El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Las tuneladoras #4
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Las tuneladoras #4

Rosemary rememoró la esclusa. Lovey no había hablado de un piloto, sino del Piloto.

Su mente se aceleró por la emoción. Los sianats eran caldo de cultivo para leyendas urbanas en su hogar; una raza solitaria que podía conceptualizar el espacio multidimensional con tanta facilidad como un humano podía hacer álgebra.

Aunque aquella aptitud mental no era innata.

La cultura sianat estaba estructurada en torno a un neurovirus que llamaban el Susurrante.

Los efectos del Susurrante eran en gran parte desconocidos por el resto de la CG (los sianats prohibieron a otras especies que investigaran sobre ello), pero se sabía que alteraba las funciones cerebrales del huésped.

Por lo que Rosemary sabía, todos los sianats se infectaban con el virus durante la niñez, y desde ese momento ya no pensaban en sí mismos como individuos, sino como entidades plurales, un «par».

Entonces se los animaba a que salieran a la galaxia para poder compartir los dones del Susurrante con las especies que nunca podrían conocerlo de primera mano (el virus aún no había llegado a saltar a otras especies).

La habilidad de los pares sianat para pensar de formas imposibles para otras especies los convirtieron en miembros inestimables de proyectos de investigación, de laboratorios científicos…

y de naves tuneladoras. Con todo el jaleo de llegar a la Peregrina , no se le había ocurrido pensar en la posibilidad de encontrarse con un par sianat.

—¿No cenan con nosotros? —preguntó, tratando de ocultar las tremendas ganas de conocer a aquella… ¿persona? ¿Gente? Lo del plural le iba a llevar algún tiempo.

Ashby negó con la cabeza.

—Los pares son algo paranoicos con su salud. Tienen miedo de cualquier cosa que pueda afectar de forma inadvertida al Susurrante. Ohan nunca abandonan la nave, y no comen la misma comida que nosotros.

—Y eso que es totalmente higiénica, te lo aseguro —añadió Doctor Chef.

—Por eso me dieron un fogonazo cuando atraqué —dijo Rosemary—. Lovey dijo que tenía algunos contaminantes que alguien de la tripulación no toleraba.

—Ah, sí —dijo Doctor Chef—. Tendremos que actualizar la base de datos de tus inmubots. Nos ocuparemos de ello mañana.

—No es solo un tema de salud —intervino Sissix—. Los pares no socializan demasiado bien, ni siquiera con otros pares. Ohan no salen demasiado de su habitación. Son… Lo verás cuando los conozcas. Van a lo suyo.

—Tú también lo harías si pudieras mapear los túneles en tu cabeza —dijo Jenks.

—Pero, de todos modos, Doctor Chef siempre les pone un sitio —dijo Kizzy con la boca llena, aplastando el bocado contra la mejilla—. Porque es un amor.

—Quiero que sepan que siempre serán bienvenidos —explicó Doctor Chef—. Aunque no puedan comer con nosotros.

—Oooh —dijeron Kizzy y Jenks al unísono.

—Técnicamente, yo tampoco ceno —señaló Sissix.

Rosemary ya se había dado cuenta de que aunque había cogido un poquito de todo, sus porciones eran diminutas—.

Mordisqueo comida durante todo el día. Uno de los beneficios de no ser capaz de mantenerme caliente es no tener la necesidad de comer tanto.

—Sonrió—. Pero me gusta sentarme con todos por la noche.

Es una de mis costumbres humanas preferidas.

—Estoy completamente de acuerdo —dijo Doctor Chef, cogiendo otro bicho de la costa roja—. Sobre todo porque solo como una vez al día. —Dejó el bicho en la cima de un montón de cascarones vacíos en precario equilibrio. Rosemary contó seis.

—Entonces, ¿qué comen los pares sianat? —preguntó Rosemary.

Un temblor violento cruzó las mejillas de Doctor Chef. Incluso sin estar familiarizada con su anatomía, Rosemary tuvo la sensación de que era una expresión de rechazo.

—Esa horrible pasta de nutrientes. Nada más; tan solo tubos y más tubos de esa cosa, que les envían desde el planeta hogar de los sianat.

—Oye, nunca se sabe —exclamó Jenks—. Podrían estar bastante ricos.

—Nop —dijo Kizzy—. Ni con tu estómago. Una vez me pillé un tubo para investigar.

—Kizzy —exclamó Ashby.

Kizzy lo ignoró.

—Imagina algo con la consistencia de la mantequilla de nueces seca y fría, pero sin sabor. Ni sal ni nada. Traté de untarlo en una tostada, pero fue desperdiciar una buena tostada.

Ashby suspiró.

—Y esto, la mujer que se cabrea si alguien se atreve a mirar siquiera una bolsa de su langostino de fuego.

—Cuidadito —dijo Kizzy, señalándolo con el tenedor—. El langostino de fuego es una exquisitez poco común, ¿de acuerdo?

—Son un tentempié barato —dijo Sissix.

—Un tentempié barato que solo se puede conseguir en mi colonia, lo que lo convierte en una exquisitez poco común. Hay cajas y cajas de los tubos de la pasta de Ohan en el muelle de carga. Sabía que ni siquiera se darían cuenta si me quedaba uno. Oferta y demanda.

—Oferta y demanda no quiere decir eso —dijo Jenks.

—Claro que sí.

—«Oferta y demanda» no significa «por favor, roba sin remordimientos esta cosa porque hay más que de sobra».

—¿Te refieres a esto?

Lanzó una mano hacia delante y le robó un bollo del plato. Se lo embutió entero en la boca, empujando con los dedos, y empezó a coger más de la cesta del pan.

Ashby se dirigió a Rosemary sin prestar atención a la guerra por el botín horneado.

—Bueno, Rosemary, hablemos de ti. ¿Tienes familia en Marte?

Rosemary bebió con calma un sorbo de agua. La pregunta le aceleró un poco el pulso, pero no pasaba nada. Lo había ensayado.

—Sí. Mi padre trabaja en importaciones extraplanetarias; mi madre tiene una galería de arte.

—Era cierto, tan solo omitía algunos detalles clave—.

También tengo una hermana mayor, pero vive en Hagarem.

—Cierto—. Trabaja para la CG. Departamento de distribución de recursos.

Nada sofisticado, tan solo ocuparse del papeleo.

—Cierto—. Aunque no tenemos mucho trato. —Desde luego, cierto.

—¿Dónde creciste?

—En Florencia. —Cierto.

Jenks desvió su atención de la pelea con Kizzy por los bollos. Soltó un silbido.

—Es una zona de primera categoría —dijo—. Tu familia debe de tener pasta.

—La verdad es que no. —Mentira—. Tan solo está cerca del trabajo de mi padre. —Cierto. Más o menos.

—Yo estuve en Florencia una vez —intervino Kizzy—.

Cuando tenía doce años. Mis padres ahorraron muchísimo para que pudiéramos ir para el Día del Recuerdo.

Estrellas, nunca me olvidaré cuando todo el mundo soltó las linternas flotantes en aquel enorme lugar abierto.

—Rosemary sabía a qué se refería. La plaza del Nuevo Mundo, el lugar central de encuentro de la capital.

Una amplia plaza de piedra vigilada por una estatua de la epónima de la ciudad, Marcella Florencia, la primera humana que puso el pie en Marte—.

Todas esas luces diminutas subían como naves minúsculas.

Creí que era lo más hermoso que había visto nunca.

—Yo estuve allí —dijo Rosemary.

—¡No fastidies!

—No creo que nadie se perdiera el Festival de Todas las Historias —se rio.

De hecho, su padre había sido el mayor promotor del evento, pero presintió que sería mejor omitir esa parte.

El Día del Recuerdo era una festividad humana que conmemoraba el día en que la última nave nodriza partió de la Tierra; el día en que los últimos humanos abandonaron su inhóspito planeta.

La festividad se originó como una costumbre exodana, pero el Día del Recuerdo ganó popularidad tanto en la República Solar como en las colonias extrasolares.

El Festival de Todas las Historias marcó el bicentenario del Día del Recuerdo, y la festividad se organizó como un trabajo colectivo de los funcionarios solanos y exodanos.

Casi toda la Diáspora se volcó en él, hasta el último operario y el último burócrata.

El Festival estaba pensado como un gesto de amistad y unión de una especie fracturada; un reconocimiento de que, a pesar de las dificultades pasadas, podían trabajar juntos hacia un brillante futuro galáctico.

No es que al final saliera nada de ello.

La Diáspora todavía era inefectiva en el Parlamento de la CG.

Los harmagianos tenían dinero. Los aeluones tenían potencia de fuego.

Los aandrisk tenían diplomacia. Los humanos tenían discusiones.

Ningún festival, sin importar lo espléndido que fuera, iba a cambiar eso. Pero al menos fue una buena fiesta.

Kizzy le sonrió a Rosemary.

—Quizá vimos nuestras linternas. ¡Oh! ¿Probaste los helados? Los de leche real, en uno de esos cuencos de gofre, cubiertos con salsa de moras y virutas de chocolate.

—Uy, parece dulce —dijo Doctor Chef.

—Si no recuerdo mal, me comí dos de esos —contestó Rosemary.

Sonrió, con la esperanza de que la sonrisa ocultara el nudo de nostalgia que le inundaba el pecho.

Había trabajado muy duro para alejarse, había pasado por muchos aros, había aguantado muchas noches sin dormir, aterrada de que la atrapara, y aun así…

Aun así había bichos en su plato, redes artigravitatorias bajo sus pies y una mesa rodeada de extraños que no podían saber lo que había dejado atrás.

Estaba fuera, en el espacio, lejos de todo y de cualquier cosa que le era familiar.

—Hablando de cosas dulces —dijo Doctor Chef, dejando su tenedor con rotundidad—. ¿Quién quiere postre?

Aunque tenía la tripa tan llena que parecía a punto de estallar, Rosemary no tuvo problema en hacer espacio para tres de lo que Doctor Chef llamó «pastelitos de primavera»; suaves, gomosos, con reminiscencias a almendra, espolvoreados con una especia picante que no pudo identificar.

No eran como el helado de salsa de moras de Día del Recuerdo, pero, en fin, nada lo sería nunca.

Tras ayudar a recoger la mesa, Ashby se acomodó en uno de los bancos resguardados del jardín. Sacó su escrib y le dio un mordisco al último pastelito de primavera. Privilegios del capitán.