El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Las tuneladoras
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Las tuneladoras

Tras guardar sus dos bolsas de equipaje (Sissix les había dado el visto bueno: «poco equipaje ahorra combustible»), Rosemary bajó las escaleras tras ella.

Algo captó su atención, algo en lo que no se había fijado al subir.

Cada peldaño de rejilla metálica estaba cubierto cuidadosamente con una gruesa tira de moqueta.

—¿Para qué sirve? —preguntó Rosemary.

—¿Mmm? Ah, eso es para mí. Para que no se me enganchen las garras en el enrejado.

Rosemary sintió un escalofrío.

—Ugh.

—No sabes tú bien. Me arranqué una de cuajo hace unos años, antes de que Kizzy colocara las alfombrillas.

Chillé como una cría recién salida del cascarón.

—Llegó a la siguiente cubierta e hizo un gesto con la cabeza hacia las puertas—.

La sala de ocio está por ahí. Máquinas de ejercicio, la hub de juegos, sofás cómodos y esas cosas.

La hub tiene algunos simuladores exteriores bastante buenos que te puedes parchear.

Se supone que todos deben usarla por lo menos media hora al día.

En teoría. Es algo que se olvida con facilidad, pero es realmente saludable.

En una larga travesía, esto —dio una palmadita en la cabeza de Rosemary— es lo que más debes cuidar.

Rosemary paró de caminar mientras avanzaban por el pasillo.

—¿Son imaginaciones mías o está oscureciendo?

Sissix soltó una risita.

—Está claro que no has vivido antes en el vacío, ¿eh?

—preguntó, sin atisbo de ironía—. La iluminación en los pasillos y en las áreas comunes incrementa o disminuye según avanza el día.

Lo que ves ahora es el atardecer, o una aproximación de este.

Puedes encender las lámparas de trabajo en las habitaciones individuales siempre que necesites más luz, pero el cambio en luz ambiental de la nave nos ayuda a mantener cierto ritmo.

—Seguís días estándar, ¿cierto?

Sissix asintió.

—Días estándar, calendario estándar. ¿Todavía estás en tiempo solar?

—Sí.

—Tómate con calma los primeros diez días.

Adaptarse a un nuevo reloj biológico a veces puede ser muy duro.

Sin embargo, lo cierto es que mientras mantengas tu trabajo al día y sepas qué día es, no importa qué tipo de agenda mantengas.

Aquí ninguno nos levantamos a la misma hora, y todos seguimos horarios un poco raros. Especialmente Ohan. Son nocturnos.

Rosemary no estaba segura de quién o qué era Ohan, o qué había querido decir Sissix al usar el plural, pero antes de poder preguntar, Sissix sonrió mirando la puerta que tenían delante.

—Voy a dejar que pases delante.

Había un cartel pintado a mano fijado en la pared, sobre la puerta. «LA PECERA», decía. Las letras brillantes estaban rodeadas de planetas sonrientes y alegres flores. Aunque era nueva en la nave, Rosemary estuvo segura de que la señal era obra de Kizzy.

Abrió la puerta y se quedó boquiabierta.

Ante ella había una amplia sala abovedada, construida con capas de plex intercaladas.

Era una ventana, una enorme ventana con forma de burbuja, con la galaxia entera extendiéndose al otro lado.

Y en el interior, todo, absolutamente todo, era verde.

Filas ascendientes de gigantescas macetas hidropónicas de las que brotaban hojas anchas, brotes frescos y verduras oscuras y grandes.

Había etiquetas escritas a mano pegadas a estacas dispuestas a intervalos regulares (Rosemary no reconoció el alfabeto utilizado).

Algunas de las plantas florecían, y enrejados delicados ayudaban a las enredaderas a crecer bien altas.

Un camino cubierto de ramas se alejaba de la puerta, flanqueado por cajas de carga y latas de comida reusadas repletas de espesas matas de hierba.

Trocitos de basura tecnológica pintados con tonos brillantes sobresalían aquí y allá, añadiendo pizcas de color.

Al final del camino había tres escalones que conducían a un jardín a nivel más bajo.

Una fuente desvencijada chapoteaba con suavidad, y cerca había algunos bancos y sillas.

Tras los bancos, pequeños árboles decorativos se estiraban hacia las lámparas solares que colgaban sobre ellos.

Pero una vez que Rosemary vio las lámparas, su atención se desvió de nuevo a la ventana burbuja, a las estrellas, planetas y nebulosas que esperaban ahí fuera.

Tras mirar embobada unos instantes, Rosemary pudo empezar a discernir los detalles más pequeños.

El marco de la ventana parecía erosionado y de un material completamente distinto al del resto de la sala.

Las macetas hidropónicas eran de todas las formas y tamaños, y lo bastante desgastadas para dar a entender que eran de segunda mano.

Pero la sala era uno de esos lugares extraños y maravillosos que se beneficiaban de la falta de uniformidad.

Las plantas estaban sanas y bien cuidadas, pero de algún modo, los rasguños, las abolladuras y la pintura desconchada eran lo que realmente les daba vida.

—Es… —Rosemary parpadeó—. Es increíble.

—Y necesario, lo creas o no —añadió Sissix—.

Puede que parezca una extravagancia, pero tiene tres propósitos útiles.

Uno: las plantas vivas reducen el estrés en los filtros de aire.

Dos: podemos cultivar parte de nuestra comida, lo que nos ahorra dinero en las visitas al mercado y es más saludable que comer siempre cosas almacenadas en estasis.

Tres, y lo más importante: nos ayuda a no volvernos locos tras pasar varias semanas enjaulados aquí.

La sala de simulador es buena para tener un rato de tranquilidad, pero aquí es donde todos venimos a calmarnos.

Muchas naves de largo trayecto tienen sitios como este.

Aunque el nuestro es el mejor, si te interesa mi opinión completamente imparcial.

—Es hermoso —dijo Rosemary apartando los ojos de la ventana. Reflexionó durante un instante y recordó la bóveda opaca que había visto desde la cápsula—. ¿Por qué no lo pude ver al venir?

—Un buen truco, ¿verdad? —respondió Sissix—.

Está hecho de plex variable, por lo que solo es transparente cuando queremos.

Nos da algo de privacidad, y mantiene el espacio fresco si estamos cerca de un sol.

Era parte de un yate harmagiano. Kizzy y Jenks tienen toda una red de colegas saqueadores que nos llaman siempre que encuentran piezas que podríamos aprovechar.

La bóveda ha sido el premio gordo con diferencia.

—Con un gesto, indicó a Rosemary que fuera tras ella—.

Ven, te presentaré al tipo que planta todo esto.

Siguieron por el lado derecho del camino hasta una mesa ovalada dispuesta para la cena.

Las sillas que rodeaban la mesa estaban desparejadas, y alrededor de la tercera parte estaba diseñada para traseros no humanos.

Unas luces tenues colgaban de largos cables sobre la mesa, recubiertas con pantallas de diferentes colores.

Estaba lejos de ser la mesa más sofisticada que Rosemary hubiera visto (las servilletas estaban desgastadas, unos cuantos platos tenían muescas, los condimentos eran todos de marcas baratas), pero aun así resultaba invitadora.

Cerca de la mesa había una encimera con tres taburetes a un lado y una gran cocina al otro.

El aroma del pan horneado y de las plantas chisporroteantes inundó las fosas nasales de Rosemary, cuyo cuerpo le recordó lo mucho que hacía desde la última vez que había comido.

Se sentía como si todo su torso estuviera hueco.

—¡Atención! —llamó Sissix por encima de la encimera—. ¡Venid a conocer a nuestra nueva tripulante!

Rosemary no vio la cortina que cubría la puerta trasera hasta que un miembro de la especie más rara que había visto nunca la apartó y entró.

El sapiente —«él», había dicho Sissix— como mínimo la doblaba en tamaño.

Era gordo y carnoso, de piel gris moteada.

Rosemary lo habría tomado por algún tipo de anfibio si no fuera por los mechones de largos bigotes que brotaban de unas mejillas parecidas a globos.

Casi todo su rostro estaba dominado por un labio superior ancho y partido, que a Rosemary le pareció adorable aunque no sabía muy bien por qué.

Rememoró los videoprogramas sobre los animales de la antigua Tierra que le habían hecho tragarse de pequeña.

Si se cruzaba una nutria con un geco y al resultado se le hacía caminar como una oruga de seis patas, se estaría cerca.

Era especialmente complicado catalogar las piernas del sapiente, porque podrían confundirse con brazos sin problema.

Tenía seis, fueran lo que fueran, todas idénticas.

Cuando entró por la puerta caminaba sobre un par y sujetaba dos cubetas de comida con las otras.

Pero una vez que dejó las cubetas, dobló el cuerpo y caminó con dos pares hacia la encimera.

—Bueno, bueno, bueno —retumbó el sapiente. Su voz tenía una armonía extraña, como si cinco personas hablaran a la vez.

Mientras seguía procesando su apariencia, Rosemary vio que vestía ropa de estilo humano.

Su torso superior (si se lo podía llamar así) estaba cubierto por una enorme camiseta de manga corta con un logo estampado donde aparecía un pulgar humano verde cruzando el espacio.

El texto que lo rodeaba estaba impreso no en klip, sino en ensk: «Emporio Botánico de Pequeñojohn - Todo para los hidropónicos transgalácticos».

Había cortado agujeros extra en los lados para su par de extremidades del medio.

La sección inferior la había cubierto con un gigantesco par de pantalones de cordel.

Bueno, más que pantalones, parecían una bolsa con huecos para las piernas.

El rostro entero del sapiente se curvó hacia arriba en una aproximación surrealista a una sonrisa.

—Me apuesto algo a que nunca antes habías visto a uno de los míos—dijo.

Rosemary sonrió, aliviada de que él hubiera roto el hielo.

—No puedo decir lo contrario —respondió.

El sapiente trasteó al otro lado de la encimera mientras hablaba.