Las tuneladoras #2
—El entrenamiento de sensibilidad interespecies siempre se queda corto cuando ves algo nuevo, ¿verdad? Me quedé mudo la primera vez que vi esas cosas larguiruchas y marrones que sois vosotros.
—Y para los de su especie no es poca cosa —dijo Sissix.
—¡Exacto! —exclamó el sapiente—. El silencio no va con nosotros. —De su boca estalló un sonido: un murmullo gorjeante y estruendoso.
Rosemary miró a Sissix mientras unos estallidos discordantes seguían surgiendo de la extraña boca del ser.
—Se está riendo —susurró Sissix.
El ruido cesó, y el sapiente se palmeó el pecho.
—Soy Doctor Chef.
—Yo me llamo Rosemary. Tienes un nombre interesante.
—A ver, no es mi nombre real, pero me encargo de cocinar y trabajo en el área médica si surge la necesidad.
—¿Qué especie eres?
—Soy un grum, y ahora soy macho.
Rosemary no había oído hablar de los grum. Debía de ser una especie de fuera de la CG.
—¿Ahora? —preguntó.
—En mi especie, el sexo biológico es un estado transitorio.
Comenzamos la vida como hembras, nos convertimos en machos una vez pasados nuestros años de puesta de huevos, y terminamos nuestras vidas como algo que no es ni una cosa ni la otra.
—Doctor Chef se estiró por encima de la encimera y colocó frente a Rosemary una taza de zumo y un pequeño plato con unas galletitas saladas compactas—.
Aquí tienes. Azúcar, sal, vitaminas, calorías.
La cena estará lista pronto, pero parece que te vas a desmayar en cualquier momento.
—Meneó la cabeza y miró a Sissix—. Odio las procápsulas.
—Anda, estrellas; gracias. —Rosemary se abalanzó sobre las galletitas saladas. En alguna parte lejana de su cabeza sabía que no eran nada especial, pero en ese instante, eran lo mejor que había probado jamás.
—¿Puedo preguntarte tu nombre auténtico? —dijo cuando tuvo la boca menos llena.
—No serás capaz de pronunciarlo.
—¿Puedo intentarlo?
De nuevo la risa gorjeante.
—De acuerdo, prepárate. —La boca de Doctor Chef se abrió y de ella surgió una cacofonía, capas sobre capas de sonidos incomprensibles.
Duró un minuto entero. Las mejillas se le hincharon tres veces al terminar—.
Ese soy yo —concluyó. Se señaló la garganta—.
Tráquea ramificada, seis juegos de cuerdas vocales.
No hay ni una sola palabra en mi idioma que no tenga varios sonidos mezclados.
Rosemary se sintió algo aturdida.
—No debió de serte fácil aprender klip.
—Uy, no lo fue —respondió Doctor Chef—. Y no te mentiré, a veces todavía me resulta agotador. Sincronizar mis cuerdas vocales cuesta mucho trabajo.
—¿Por qué no usas una fonocaja?
Doctor Chef negó con la cabeza; le tembló la piel de las mejillas.
—No me gustan los implantes que no son medicamente necesarios. Además, ¿qué sentido tiene hablar con diferentes especies si no dedicas tiempo a aprender su lenguaje? Limitarse a pensar cosas y dejar que esa pequeña caja hable por ti es como hacer trampas.
Rosemary dio otro sorbo al zumo. Empezaba a sentirse mejor de la cabeza.
—¿Tu nombre quiere decir algo en tu idioma?
—Sí. Soy «Una Arboleda Donde Los Amigos Se Congregan Para Observar Las Lunas Alinearse Durante El Atardecer A Mitad De…
», supongo que tú dirías «otoño». Ten en cuenta que eso es el primer trocito.
También incluye el nombre de mi madre y la ciudad donde nací, pero creo que es suficiente, si no estarías oyéndome traducir toda la noche.
—Rio de nuevo—. ¿Y tú? Sé que la mayoría de nombres humanos no tienen mucho significado, pero ¿el tuyo tiene alguno?
—Pues, bueno, no creo que mis padres pensaran mucho en ello, pero significa romero. Es una planta.
Doctor Chef se inclinó hacia delante, apoyando su peso en los brazos superiores.
—¿Una planta? ¿Qué tipo de planta?
—Nada especial. Una hierba cualquiera.
—¡Una hierba cualquiera! —exclamó Doctor Chef; le temblaron los bigotes—. ¡Una hierba cualquiera, dice!
—Oh, oh —dijo Sissix—. Acabas de decir la palabra mágica.
—Rosemary, Rosemary —dijo Doctor Chef, sujetándole la mano—.
Las hierbas son mi tema preferido. Combinan lo medicinal y lo gastronómico, lo que, como habrás intuido a estas alturas, son mis dos temas preferidos.
Soy un entusiasta recolector de hierbas.
Adquiero nuevos especímenes allí donde voy.
—Hizo una pausa; gruñía y siseaba para sí mismo—.
Creo que nunca he oído hablar de tu planta homónima. ¿Es para comer o para curar?
—Para comer —dijo Rosemary—. Creo que se echa en la sopa. En el pan también, me parece.
—¡Sopa! Oh, adoro la sopa —dijo Doctor Chef. Sus ojos de un negro sólido se volvieron hacia Sissix—. Haremos una parada en Port Coriol pronto, ¿no es cierto?
—Sip —respondió Sissix.
—Seguro que alguien tendrá romero por ahí.
Enviaré un mensaje a mi viejo amigo Drave, él sabrá dónde buscar.
Es bueno localizando cosas relacionadas con la comida.
—Su boca se curvó hacia arriba al mirar de nuevo a Rosemary—.
¿Ves? Al final resulta que tienes un buen nombre.
Venga, acábate esas galletitas saladas, voy a echarle un vistazo a los bichos.
—Irrumpió de nuevo en la cocina, gruñó y suspiró al inclinarse sobre la parrilla.
Rosemary se preguntó si estaría tarareando.
Sissix se acercó a Rosemary y susurró, ocultando su voz bajo las vocalizaciones de Doctor Chef y el ruido de la cocina:
—No le preguntes por su planeta natal.
—Ah —contestó Rosemary—. De acuerdo.
—Confía en mí. Y tampoco le preguntes por su familia. No es… un tema de conversación apropiado para la cena. Te lo explicaré más tarde.
Usando unas pinzas de cocina, Doctor Chef alzó con orgullo un enorme artrópodo de la parrilla. Tenía un caparazón negruzco, y sus patas estaban recogidas por debajo en varias hileras. Era del tamaño de la mano de Rosemary desde la muñeca hasta la punta de los dedos.
—Espero que te gusten los bichos de la costa roja. Y son frescos, no almacenados en estasis; tengo un par de tanques de cría en la parte de atrás.
Sissix le dio un codazo amistoso a Rosemary.
—Solo los comemos frescos en ocasiones especiales.
—No los he probado, pero huelen de maravilla.
—Un momento —exclamó Sissix—. ¿Nunca has probado bichos de la costa roja? Jamás había conocido a un humano que no hubiera probado bichos de la costa roja.
—Siempre he vivido en un planeta —dijo Rosemary—. No comemos muchos bichos en Marte.
Se sintió culpable solo por reconocerlo.
Los insectos eran baratos, ricos en proteínas y fáciles de cultivar en espacios reducidos, lo que los convertía en un alimento estupendo para los espaciales.
Los bichos habían sido parte de la dieta de la Flota Éxodo durante tanto tiempo que incluso las colonias extrasolares todavía los tenían como plato principal.
Por supuesto, Rosemary había oído hablar de los bichos de la costa roja.
Se decía que un tiempo después de que en la Confederación Galáctica hubieran garantizado el estatus de refugiados a la Flota Éxodo, un puñado de representantes humanos había acudido a una colonia aeluona para hablar sobre sus necesidades.
Uno de los humanos más emprendedores se fijó en unos grupos de grandes insectos que correteaban por las dunas de arena roja cerca de la línea costera.
Los insectos eran un leve incordio para los aeluones, pero para los humanos eran comida, y mucha.
Los bichos de la costa roja fueron introducidos rápidamente en la dieta de los exodanos, y en la actualidad se podía encontrar un montón de aeluones y humanos extrasolares que se habían enriquecido comerciando con ellos.
Rosemary, al admitir que nunca había comido bichos de la costa roja, quería decir que no solo había viajado poquísimo, sino que pertenecía a un capítulo separado de la historia de la humanidad.
Era una descendiente de los pudientes carnívoros que se asentaron primero en Marte, los cobardes que enviaron ganado vivo a través del espacio mientras había naciones muriendo de hambre en la Tierra.
Aunque los exodanos y los solanos ya habían dejado atrás (la mayoría de) sus diferencias hacía tiempo, su privilegiada ascendencia era algo que la avergonzaba.
Le recordaba demasiado bien el motivo por el que dejó su hogar.
Sissix la observó con suspicacia.
—¿Has comido mamíferos? Quiero decir los de verdad, no criados en tanques.
—Claro. Hay algunos ranchos de ganado en Marte.
Sissix reculó haciendo sonidos entre divertida y asqueada.
—Ay, no, puaj . —Parecía arrepentida—. Lo siento, Rosemary, es que es… blej .
—Bah. No son más que bocadillos enormes con pezuñas —intervino Jenks, que acababa de entrar, sonriendo—. También he probado la ternera de la superficie planetaria. Es una pasada.
—Uf, qué asco. Sois repugnantes —dijo Sissix entre risas.
—Me quedaré con los bichos, gracias —dijo una voz humana. Rosemary se dio la vuelta y se levantó—. Bienvenida a bordo —dijo el capitán Santoso, estrechándole la mano—. Es un placer conocerte al fin.
—Lo mismo digo, capitán —saludó Rosemary—. Me alegro mucho de estar aquí.
—Por favor, llámame Ashby —contestó con una sonrisa. Miró a su alrededor, buscando a alguien—. ¿Corbin ya te lo ha enseñado todo?
—Empezó a hacerlo —respondió Sissix; cogió una de las galletitas saladas de Rosemary—. Yo lo relevé para que pudiera hacer unos análisis.