El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Llegada #3
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Llegada #3

Doblaron la esquina y se encontraron con un nido de cables y alambres esparcidos por el suelo sin orden ni concierto; al menos no lo había a ojos de Rosemary.

Tubos de algas colgaban desparramados como tripas de un panel abierto en la pared.

En esta trabajaban dos personas, un hombre y una mujer, ambos humanos…

¿O no? No había dudas sobre la mujer, que andaría en la cúspide entre la veintena y la treintena.

Tenía el pelo negro atado en un moño torcido, sujeto con una cinta desteñida y deshilachada.

Vestía un mono naranja salpicado de grasa y mugre, con coderas de tela brillante cosidas con grandes puntadas.

Tenía notas garabatadas en las mangas, cosas como «REVISAR 32-B — ¿CABLES VIEJOS?

», «NO TE OLVIDES DE LOS FILTROS DE AIRE, TONTA» y «COME».

Sobre la nariz chata llevaba ajustado un curioso juego de lentes ópticas.

En vez de solo una lente por ojo, había no menos de media docena de accesorios soldados en soportes con bisagras.

Algunos sobresalían y ampliaban, en otros parpadeaban diminutos paneles digitales.

Parecía algo hecho a mano. En cuanto a la mujer, su piel de un tono oliváceo oscuro parecía que había pasado mucho tiempo tomando el sol, pero sus rasgos poco definidos eran sin duda alguna exodanos.

Rosemary pensó que lo más probable es que hubiera crecido en una colonia extrasolar; «fuera del sol», como dirían en Marte.

El hombre, por otro lado, no era tan fácil de catalogar, aunque parecía humano en la mayoría de los detalles.

La mezcla de rasgos faciales, la estructura corporal, las extremidades y dedos, todo era familiar.

Su color cobrizo era incluso parecido al de Rosemary, aunque varios tonos más oscuro.

Pero mientras que su cabeza tenía el tamaño corriente, el resto era pequeño, tan pequeño como un niño.

También era fornido, como si las extremidades se le hubieran rellenado al tiempo que se negaban a estirarse.

Era tan pequeño que encajaba sobre los hombros de la mujer, que era justo donde estaba en aquel instante.

Como si su físico no fuera ya bastante digno de mención, se había aplicado sobremanera a engalanarse.

Se había afeitado los lados de la cabeza, y un mechón de rizos brotaba de la cima de su cuero cabelludo.

Llevaba las orejas adornadas con constelaciones de pendientes, y los brazos, cubiertos de tatuajes coloridos.

Rosemary hizo todo lo posible por no quedarse mirando embobada.

Concluyó que era desde luego humano, pero tenía que ser un altergén.

Era la única explicación que se le ocurría.

Pero, por otro lado, ¿por qué alguien se molestaría tanto por hacerse pequeño?

La mujer levantó la vista del trabajo.

—¡Viva! —exclamó—. Jenks, bájate, tenemos que socializar.

El hombrecillo, que había estado utilizando una ruidosa herramienta en la pared, giró la cabeza y se alzó las gafas de seguridad.

—Vaya —dijo mientras bajaba—. Aquí llega la novata.

Antes de que Rosemary pudiera decir nada, la mujer se levantó, se quitó los guantes y la envolvió con un enorme abrazo.

—Bienvenida a casa. —Se apartó mostrando una sonrisa contagiosa—. Me llamo Kizzy Shao. Técnica mecánica.

—Rosemary Harper. —Trató de no parecer sorprendida—. Y gracias.

La sonrisa de Kizzy se ensanchó.

—Oooh, me encanta tu acento. Los marcianos siempre sonáis taaan suaves.

—Soy el técnico de componentes —explicó el hombre, limpiándose la suciedad de las manos con un trapo—. Jenks.

—¿Es tu nombre de pila o el de tu familia? —preguntó Rosemary.

Jenks se encogió de hombros.

—Cualquiera. —Le tendió la mano. A pesar de lo pequeñas que las tenía, su agarre era más firme que el de Corbin—. Encantado de conocerte.

—Lo mismo digo, señor Jenks.

—¡Señor Jenks! Me gusta. —Volvió la cabeza—.

Eh, Lovey. Conéctame con todos, por favor.

—Una vox cercana se encendió—. Atención todo el mundo —dijo con voz pomposa—.

Siguiendo el precedente de nuestra asistente, a partir de ahora solo responderé a mi título completo de «Señor Jenks». Eso es todo.

Corbin se inclinó hacia Rosemary.

—Las voxes no son para eso —gruñó en voz baja.

—Bueno —dijo Kizzy—. ¿Fue bien el viaje?

—Los he tenido mejores —respondió Rosemary—. Aunque he llegado de una pieza, así que supongo que no me puedo quejar.

—Quéjate todo lo que quieras —dijo Jenks.

Sacó una desgastada lata metálica del bolsillo—.

Es una mierda viajar en procápsula. Y sé que son la única forma de traerte rápido, pero esas cosas son la hostia de peligrosas.

¿Los estims te dan temblores? —Rosemary asintió—.

Uf, ya ves; confía en mí, te sentirás mejor cuando comas algo.

—¿Ya has estado en tu habitación? —preguntó Kizzy—. Yo hice las cortinas, pero si no te gusta la tela, me lo dices y las arranco de inmediato.

—Todavía no —respondió Rosemary—. Pero de camino he visto todo tu trabajo. No debe de haber sido fácil añadir la mayoría de esas cosas a un modelo antiguo.

El rostro de Kizzy se encendió como una bulboluz.

—No, pero ya ves, ¡por eso es tan divertido!

Es como un puzle: tienes que adivinar qué tipo de circuitos encajarán con los antiguos, añadir nuevos detalles para hacerlo más acogedor, y sobre todo tener en cuenta los secretos de la antigua infraestructura para que no estallemos.

—Dejó escapar un suspiro de satisfacción—.

Es el mejor trabajo que existe. ¿Ya has visto la Pecera?

—Perdona, ¿el qué?

—La Pecera. —Kizzy pareció resplandecer—. Espera y verás. Es lo mejorcito.

Los ojos atentos de Corbin se fijaron en el técnico de componentes.

—Jenks, ¡estás de broma!

La lata metálica de Jenks estaba llena de junco rojo. Había metido un generoso pellizco en una pipa pequeña y curvada, y la estaba encendiendo con un soldador.

—¿Qué? —preguntó, su voz amortiguada por los dientes apretados.

Aspiró aire por la pipa, provocando que las fibras troceadas chispearan y desprendieran humo. Un leve aroma a vainilla y ceniza quemada inundó la nariz de Rosemary. Pensó en su padre, que siempre estaba fumando aquello mientras trabajaba. Apartó el recuerdo indeseado de su familia.

Corbin se cubrió la boca y la nariz con la mano.

—Si quieres llenar tus pulmones con toxinas, estupendo, pero hazlo en tu camarote.

—Tranquilo —contestó Jenks—. Es la cepa modificada que fabricaron los laru, benditos sean sus corazones de ocho válvulas.

Toda la suavidad del junco rojo, libre de todas las toxinas.

Cien por cien saludable. Bueno, por lo menos no dañino.

Deberías probar un poco, le sentaría de maravilla a tu humor.

—Exhaló una voluta de humo en dirección a Corbin.

El rostro de este se puso rígido, pero pareció reacio a insistir. Rosemary tuvo la impresión de que por mucho que fanfarronease sobre las reglas, Corbin no tenía autoridad sobre los técnicos.

—¿Ashby está informado sobre este desastre? —preguntó señalando el suelo.

—Relájate, gruñón —dijo Kizzy—. Lo tendremos arreglado y listo para la cena.

—La cena es en media hora —replicó Corbin.

Kizzy se llevó las manos a la cabeza. Hizo una mueca teatral.

—¡Ay, no! ¿En serio? Creía que la cena era a las dieciocho.

—Son las diecisiete y media.

—¡Joder! Hablamos luego, Rosemary —dijo Kizzy, sumergiéndose de nuevo en la pared—, tengo trabajo que hacer. Jenks, súbete a mis hombros, colega, ¡a toda leche!

—¡Hop! —exclamó Jenks; sujetó la pipa entre los dientes y trepó.

Corbin siguió por el pasillo sin decir ni una palabra.

—Un placer conoceros —se despidió Rosemary, y fue tras Corbin.

—¡Lo mismo digo! —respondió Kizzy—. ¡Ay, mierda, Jenks! ¡Me has tirado ceniza en la boca! —Se oyó un escupitajo, y un par de risas a coro.

—Es un milagro que no estemos todos muertos —dijo Corbin, sin dirigirse a nadie en particular. No dijo nada más mientras seguían por el pasillo. Rosemary dedujo que la charla banal no era su fuerte. Aunque el silencio era muy incómodo, tuvo la impresión de que sería mejor no romperlo.

El pasillo se curvaba hacia el interior y conectaba con el otro lado de la nave. En el ápice de la curva había una puerta.

—Esta es la sala de control —explicó Corbin—. Control de navegación y tunelación. No tendrás mucho que hacer por aquí.

—¿Te importa si la vemos de todos modos? Para orientarme.

Corbin dudó.

—Seguramente el piloto está trabajando. No deberíamos molestar…

La puerta se abrió, y salió una aandrisk.

—¡Me pareció oír una voz nueva! —exclamó.

Tenía un acento áspero, pero era el más nítido que Rosemary había oído en los de aquella especie.

No es que Rosemary tuviera mucha experiencia con aandrisk.

Al ser una de las tres especies fundadoras de la Confederación Galáctica, era habitual encontrárselos por toda la galaxia.

O eso le habían contado a Rosemary. La aandrisk que estaba ante ella era la primera con la que había hablado directamente.

Su cerebro iba a toda prisa, tratando de recordar lo que sabía sobre la cultura aandrisk.

«Estructuras familiares complicadas. Prácticamente no conocen el concepto del espacio personal.

Físicamente afectuosos. Promiscuos». Se abofeteó mentalmente por lo último.

Era un estereotipo, uno que todos los humanos conocían quisieran o no, y apestaba a etnocentrismo.

«No se emparejan como nosotros», se aleccionó.

«No es lo mismo». Desde algún lugar de su cabeza, el profesor Selim le dedicaba una mirada de reproche.

«El propio hecho de que usemos el término “sangre fría” como sinónimo de “crueldad” te debería decir algo sobre el sesgo innato que los primates tienen hacia los reptiles», imaginó que le decía.

«No juzgues a otras especies por tus propias normas sociales».