rastro de píxeles en su estela—.

El hecho de que tu gente haya estado jugando a esto durante siglos dice mucho de tu especie.

—Anda. ¿Y qué dice?

—Que los humanos lo complican todo más de lo necesario.

Ashby estalló en carcajadas.

—Podría dejarte ganar.

Sissix entrecerró los ojos.

—Ni te atrevas. —Miró por la ventana de la ventana con forma de burbuja de la Pecera y observó cómo las junturas de la nueva jaula de contención se ajustaban solas.

Unas cuantas horas más y se podrían largar de allí.

No es que tuvieran ningún otro encargo todavía, pero no había razón alguna para quedarse.

Ya les iba tocando hacer escala en un mercado, y Sissix estaba impaciente por poner los pies en el suelo un tiempo.

—¿Sabes? Aya se reía de mí por seguir con los juegos de píxeles. Decía que no molaban.

Sissix parpadeó.

—No me digas que tiene un conector cerebral.

—Oh, no, no; tan solo usa percutores.

—Entonces bien. Uf. —Los parches percutores no eran nada de lo que preocuparse.

Tenían una caja de ellos en la sala recreativa, pequeñas pegatinas que se aplicaban bajo el tallo cerebral, un accesorio necesario si se deseaba crear un enlace neuronal con el simulador, el vídeo, o el Enlace.

Los percutores habían aparecido cuando Sissix ya había llegado a la madurez, así que aunque los usaba en alguna ocasión, seguía prefiriendo la comodidad más tangible de una tabla de píxeles y un escrib.

Los conectores cerebrales, por otro lado, le daban escalofríos.

No podía imaginar amar ninguna afición con tanta pasión que justificara meterse un puerto tecnológico en la cabeza.

Ashby hizo un gesto hacia un peón.

—Además, no puedo creer que haya un doctor ahí fuera dispuesto a ponerle un conector a alguien de ocho años. Eso sin mencionar madres o padres que lo permitieran.

—¿Has conocido a alguno de los amigos de Kizzy y Jenks?

—Ahí tienes razón.

Sissix dio un sorbo de mek. No solía comenzar las mañanas con la bebida adormecedora, pero no tenía nada que hacer hasta que la jaula estuviera terminada. Podía justificar ser perezosa. Tiró de la manta calefactora que tenía sobre los hombros, tratando de ahuyentar el persistente letargo.

—Los pequeños cerebros ya tienen suficiente para que además los llenemos de cables. Con los cerebros grandes es aún peor.

—Es lo que le dije a Aya.

—¿Y qué te contestó?

—Me llamó viejo. —Se frotó la barba incipiente de la barbilla mientras cavilaba sobre el tablero—. Soy oficialmente el tío viejo y aburrido.

Sissix rio.

—Lo dudo muchísimo. Le dejaste pilotar la lanzadera la última vez que visitamos la Flota.

Ashby se rio entre dientes.

—Creí que mi hermana me mataría.

—Exacto. Y eso te hace guay. Tu turno, por cierto.

Doctor Chef irrumpió con pesadez en el jardín; caminaba sobre dos manopiés y cargaba suministros en las otras cuatro.

—¿Qué tal está el pan especiado? —le preguntó a Ashby.

—La corteza está un poco más crujiente que la otra vez —respondió él—. Me gusta.

—Me alegro. Me pareció que os sentarían bien unos carbohidratos procesados después de anoche.

Ashby sonrió.

—Eh, yo dejé el bar del carguero a una hora razonable y con mi reputación intacta. Soy la verdadera imagen del control.

—¡Ja! —replicó Sissix.

Una sonrisa culpable se ensanchó en el rostro de Ashby.

—Vale, quizá me puse un pelín contento.

Un coro de risas surgió de la garganta de Doctor Chef.

—Por lo menos fuiste discreto. No como cierto trío particular de humanos borrachos que encontré asaltando el área médica a la sexta hora.

—Oh, no —exclamó Sissix con una sonrisa—. ¿Qué han hecho?

—Nada escandaloso. Kizzy y Jenks buscaban Energizadores, y Rosemary cayó redonda en las mesas de reconocimiento. Dormida como un tronco. Creo que intentó seguir el ritmo de los otros dos.

—Vaya, me la juego a que sí —rio Sissix—, y seguro que la convencieron para que lo hiciera. Cuando me fui, llevaban seis rondas de tiro hondo y acababan de pedir picazúcar. Pobrecita, tendrá un día miserable. ¿La llevaste a su habitación?

—Kizzy la llevó. Creo que la metió en el montacargas. Sus pies y su cerebro operaban en frecuencias completamente distintas.

Ashby sacudió la cabeza, divertido, mientras movía la torre.

—Bueno, con suerte entenderá que los técnicos solo querían darle la bienvenida. Y que nunca más tendrá que pasar por ello. —Se inclinó en la silla—. Además, jaque mate.

—¿Qué? —gritó Sissix, inclinándose hacia delante—. No, eso es… Espera… Mierda. —Dejó caer los hombros—. Pero tenía una estrategia y todo.

—Siento haberla echado a perder.

Sissix estudió el tablero y trató de descubrir dónde había fallado.

Cerca, Doctor Chef atendía una de sus macetas, respirando con un bajo y zumbante susurro, como siempre.

Su versión del silencio. Sissix observó los rollizos dedos ondear mientras ataban nudos alrededor de los brotes dispersos.

A la aandrisk nunca dejaba de sorprenderla lo ágiles que eran los movimientos de Doctor Chef.

Parecía un pudding con patas, y aun así movía las manopiés con tanta ligereza como un bailarín.

—¿Qué tal tu jengibre? —le preguntó.

—Gordito y feliz —contestó Doctor Chef mientras ataba los tallos altos.

Infló las mejillas con orgullo. El jengibre había sido idea de Jenks, y pocas cosas hacían más feliz a Doctor Chef que cumplir las peticiones culinarias de la tripulación—.

Sin embargo, tengo que admitir que me gusta más comer las flores que las raíces.

Son demasiado potentes para mi gusto. Aunque son buenas y crujientes.

Ashby torció la cabeza.

—Sabes que el jengibre es un condimento, ¿no? Como una especia.

—¿Qué? No. ¿En serio?

—¿Has intentado comértelo entero?

—Pues, sí. Sí. —Doctor Chef estalló en carcajadas—. Creí que era una especie de patata picante.

—Nunca le he pillado el tono a las patatas —dijo Sissix—. La finalidad de la patata es cubrirla con sal para que no notes lo sosa que es. ¿Por qué no dar un lametón a la sal y saltarse la patata?

—A mí no me preguntes —respondió Ashby, levantándose—. Las patatas son cosas de los terrícolas.

—¿Ya te has cansado de jugar?

—Sí, es más de la décima hora. El canal de noticias se habrá actualizado.

Habló con un tono relajado, pero tenía un destello de seriedad en la mirada cuando dijo eso.

—Vale —dijo Sissix. Sabía qué canales había estado consultando, y le entraron ganas de abrazarlo.

No un rápido y agarrotado abrazo humano; uno largo, de los que das a tus amigos cuando sabes que algo les preocupa.

Pero hacía mucho que había aprendido que ese tipo de abrazos no eran solo un gesto platónico entre los humanos.

Era uno de los muchos instintos sociales que había aprendido a suavizar.

Doctor Chef hizo otro nudo, gruñó satisfecho y ocupó el asiento que había dejado libre Ashby.

En su manopié superior sujetaba una taza con una expresión ensk escrita: «BESA AL COCINERO».

Un regalo de un cumpleaños anterior que le había hecho Kizzy, la cual siempre hacía caso omiso del hecho de que ninguno de los tripulantes no humanos tenía la costumbre de celebrar los aniversarios.

Sissix alzó la jarra de mek y se sentó junto al tablero de píxeles.

—¿Más?

Doctor Chef se lo pensó un momento.

—Solo media taza —respondió, y le tendió el recipiente—. Supongo que tenemos derecho a disfrutar de un día para procrastinar de vez en cuando.

—Desde luego. —Sissix llenó la taza de Doctor Chef hasta la mitad, y luego rellenó la suya hasta el borde.

Podía sentir relajarse los músculos de las mejillas y de la garganta cuando el cálido y agridulce brebaje los bañaba.

El sentimiento se le extendió por los hombros, el cuello y los brazos, llevándose los restos de tensión que la taza anterior había ablandado. Estrellas, le encantaba el mek.

Doctor Chef acunó la taza en su manopié. Asintió hacia el tablero píxel.

—Un juego humano muy típico.

—¿Y eso?

—Los juegos humanos se basan en la conquista.

—No es cierto —repuso ella—. Tienen muchísimos juegos cooperativos.

¿Qué opinas de Batalla de Hechiceros? —Apenas habían pasado diez días desde que Kizzy y Jenks se conectaron a aquel juego (con percutores, ni siquiera esos dos eran tan estúpidos como para implantarse) para explorar mundos mágicos y compartir alegres aventuras dentro de sus cabezas.

Doctor Chef sacudió una manopié con desdén.

—No me refiero a juegos cerebrales, sino a cosas como esta —dijo haciendo un gesto hacia el tablero píxel—.

Los clásicos. A lo que han estado jugando los humanos desde antes de que supieran que había más planetas ahí fuera.

Todo es conquista, todo competición. Pensándolo bien, incluso la Batalla de Hechiceros es así.

Los jugadores van en equipo, pero lo hacen para vencer a un enemigo común: el propio juego.