Llegada
Rosemary se frotó el puente de la nariz al tiempo que aceptaba una taza de agua del dispensador de la pared.
La resaca de los sedantes le nublaba la cabeza, y hasta ahora, los estims que se suponía que debían contrarrestar los efectos no habían hecho nada más que provocarle taquicardia.
El cuerpo le pedía estirarse, pero no podía librarse del arnés de seguridad mientras la cápsula estaba en movimiento; además, la cápsula no disponía de más espacio que para levantarse y salir andando.
Recostó la cabeza con un gemido. Habían pasado casi tres días desde que despegó la cápsula.
Días solares, se recordó. No días estándar.
Tenía que acostumbrarse a hacer la distinción.
Días más largos, años más largos. Pero tenía asuntos más acuciantes en los que concentrarse que las diferencias calendarias.
Estaba grogui, hambrienta, acalambrada, y en sus veintitrés años (solares, no estándar) no recordaba haber tenido nunca antes una necesidad de mear tan imperiosa.
En la estación espacial, la brusca encargada aeluoniana le explicó que los sedantes suprimirían esa necesidad, pero nadie le había dicho nada sobre cómo se sentiría una vez se pasara el efecto.
Rosemary imaginó la extensa carta de reclamación que su madre podría escribir tras un viaje así.
Trato de imaginar las circunstancias que pudieran hacer que su madre viajase en procápsula.
Ni siquiera era capaz de imaginársela poniendo un pie en un transporte espacial público.
Rosemary se había sorprendido a sí misma al verse en un sitio así.
La sórdida sala de espera, los parpadeantes posters de píxeles, los olores rancios a porquería de algas y a fluido limpiador.
A pesar de los exoesqueletos y los tentáculos que revoloteaban a su alrededor, era ella la que se sentía alienígena allí.
Aquello fue lo que le hizo comprender lo lejos que estaba de Sol: el zoo de sapientes que hacían cola con ella para conseguir un billete.
Su planeta nativo era bastante cosmopolita, pero quitando algún diplomático ocasional o un representante corporativo, Marte no parecía ser parte de la ruta de viajeros no humanos; una roca terraformada habitada por una de las especies con menos influencia de la CG era difícilmente uno de sus destinos favoritos.
El profesor Selim le advirtió que había una diferencia inmensa entre estudiar los conceptos de las relaciones interespecies y salir ahí fuera y hablar con otros sapiens, pero no entendió realmente ese consejo hasta que no se encontró rodeada de toscos biotrajes y pies que no necesitaban zapatos.
Incluso se puso nerviosa al hablar con el harmagiano que estaba al otro lado del mostrador.
Sabía que su hanto era excelente (para una humana, en cualquier caso), pero este ya no era el entorno seguro y controlado del laboratorio de idiomas de la universidad.
Nadie corregiría con amabilidad sus errores o le perdonaría una transgresión social involuntaria.
Ahora estaba sola, y para mantener créditos en su cuenta y una cama bajo su espalda, debía cumplir el trabajo que había asegurado al capitán Santoso que podía llevar a cabo.
Ninguna presión, vaya.
No por primera vez, un puño helado apareció en lo más profundo de su estómago.
Nunca en su vida se había preocupado por los créditos o por tener un hogar al que volver.
Pero con sus últimos ahorros a punto de agotarse y los puentes quemados tras ella, no había margen para el error.
El precio de empezar de cero era no tener a nadie detrás si caía.
«Por favor», pensó. «Por favor, no la cagues».
—Iniciamos la aproximación, Rosemary —gorjeó el ordenador de la procápsula—. ¿Necesitas algo antes de que dé comienzo el proceso de atraque?
—Un lavabo y un bocadillo —contestó Rosemary.
—Lo siento, Rosemary, tengo dificultades para procesar eso. Por favor, ¿podrías repetir tu petición?
—No necesito nada.
—De acuerdo, Rosemary. Ahora abriré los paneles exteriores. Quizá quieras cerrar los ojos para ajustarte a cualquier fuente de luz externa.
Rosemary, obediente, cerró los ojos mientras los paneles zumbaban al abrirse, pero sus párpados siguieron en la oscuridad.
Abrió los ojos y descubrió que la única fuente de luz notable provenía de la cápsula.
Como esperaba, no había nada más allá de la cápsula excepto espacio y estrellas diminutas. Fuera, en el vacío.
Se preguntó cómo de grueso sería el casco.
La cápsula se balanceó, y Rosemary se protegió los ojos de un repentino estallido de luz que salía de una de las ventanas de la nave más horrenda que había visto nunca.
Era tosca y angular, a excepción de la abultada cúpula que sobresalía como una espina dorsal torcida.
No era una nave diseñada para pasajeros comerciales quisquillosos.
No había nada elegante ni inspirador en ella.
Era mayor que una nave de transporte y más pequeña que una nave de carga.
La falta de alas indicaba que había sido construida en el espacio, era una nave que nunca entraría en una atmósfera.
Su panza sostenía una máquina gigantesca y compleja, metálica y puntiaguda, con hileras de crestas como dientes inclinadas hacia una aguja estrecha y alargada.
Ella no sabía demasiado sobre naves, pero por los colores desparejos del casco exterior parecía que secciones enteras, quizá provenientes de otras naves, habían sido remachadas unas con otras.
Una nave de retales. Lo único que inspiraba confianza era que parecía recia.
Era una nave que podía encajar (y había encajado) unos cuantos impactos.
Aunque las naves en las que ella estaba acostumbrada a viajar eran más agradables a la vista, saber que había un casco robusto y sólido entre ella y el vacío del espacio era reconfortante.
— Peregrina , aquí la Procápsula 36-A, solicito permiso para atracar —dijo el ordenador.
—Procápsula 36-A, aquí la Peregrina —respondió una voz de mujer con acento exodano. Rosemary se fijó en la suavidad de las vocales, en la pronunciación que era un pelín demasiado pulida. Una IA—. Por favor, confirma la identidad de la pasajera.
—Recibido, Peregrina . Transmitiendo los detalles de la pasajera.
Hubo una pausa breve.
—Confirmado, Procápsula 36-A. Permiso para atracar concedido.
La procápsula avanzó a lo largo de la Peregrina como una especie de animal acuático que nada para mamar de su madre.
La escotilla en la parte trasera de la cápsula se deslizó en el hueco del puerto de amarre de la Peregrina.
Rosemary podía oír los sonidos mecánicos de los pestillos al conectar.
Hubo un siseo de aire cuando el cierre se expandió.
La escotilla se deslizó hacia arriba. Rosemary gimió al levantarse.
Sentía como si se le fueran a astillar los músculos.
Recogió su petate y su carterón del estante de equipaje y salió renqueando.
Había una ligera discrepancia gravitacional entre la cápsula y la Peregrina , suficiente para que se le revolviera el estómago al cruzar la unión entre ambas.
La sensación tan solo duró unos segundos, pero combinada con la cabeza embotada, el pulso agitado, y la vejiga dolorida, fue suficiente para que Rosemary cruzara la línea de «incómoda» a «algo miserable».
Esperaba que su nueva cama fuera mullida.
Entró en la pequeña cámara de descontaminación, vacía a excepción de un brillante panel amarillo fijado a la altura de la cadera. La IA habló a través de una vox en el muro.
—¡Hola! Estoy bastante segura de saber quién eres, pero ¿puedes pasar el parche de la muñeca por el panel, para asegurarme?
Rosemary se arremangó y expuso la muñequera, un brazalete de tela que protegía el pequeño parche dérmico incrustado en la piel del dorso de la muñeca derecha.
Había mucha información almacenada en aquella pieza de tecnología del tamaño de un pulgar: su identificación, los detalles de su cuenta bancaria y una interfaz médica que se usaba para comunicarse con el casi medio millón de inmubots que patrullaban su flujo sanguíneo.
Como todos los ciudadanos de la CG, Rosemary obtuvo su primer parche durante la infancia (para los humanos, la edad estándar eran los cinco años), pero su parche actual tenía solo diez días.
La marca de piel que lo rodeaba todavía brillaba y estaba tierna.
El nuevo parche le había costado casi la mitad de sus ahorros, lo cual parecía desorbitado, pero no estaba en posición de discutir.
Mantuvo la muñeca alzada sobre el panel amarillo.
Surgió un suave pulso de luz. Una punzada de adrenalina corrió pareja a los estims. ¿Y si algo había salido mal con el parche y habían sacado sus antiguos documentos?
¿Y si habían visto su nombre y habían sumado dos y dos?
¿Le importaría a esta gente? ¿Importaría que no hubiera hecho nada malo?
¿Le darían la espalda como hicieron sus amigos?
¿La volverían a meter en la cápsula y la enviarían arrastrándose a Marte, de vuelta al nombre que no quería y al lío que no había… ?
El pad parpadeó con un verde amistoso. Rosemary exhaló y se rio de sí misma por haberse puesto nerviosa.
El nuevo parche había funcionado a la perfección desde que lo instalaron.
No había tenido ningún problema al confirmar su identidad o al realizar pagos en ninguna parada durante el camino.
Era poco probable que el escáner de esta tosca nave hubiera recogido alguna discrepancia que se les hubiera escapado a los lujosos escáneres de los puertos espaciales.
Sin embargo, este era el último obstáculo que tenía que superar.
Ahora, de todo lo que se tenía que preocupar era de si sería o no buena en su trabajo.