Perforación a ciegas #3
—¿Una IA no puede? —preguntó Rosemary. Sabía que había cosas que la tecnología todavía no podía hacer, pero que se lo recordaran siempre la sorprendía.
—Nop. Piensa en ello —repuso Kizzy—. Las IA no pueden ser más listas que las personas que las crearon.
Podemos codificar en ellas todas las matemáticas y teorías que queramos, pero es imposible que una IA haga nada que nosotros no comprendamos.
Y no pretendo asustarte, pero ni de lejos comprendemos la subcapa.
Tenemos algunas ideas sobre ella, claro, pero la única especie que de verdad la comprende es la sianat.
Lo que quiere decir que las únicas personas que pueden crear una IA igualada con un par sianat son los propios sianat.
Y desde luego que ni de coña van a hacerlo.
—¿Por qué no?
—Porque es una herejía —respondió Doctor Chef—.
Los sianat creen que las habilidades que el Susurrante les otorga son dones sagrados.
Creen que, ya que el virus no afecta a otras especies, estas no están destinadas a poseer tales habilidades.
No les importa hacer el trabajo para nosotros, pero no van a compartir su comprensión, ni siquiera con un programa.
—Interesante —dijo Rosemary. «Extraño», pensó—. Vale, entonces, a pesar del tipo de perforación que vayas a llevar a cabo, ¿no es posible que salgas no solo en otro lugar, sino en otro tiempo?
—Desde luego —respondió Kizzy—. Por eso tenemos que hacerlo absolutamente lo mejor posible para no mandarlo todo a la mierda. ¡Ah, eso me recuerda una cosa! —Bajó de un salto del taburete y corrió hacia la vox de la cocina—. Lovey, ¿puedes llamar a Jenks, por favor?
Hubo una pausa. La vox chascó al cobrar vida.
—¿Mmmqué? —preguntó Jenks al otro lado.
—Ven a por tus bollos ahumados antes de que los devoremos todos —dijo Kizzy.
—¿Qué hora es?
—Las nueve, más o menos. Llegas tarde.
—¿Qué? ¿Ya estamos donde la perforación?
—En una hora llegamos.
—Mierda. Kizzy. Kizzy, tengo resacón.
—Lo sé.
—Es culpa tuya cien por cien.
—Lo sé, cariño. Ven a comer unos bollos ahumados.
—No me llames «cariño». Ya no somos amigos. ¿Estáis en la cocina?
—Sí.
—Doctor Chef, por favor dime que tienes Energizador a mano.
—Hay una caja sin abrir en el área médica —contestó Doctor Chef inflando las mejillas.
—Vale —suspiró Jenks—. Vale. —La vox se apagó con un clic.
Doctor Chef miró a Kizzy.
—¿Se puede saber qué hicisteis anoche?
Kizzy se metió en la boca una cucharada de gachas.
—Semifinales de balón acuático. Pensé que sería divertido como juego de beber.
—¿Quiénes jugaban?
—Surcacielos contra Zarpas Veloces. Jenks y yo escogimos cada uno un equipo, y teníamos que beber cuando el otro marcaba.
—¿Cuál escogiste?
—Zarpas Veloces.
—Asumo que ganaron.
Kizzy sonrió.
—Por doce.
Doctor Chef exhaló un murmullo de descontento y fijó sus pequeños y brillantes ojos en Rosemary.
—¿Aceptas un consejo? Si Kizzy te dice las palabras «¿Sabes qué sería una gran idea?», ignora lo que sea que venga después.
—No le hagas caso —dijo Kizzy—. Todas mis ideas son geniales.
Doctor Chef estudió a Rosemary, reflexionaba sobre algo.
—¿Sabes? Siempre me sedo antes de una perforación. No me acostumbro a la subcapa, así que para mí es más sencillo pasar por ella dormido. Nadie te mirará mal si haces como yo.
—Gracias —respondió Rosemary—, pero creo que me gustaría ver cómo se hace.
—¡Esa es mi chica! —exclamó Kizzy, dándole una palmadita en la espalda—. No te preocupes. Es como una patada en la cabeza, pero es una patada en la cabeza divertida.
Una hora más tarde, en la sala de control, Rosemary se abrochaba el cinturón de seguridad de la silla cuando entró el par sianat.
Rosemary no pudo evitar mirar embobada. Había visto fotografías de pares, pero verlos en carne y hueso era diferente.
Ohan tenían un cuerpo delgaducho con cuatro extremidades, pies anchos e inquietantes dedos largos.
Él… Ellos caminaban a cuatro patas, con la espalda arqueada, de forma parecida a los vídeos que Rosemary había visto sobre los primates de la Tierra.
Ohan estaban cubiertos desde la cabeza hasta las uñas de los pies con un denso pelo azul hielo, corto y rapado decorativamente con diseños fractales que revelaban debajo la piel gris carbón.
Tenían enormes, con largas pestañas, y claramente húmedos (Rosemary había leído la noche anterior que los conductos lacrimógenos hiperactivos eran uno de los muchos síntomas del virus de los sianat).
Sus rostros peludos parecían relajados, casi drogados, apariencia que corroboraban los hombros flácidos y la lentitud de los movimientos.
Vestían túnicas, más o menos, una prenda cómoda tan simple en diseño que parecía hecha al descuido.
Rosemary sabía que era injusto juzgar a otros sapientes por las normas sociales humanas, pero Ohan daban la impresión de un estudiante universitario colocado que llega tarde a clase vestido solo con un albornoz.
Se recordó a sí misma que aquel estudiante universitario colocado podía superar a una IA en física interdimensional.
—Ahí está la otra mitad de mi equipo —anunció Sissix con una sonrisa amistosa—. Este debería ser uno divertido, ¿mmm?
Ohan inclinaron una vez la cabeza hacia ella, moviéndose con educada formalidad.
—Siempre disfrutamos trabajando contigo —dijeron.
—Oye, Ohan —llamó Ashby, levantando la vista del panel de control cuando el par sianat tomó asiento—. ¿Cómo estáis hoy?
Ohan se sentaron sobre los cuartos traseros. Las articulaciones se plegaron de forma compacta, de forma que el par parecían mucho más bajos que cuando entraron.
—Muy bien, gracias, Ashby —respondieron.
Curvaron la cabeza hacia Corbin, luego dirigieron su atención a la estación de trabajo.
Deslizaron con rapidez los largos dedos sobre los controles e hicieron aparecer las lecturas visuales.
Pasaron varios segundos antes de que volvieran a alzar la cabeza, dándose cuenta de que algo en la sala era diferente.
Giraron la cabeza como búhos hacia Rosemary.
—Bienvenida —dijeron, con una inclinación de cabeza. Mientras hablaban, Rosemary pudo ver una hilera de dientes planos. Había leído que los pares se limaban las puntas carnívoras. La idea la hizo estremecerse.
Rosemary les devolvió la inclinación, asegurándose de no romper el contacto visual. Barbilla baja, ojos arriba. Así era como decía la referencia del Enlace que los sianats saludaban a los demás.
—Es un placer conoceros —dijo—. Estoy deseando veros trabajar.
Ohan asintieron de nuevo (¿halagados, quizá?) y devolvieron la atención a la estación de trabajo.
Sacaron un escrib y un grueso lápiz píxel.
Rosemary abrió los ojos como platos cuando vio que el escrib ponía en marcha un programa básico de esbozos.
No estarían pensando en resolver los entresijos de un agujero de gusano a mano, ¿verdad?
—De acuerdo —anunció Ashby, abrochándose el cinturón de seguridad—. Vamos a ello. Lovey, conéctame con los técnicos.
—Hecho —respondió Lovey.
—Pasamos lista —ordenó Ashby.
—Controles de vuelo, listos —dijo Sissix.
—Comprobación de combustible, lista —dijo Corbin.
—El taladro interespacial está listo —dijo Kizzy por el vox—. Pero no puedo encontrar mis galletitas saldas y sabéis que no me gusta hacer esto sin algo para picar…
—Piensa en ello la próxima vez, Kiz —cortó Ashby—. ¿Jenks?
—Las boyas están listas —crepitó la voz de Jenks.
—Lovey, estado de la nave —pidió Ashby.
—Todos los sistemas de la nave funcionan con normalidad —contestó Lovey—. No hay fallos técnicos ni estructurales.
—Ohan, ¿estáis listos?
—Impacientes por comenzar.
—Fantástico —dijo Ashby. Miró hacia Rosemary—. ¿Llevas el cinturón puesto?
Ella asintió. Había comprobado la sujeción tres veces.
—Bien. Kizzy, arranca.
En lo profundo de las entrañas de la nave, el taladro despertó con un aullido barítono. Rosemary se alegró de que Kizzy le hubiera avisado sobre el taladro. Era un sonido que parecía capaz de rasgar mamparos.
Ashby repiqueteó sobre el brazo de la silla diez veces, con un ritmo igualado. Mientras repiqueteaba, un temblor creció dentro del casco. La cosa en el fondo de la nave palpitaba y rugía. Los paneles del suelo se sacudieron.
Con un terrible silencio, el cielo se desgarró.
Los engulló.
Rosemary miró por la ventana y se dio cuenta de que en realidad nunca había visto el color negro antes.
—Dadme un rumbo, Ohan —pidió Sissix.
Ohan observaron las lecturas en su pantalla. Con la mano ya estaban tecleando sobre el escrib, escribían ecuaciones en un texto que Rosemary no reconoció.
—Avante dieciséis punto seis íbens. A toda velocidad, por favor.