Llegada #4
Decidida a hacer que su profesor estuviera orgulloso de ella, Rosemary se preparó para encajar el frote de mejillas aandrisk del que había oído hablar, o quizá para recibir otro abrazo inesperado.
Cualquiera que fuese la manera en que aquella persona se dispusiera a saludarla, se dejaría llevar.
Ahora formaba parte de una tripulación multiespecie e iba a sobrellevarlo con elegancia, maldita sea.
Pero Rosemary se desilusionó cuando todo lo que hizo la mujer aandrisk fue extender una de sus garras para estrecharle la mano.
—Debes de ser Rosemary —dijo con voz cálida—. Yo soy Sissix.
Rosemary rodeó con los dedos la palma escamada de Sissix lo mejor que pudo.
Sus manos no encajaban demasiado bien, pero lo hicieron lo mejor que pudieron.
Sissix era demasiado alienígena para que Rosemary pudiera catalogarla como hermosa, pero era…
impresionante. Sí, ese adjetivo era mejor.
Le sacaba una cabeza de altura y tenía un cuerpo ágil y esbelto.
Escamas de color verde musgo le cubrían el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de la cola, disipándose en un tono más claro en el vientre.
Tenía el rostro liso, sin nariz, ni labios, ni orejas visibles; tan solo agujeros para respirar, agujeros para oír y una pequeña hendidura como boca.
Un mechón de plumas multicolor le cubría la cabeza como una crin corta y alegre.
Tenía el pecho plano como el de un hombre humano, pero el contraste entre la fina cintura y los musculosos muslos saurios creaban la ilusión de unas caderas femeninas (aunque Rosemary sabía que esa impresión también provenía de un prejuicio cultural; los machos aandrisk tenían la misma fisionomía que las hembras, tan solo eran más pequeños).
Las piernas estaban ligeramente combadas, como si estuvieran listas para saltar, y los dedos de las manos y de los pies terminaban en garras gruesas y romas.
Cada garra estaba pintada con descuidados remolinos de oro, y parecían limadas.
Vestía un par de pantalones sueltos y caídos, y una camisa que se sujetaba con un botón.
Rosemary recordó al profesor Selim explicando que los aandrisk solo vestían ropas para hacer que otras especies se sintieran más cómodas.
Entre la ropa, el acento y el apretón de manos, Rosemary tenía la impresión de que Sissix había estado con humanos desde hacía mucho tiempo.
Sissix no fue lo único que salió de la sala de control. Una vaharada de aire cálido y seco la siguió afuera. Rosemary sintió las oleadas de calor que emanaban desde el interior de la habitación. Incluso en la puerta, era asfixiante.
Corbin entrecerró los ojos.
—Sabes que los paneles de la interfaz se deforman si se calientan demasiado.
Sissix parpadeó y miró con sus ojos amarillos hacia el hombre pálido.
—Gracias, Corbin. Solo he estado viviendo en naves durante toda mi vida adulta, por lo que no tengo ni idea de cómo ajustar la temperatura interna dentro del margen de seguridad.
—Creo que la nave ya está bastante caliente de por sí.
—Si alguien más hubiera estado trabajando conmigo ahí dentro, la habría bajado. Francamente, ¿cuál es el problema?
—El problema, Sissix, es que…
—Alto. —Sissix alzó la palma. Pasó la mirada de Corbin a Rosemary repetidas veces—. ¿Por qué le estás enseñando la nave tú?
Corbin apretó la mandíbula.
—Ashby me lo pidió. No me molesta.
Sus palabras eran evasivas, pero Rosemary pudo discernir la misma insinceridad que había enmascarado su rostro cuando la recibió al salir del compartimento estanco. El puño helado reapareció en el estómago. Diez minutos en la nave y ya le caía mal a alguien. Fantástico.
—Claro —dijo Sissix. Entornó los ojos como si tratara de comprender algo—. No me importaría relevarte como guía si tienes otras cosas que hacer.
Corbin apretó los labios.
—No quiero parecer maleducado, Rosemary, pero tengo que empezar más pronto que tarde unos análisis de salinidad.
—¡Genial! —exclamó Sissix; puso una mano en el hombro de Rosemary—. ¡Pásatelo bien con tus algas!
—Eh, un placer conocerte —dijo Rosemary mientras Sissix se la llevaba.
Corbin ya desaparecía por el pasillo. Toda la conversación había sido desconcertante, pero se alegró de quedarse con lo que parecía una compañía más amigable.
Hizo todo lo posible por no quedarse embobada ante el modo en que los pies descalzos de Sissix se flexionaban, el modo en que las plumas se balanceaban al caminar.
Todo en la forma de moverse de la aandrisk era fascinante.
—Rosemary, quisiera disculparme en nombre de la tripulación de la Peregrina —dijo Sissix—. Llegar a un nuevo hogar merece una bienvenida mejor que la que Artis Corbin puede dar. Estoy segura de que ya lo sabes todo sobre las cápsulas de escape y nada sobre quién somos o qué hacemos.
Rosemary no pudo evitar reír.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tengo que vivir con ese hombre —respondió Sissix—.
Como tú. Pero, por suerte, también vas a vivir con el resto de nosotros, y creo que somos bastante agradables.
—Se detuvo junto a una escalera metálica que se perdía hacia arriba por el techo y hacia abajo por el suelo—.
Ni siquiera habrás visto tu habitación todavía, ¿no?
—No.
Sissix puso los ojos en blanco.
—Ven —dijo; subió por las escaleras haciendo todo lo posible por mantener la cola apartada de la cara de Rosemary—. Siempre me siento mejor en una nueva nave una vez que sé dónde está mi sitio.
La aandrisk estaba en lo cierto. El dormitorio de Rosemary resultó ser una habitación encajada en una esquina de la cubierta superior.
Los únicos muebles eran un armatoste cuadrado con cajones montado en la pared opuesta, un pequeño armario y un catre que cabía justo en el rincón.
Pero la sobriedad de la habitación estaba suavizada con una manta acolchada y una montaña de cojines coloridos que transformaban lo que podría haber sido un lugar espartano en un nidito acogedor.
Las cortinas que Kizzy había mencionado estaban hechas de una tela con estampado de flores…
No, no eran flores; eran medusas. El estampado era demasiado sobrecargado para el gusto de Rosemary, pero estaba segura de que se acostumbraría.
En la pared adyacente había una maceta hidropónica de la que salían hojas en forma de lágrima.
Al lado había un espejo, del cual colgaba una nota impresa: «¡BIENVENIDA A CASA!
». Era el habitáculo más pequeño, más simple y más humilde que Rosemary había visto jamás (los sórdidos hoteles de los puertos espaciales no contaban).
Y, aun así, a fin de cuentas, era perfecto.
No podía imaginarse un lugar mejor para empezar de cero.