El ladrón de varitas (Anna Kadabra 18) 11. Torbellina
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11. Torbellina

Siempre me había preguntado dónde escondía Jeremías a su gigantesca dragona. No es fácil alojar en casa a un reptil de tres metros. Y menos aún sacarlo a hacer pis.

Ahora por fin lo tenía claro. Gladys andaba suelta por la dimensión oscura, actuando como guardiana. Y menuda guardiana.

Le bastaron un par de rugidos para avisar a nuestros enemigos. Estos acudieron enseguida a la llamada, bloqueando así el otro extremo del puente.

—¡Rayos y tentáculos! —exclamó Jeremías al vernos agazapados—. ¡Tú!

Por el modo en que la miraba, supe inmediatamente que se refería a mi abuela. Los demás, como si no existiéramos.

—Cuánto tiempo sin verte, Jeremías —respondió ella sin alterarse.

Morfula, en cambio, no fue capaz de ocultar sus celos.

—Llegas tarde al espectáculo, monada —le escupió—. Fuiste muy amable al descubrirnos la tercera varita. Pero me temo que mi pastelito de cianuro ya ha terminado su ritual.

—Tranquila, querida —repuso Jeremías—. Al menos han llegado a tiempo de probar sus efectos.

—¿Los efectos de qué? —masculló la abuela.

—De mi nueva magia —respondió el brujo—. La mezcla perfecta entre la fuerza oscura y los poderes de colores. Yo la llamo… ¡magia sombraíris! Y estoy deseando saber las cosas horribles que puedo hacer con ella.

Pues yo estaba deseando salir zumbando. Por desgracia, Gladys nos cortaba el paso.

—Empieza por ellas —añadió Morfula con malicia—. Las herederas.

Su uña afilada nos señalaba a mi abuela y a mí.

—Excelente elección, oruguita —replicó Jeremías—. Pero… ¿cómo las aniquilaré? ¡Ahora tengo un mundo de posibilidades a mi disposición!

La cosa se estaba poniendo más fea que una verruga encima de un callo.

—Tranquila —me susurró la abuela—. También a nosotras nos queda una posibilidad.

Entonces, a la velocidad del rayo, se arrancó del pelo su famosa horquilla… y la lanz ó al aire.

¡PUF!, hizo la joya al estallar en una nube de chispas violetas.

Solo al disiparse pude ver lo que se ocultaba debajo.

¡Era una gigantesca libélula, vivita y coleando! Igualita a la de la horquilla, pero a tamaño familiar.

O sea, que aquella era la misteriosa mascota de la abuela.

Resultaba un poco espeluznante, pero tenía un nombre de lo más gracioso.

—¡Torbellina! —la llamó la yaya, ante el asombro de nuestros enemigos.

Al instante, el insecto descendió y mi abuela me empujó al lomo con ella.

Esta vez, fueron Morfula y Jeremías los que tardaron en reaccionar. Para cuando nos apuntaron con sus varitas, nosotras ya estábamos sobrevolando el parque.

—¡Las atraparemos! —decidió Jeremías—. ¡Cabalgaremos a Gladys!

Les costó lo suyo, porque la dragona estaba ocupada olfateando a Dardo. Aunque Gladys no lo sepa, la mascota de Oliver es una de sus crías.

—¡Deja a esa lagartija y dobla el lomo! —ordenó Morfula, saltándole encima.

Entonces también ellos despegaron, bien abrazaditos entre las alas del reptil. Jeremías iba al frente, disparándonos conjuros con su nueva y siniestra magia sombraíris.

Al principio solo los oíamos silbar a nuestra espalda. Luego, sin embargo, también empezamos a verlos. Estallaban a ambos lados de Torbellina como bombas fétidas.

—¡Corre, abu, que nos pillan! —le rogué.

—¡Hago lo que puedo, hija! —resopló ella—. ¿Te crees que voy así cada día a comprar el pan?

Desde allí arriba no podía distinguir a mis amigos, pero sí sus gritos enloquecidos.

—¡Más rápido! —chillaba Marcus.

—¡Más alto! —opinaba Sarah.

—¡De cabeza! —voceaba Ángela—. ¡Hacia atrás! ¡Sin manos!

—¡Bueno, queridos, pero con cuidado! —aullaba Madame Prune.

Fue Oliver, sin embargo, el que tuvo la mejor idea.

—¡Las torres! —aulló con todas sus fuerzas—. ¡Cruzad las torres de la iglesia!

Parecía buen plan. Torbellina era lo bastante delgada y grácil para volar entre ambos campanarios.

En cambio, la ancha y pesada Gladys no podría cruzar sin quedarse atascada.

—¡Agárrate, Anna! —exclamó la abuela, poniendo rumbo al monumento.