El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Llegada #2
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Llegada #2

—Bueno, ahí estás, Rosemary Harper —dijo la IA—. Mi nombre es Lovelace, y hago las veces de la interfaz de comunicación de la nave. Supongo que en cierto modo tenemos trabajos parecidos, ¿no es así? Tú hablas en nombre de la tripulación. Yo hablo en nombre de la nave.

—Supongo que sí —respondió Rosemary, algo insegura.

No tenía demasiada experiencia con las IA sentientes.

Las que había en casa eran insulsas y funcionales.

La biblioteca de la universidad tenía una IA que se llamaba Oráculo, pero era de un tipo mucho más académico.

Rosemary nunca había conversado con una IA tan agradable como Lovelace.

—¿Puedo llamarte Rosemary? —preguntó Lovelace—. ¿O tienes algún apodo?

—Rosemary está bien.

—De acuerdo, Rosemary. Puedes llamarme Lovey si te apetece. Aquí todos lo hacen. Sienta bien salir de la cápsula, ¿verdad?

—No lo sabes tú bien.

—Cierto. Pero tú no sabes lo bien que sienta que recalibren tus bancos de memoria.

Rosemary reflexionó sobre eso.

—Tienes razón, no lo sé.

—Rosemary, debo ser sincera contigo. El motivo por el que he mantenido esta charla contigo durante todo este rato es para que no te aburrieras mientras te escaneaba en busca de contaminantes.

Uno de los tripulantes tiene necesidades médicas muy específicas, y debo realizar un escáner más exhaustivo que el requerido en otras naves. No tardaré mucho más.

Rosemary no tenía la impresión de haber esperado mucho rato, pero no tenía ni idea de qué era una larga extensión de tiempo para una IA.

—Tómate el tiempo que necesites.

—¿Ese es todo tu equipaje?

—Sí —respondió Rosemary. De hecho, cargaba con todas sus posesiones (es decir, todo lo que no había vendido).

Todavía se maravillaba de haber podido meterlo todo en dos pequeños embalajes.

Tras una vida en la enorme casa de sus padres, repleta de muebles, cachivaches y rarezas, saber que no necesitaba nada más de lo que podía cargar le proporcionaba un sentimiento de libertad extraordinario.

—Si colocas el equipaje en el montacargas a tu derecha, puedo transportarlo hasta la cubierta superior de la tripulación. Puedes recogerlo cuando vayas a tu habitación.

—Gracias —dijo Rosemary. Abrió la puerta metálica sujeta a la pared por goznes, dejó el petate y la cartera en el compartimento correspondiente, y cerró la puerta con el pestillo. Se oyó un ruido de ajetreo dentro de la pared.

—De acuerdo, Rosemary, acabo de terminar mi escáner. Odio decir esto, pero tienes un par de bichos de la lista negra en tu sistema.

—¿Qué tipo de bichos? —preguntó Rosemary. Pensó con pavor en los pasamanos sucios y en los asientos pegajosos de la estación espacial. Treinta días desde que se marchó de Marte y ya había pillado una plaga alienígena.

—Ah, nada que te vaya a afectar, pero hay cosas que el piloto no soporta. En consecuencia, el doctor tendrá que actualizar tus inmubots antes de que vuelvas a abandonar la nave. Por ahora, voy a darte un fogonazo descontaminante. ¿Te parece bien?

Lovey sonaba contrita y por una buena razón. Lo único bueno de un fogonazo descontaminante era que se terminaba rápido.

—De acuerdo —respondió Rosemary, rechinando los dientes.

—Aguanta —dijo Lovey—. Fogonazo en tres… dos… uno.

Una penetrante luz anaranjada inundó la habitación. Rosemary pudo sentir cómo le atravesaba el cuerpo. Un frío picotazo a través de los poros, de los dientes, de las raíces de las pestañas. Por un breve instante, supo dónde estaban todos sus capilares.

—Uy, lo siento mucho —dijo Lovey cuando terminó el fogonazo—. No me agrada demasiado este procedimiento. Pareces mareada.

Rosemary exhaló y trató de sacudirse los calambres que la aguijoneaban.

—No es culpa tuya —dijo—. Antes ya no me encontraba bien.

Se detuvo, y se dio cuenta de que trataba de hacer que una IA se sintiera mejor. Era un concepto muy tonto, pero algo sobre la conducta de Lovey provocaba que cualquier otra reacción pareciera grosera. ¿Podían ofenderse las IA? Rosemary no estaba segura.

—Espero que pronto te sientas mejor. Sé que hay una cena preparada para ti, pero seguro que puedes descansar luego. Ya te he entretenido demasiado. Eres libre de seguir adelante. Y permíteme que sea la primera en decirte: Bienvenida a bordo.

La vox se apagó. Rosemary puso la mano contra el panel de la puerta. La escotilla interior se abrió y apareció un hombre pálido de rostro avinagrado. Mudó la expresión cuando Rosemary avanzó. Fue la sonrisa más hipócrita que había visto nunca.

—Bienvenida a la Peregrina —dijo el hombre, tendiéndole la mano—. Artis Corbin. Algólogo.

—Encantada de conocerle, señor Corbin. Me llamo Rosemary Harper. —Le estrechó la mano. El apretón era flácido; la piel, húmeda. Se alegró de soltarlo.

—Corbin a secas vale. —Se aclaró la garganta—. Tienes que… Em… —Señaló con la cabeza hacia la pared opuesta. En una puerta estaba pintado el símbolo humano para lavabo.

Rosemary corrió hacia ella.

Volvió al cabo de unos minutos, ya de mejor humor. Aún tenía el corazón agitado, la cabeza todavía se le estaba aclarando, y el persistente hormigueo del fogonazo hacía que le dolieran los dientes. Pero por lo menos había tachado de la lista una de sus necesidades fisiológicas.

—Las procápsulas son la peor forma de viajar —señaló Corbin—.

Funcionan con combustible de reserva, ¿sabes?

Un montón de accidentes acechando. Tendrían que regularlo mejor, si te soy sincero.

—Rosemary trató de pensar en una respuesta, pero antes de que pudiera decir algo, Corbin continuó—: Por aquí.

Lo siguió por un pasillo.

La Peregrina no era más bonita por dentro de lo que era por fuera, pero los pasillos desparejos tenían un encanto humilde.

Había ventanucos en las paredes, dispuestos en intervalos regulares.

Los propios paneles de las paredes estaban sujetos con tornillos y pernos de formas variadas.

Al igual que en el exterior, las paredes tenían diferentes colores: marrón cobrizo a un lado, latón mate en el otro, y de vez en cuando, alguna que otra lámina gris claro.

—Un diseño interesante —comentó Rosemary.

Corbin soltó una risita burlona.

—Si con «interesante» quieres decir que parece el edredón de mi abuela, entonces sí.

La Peregrina es una nave antigua. Casi todas las naves tuneladoras lo son.

Hay incentivos para los capitanes que actualizan naves antiguas en vez de comprar nuevas.

Ashby lo aprovechó a fondo. La nave original tiene unos treinta y cinco años estándar.

Fue construida para durar, pero sin tener en mente la comodidad de la tripulación.

Ashby añadió habitáculos más grandes, más espacio de almacenaje, duchas de agua y cosas así.

Todo de desguace, por supuesto. No hay dinero para equiparla con piezas nuevas.

A Rosemary le tranquilizó la mención de las condiciones de vida mejoradas. Se había estado mentalizando a encontrarse con camarotes diminutos y duchas sanipolvo.

—Supongo que Lovey también fue una incorporación posterior.

—Sí. Ashby la compró, pero es la mascota de Jenks.

—Corbin no dio más explicaciones sobre aquello, y continuó.

Señaló con la cabeza hacia la pared—: Hay voxes en cada habitación y en las intersecciones principales.

No importa donde estés, Lovey puede oír tus peticiones y transmitir mensajes por ti.

Emite a toda la nave, así que piensa bien lo que dices.

Las voxes son una herramienta, no un juguete.

También hay extintores por toda la nave.

Kizzy puede pasarte un mapa de las localizaciones.

Las taquillas de los exotrajes están en la escotilla de amarre, en la cubierta de la tripulación y en el muelle de carga.

Hay cápsulas de escape disponibles en todas las cubiertas.

También tenemos una lanzadera a la que se accede a través del muelle de carga.

Si ves que esos paneles de emergencia se encienden, ve a por un traje, una cápsula o la lanzadera, lo que esté más cerca.

—Por delante de ellos, el pasillo se bifurcaba.

Corbin señaló a la izquierda—. El área médica está por ahí.

No es nada moderna, pero basta para mantener a alguien con vida hasta llegar a puerto.

—Ya veo —dijo Rosemary. Trató de no darle demasiada importancia al hecho de que todo lo que Corbin le había mostrado estaba relacionado con emergencias o heridas.

Oyó voces joviales y sonoras que provenían de una intersección más adelante. El sonido metálico de algo que caía al suelo. Luego una breve discusión, seguida de risas. Corbin entrecerró los ojos como si tratara de evitar un dolor de cabeza.

—Creo que estás a punto de conocer a los técnicos —anunció.