El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Las tuneladoras #3
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Las tuneladoras #3

—Anda. Es… muy amable por tu parte —dijo Ashby.

Observó a Sissix durante un instante, haciéndole una pregunta muda que Rosemary no pudo adivinar.

Luego devolvió su atención hacia ella—.

Me temo que durante los próximos días no tendré demasiado tiempo para explicarte cómo funcionan las cosas.

Mañana tunelaremos, y siempre hay que atar algunos cabos sueltos al terminar.

Pero de todas formas estoy seguro de que necesitarás algún tiempo para adaptarte.

Una vez que cumplamos este encargo, tú y yo nos podemos sentar y empezar a repasar mis informes.

—Mis condolencias —dijo Sissix, dándole unas palmaditas en el hombro a Rosemary.

—No son tan malos —protestó Ashby. Doctor Chef se aclaró la garganta con énfasis—. De acuerdo, son bastante malos. —Ashby se encogió de hombros y sonrió—. Pero, ¡eh! ¡Eso quiere decir que tienes un trabajo!

Rosemary se rio.

—No te preocupes. Soy una de esas raritas a las que les gusta el papeleo.

—Doy las gracias a las estrellas—exclamó Ashby—. Somos una buena tripulación, pero el papeleo no es uno de nuestros puntos fuertes.

—¡Sissix! —gritó Kizzy, entrando en la sala—. Tengo que hablar contigo sobre un vídeo sexy superescandaloso que he visto hoy.

Ashby cerró los ojos.

—… Y el tacto, tampoco.

Sissix pareció confusa.

—Kizzy, ya te lo he dicho, estoy harta de ver tus vídeos. Te lo juro, los humanos son la única especie capaz de hacer que el coito sea hortera.

—No, escucha, es importante. —Kizzy se coló tras la encimera e inspeccionó lo que cocinaba Doctor Chef.

Se había cambiado el mugriento mono de trabajo por una elegante chaqueta amarilla, una falda que solo podría describirse como una enagua corta, unas medias con lunares de un naranja radiante, un par de gigantescas botas atadas con todo tipo de hebillas y correas y un desparrame de flores de tela trenzadas en el pelo.

El conjunto habría quedado excéntrico en cualquier otra persona, pero de algún modo, Kizzy conseguía que funcionara—.

Era un vídeo multiespecie, y ahora tengo un porrón de preguntas sobre la anatomía aandrisk.

—Ya me has visto desnuda —dijo Sissix—. Y seguro que ya has visto a otros aandrisk desnudos.

—Sí, pero… Sissix, la flexibilidad de este tío, tela marinera…

Lanzó la mano hacia un bol de verduras. Doctor Chef le golpeó la muñeca con una espátula sin siquiera mirarla.

Sissix suspiró.

—¿Cómo se titula el vídeo?

— Planeta Prisión 6: La ingravidez del punto G .

—Yyy se acabó —interrumpió Ashby—. De verdad, ¿os mataría comportaros por un solo día?

—Eh, yo soy educado —contestó Jenks—. Ni siquiera he mencionado Planeta Prisión 7 .

Ashby suspiró y se volvió hacia Rosemary.

—Puede que todavía estés a tiempo de llamar de vuelta a la procápsula, si has cambiado de idea.

Rosemary negó con la cabeza.

—Todavía no he cenado.

Doctor Chef soltó una sonora y vigorosa carcajada.

—Por fin alguien con las mismas prioridades que yo.

Sissix se inclinó sobre la encimera.

—Kizzy, me alucinan tus zapatos, son geniales. Ojalá pudiera vestir zapatos.

—¿A que sí? —exclamó Kizzy, alzando su pie derecho como si lo viera por primera vez—.

¡Contemplad mis botas maravillosas! ¡Todo lo que mola de una escuadra de asalto aeluona combinado con la perfección ergonómica absoluta!

¡Una locura podóloga! ¿Qué son? ¿Son unas grandes y resistentes todoterreno?

¿Son unas cómodas deportivas? ¡Nadie lo sabe!

¡Son una proeza de la ciencia que está ocurriendo justo sobre mis calcetines mientras charlamos!

—Se giró hacia Doctor Chef, que en ese momento sacaba del horno una sartén con panecillos.

Pescó uno y lo hizo saltar de una mano a otra—.

Estrellas, huelen fenomenal. ¡Ven a mi boca, bollito de amor!

Ashby se dirigió a Rosemary.

—Eres buena con los idiomas, ¿verdad?

Rosemary apartó su atención de la técnica mecánica, que ejecutaba un bailecillo de dolor tras achicharrarse la lengua con el bollo caliente.

—Me las arreglo —respondió. Lo cierto es que era muy buena con los idiomas, pero no era algo de lo que presumir ante los nuevos compañeros durante la cena.

—Bueno, si vas a vivir en esta nave, vas a tener que aprender a hablar Kizzy.

—Es uno de esos que vas aprendiendo sobre la marcha —intervino Sissix, que había empezado a llevar cuencos llenos de comida a la mesa.

Rosemary cogió uno lleno de una especie de puré de tubérculo morado y siguió su ejemplo.

Al dejar el cuenco junto a los platos, una extraña lucidez la golpeó: era la primera vez que ponía la mesa.

—Ah, eh, por cierto —dijo Kizzy, acercándose a Ashby dando saltitos—.

El filtro de aire está arreglado, pero me daba tanto miedo llegar tarde a cenar, y además me tenía que cambiar, que amontoné todos los cables dentro de la pared para que no se prendan fuego o algo, y prometo que lo dejaré en condiciones en cuanto cenemos, lo prometo de verdad…

—Si quieres, Kiz, puedo ocuparme yo de la limpieza de los cables —dijo Jenks—. Sé que tienes un montón de tareas pendientes antes de mañana.

—Por eso eres el mejor —dijo Kizzy. Se cruzó con la mirada de Rosemary y señaló a Jenks—. ¿A que es el mejor?

—Bien —intervino Doctor Chef, alzando una fuente repleta de bichos humeantes—. El papeo está listo.

Sissix, Kizzy y Jenks se sentaron todos en el mismo lado de la mesa. Como si le hubieran dado pie en ese momento, Corbin entró en la estancia. Se sentó en el lado opuesto. No dijo nada. Los otros, tampoco. Ashby, por lo menos, le dirigió un educado gesto con la cabeza.

El capitán se sentó a la cabeza de la mesa; Doctor Chef lo hizo en la silla opuesta a él. Ashby le hizo un gesto a Rosemary para que se sentara en el sitio vacío a su derecha. Sonrió a todo el mundo y alzó su vaso de agua.

—Por nuestra nueva tripulante —brindó—. Y que mañana tengamos un día laboral sin problemas.

Todos brindaron con los vasos.

—Debería haber servido algo más elegante para beber —murmuró Doctor Chef.

—Todos necesitamos agua, Doc —repuso Ashby—. Además, te has superado con creces. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la pila de cuencos con comida.

Rosemary descansó una mano sobre el estómago para amortiguar el rugido.

La tarea de llenarse el plato fue una batalla campal.

Cuencos y bandejas pasaban de un lado para otro sin seguir un patrón claro.

Cuando todos los cuencos de servir estuvieron en la mesa de nuevo, el plato de Rosemary estaba repleto de ensalada, una montaña de una cosa morada machacada («raíces colmillo», las llamó Doctor Chef), dos panecillos de cereales y uno de los bichos de la costa roja.

De las coyunturas de las alargadas extremidades del bicho supuraba mantequilla deshecha salpicada con tiras de hierbas.

Rosemary vio que había una pequeña brecha en la cáscara, donde Doctor Chef había puesto condimentos antes de pasarlos por la plancha.

El bicho tenía un aspecto horrendo, pero desprendía un aroma increíble, y Rosemary tenía hambre suficiente para probar cualquier cosa.

Tan solo había un problema. No sabía cómo comérselo.

Sissix debió notar su indecisión, ya que la mujer aandrisk cruzó la mirada con ella por encima de la mesa.

Alzó despacio el cuchillo y el tenedor con sus manos de cuatro dedos y empezó a retirar el cascarón con habilidad; arrancó primero las patas, y después abrió el vientre por las marcas.

Rosemary imitó los movimientos e intentó que su falta de experiencia no resultara demasiado obvia.

Apreció la sutileza de Sissix, pero no podía pasar por alto lo irónico que era que una aandrisk le enseñase a comer un plato humano.

Si Rosemary había cometido alguna transgresión al desmontar el bicho, nadie de la tripulación hizo mención alguna.

Estaban demasiado ocupados engullendo la comida, cantando alabanzas sobre la cocina de Doctor Chef y riéndose con bromas que Rosemary no entendía.

El bochorno ante su desconocimiento de aquella comida desapareció en el instante que dio el primer bocado al bicho; tierno, sabroso, reconfortante.

Un pelín como el cangrejo, pero más denso.

Los bollos eran abundantes y estaban calientes, la pulpa estaba salada y dulce, la ensalada (recogida del jardín aquel mismo día, según le habían dicho) era crujiente y refrescante.

Todos sus temores sobre la comida espacial quedaron erradicados.

Se acostumbraría a los bichos y a las verduras hidropónicas. Con facilidad.

Una vez que sofocó el hambre hasta el punto de poder comer a un ritmo menos desesperado, Rosemary vio la silla vacía y el sitio libre que la separaba de Corbin.

—¿Quién se sienta aquí? —preguntó.

—Ah —respondió Doctor Chef—. Una pregunta delicada. Nadie, técnicamente, pero es el sitio de Ohan.

Rosemary memorizó el nombre.

—Claro, Sissix dijo que ela es nocturnea —añadió con un pronombre neutro. Era la única forma de ser educada cuando no había señales claras del género.

Ashby sonrió y negó con la cabeza.

—«Ellos»; Ohan son un par sianat. Macho, pero aun así decimos «ellos».