10. Arcoíris negro
Para tratarse de un mundo frío y tenebroso, la dimensión oscura me decepcionó un poco. Aquello seguía pareciéndose sospechosamente al cursi salón de Madame Prune.
Aunque con la diferencia de que allí todo estaba en blanco y negro.
Hasta las flores y los tapetes eran de un deprimente color gris.
—Ya os dije que se trata de una dimensión paralela —dijo la abuela—. Una en la que no hay colores.
Salvo los nuestros, claro. Parecíamos dibujos animados en mitad de una película antigua.
Antigua y muda, pues tampoco se oía nada. Ni el canto de un grillo, ni las campanas de la iglesia. Ni siquiera a los vecinos discutiendo a gritos por las ventanas.
En medio de aquel silencio, nuestras voces sonaban extrañamente chillonas.
—Y ahora, ¿a dónde vamos? —murmuré.
—Exploremos el pueblo —propuso Madame Prune—. Los enemigos no pueden andar lejos.
Así pues, salimos juntos al exterior. Hacía un frío que erizaba la piel.
Jamás había visto Moonville tan callado ni tan triste. La calle por la que caminábamos era gris. El río era gris. Árboles grises lo bordeaban sin que ni una de sus grises hojas se moviera.
—Tampoco hay viento —murmuró Sarah, abrazando a su murciélaga.
—Mejor —declaró la abuela—. Así será más fácil detectar cualquier rastro sospechoso.
Pues ya podíamos espabilar, porque el cielo estaba dejando de ser gris para volverse negro. Tan negro como los corazones de Morfula y Jeremías.
Nuestras caras, en cambio, estaban más blancas que la luna llena.
Y aún palidecimos más cuando un agudo chirrido nos sobresaltó. Parecía el de un columpio lejano.
—¿Cómo…? —titubeó Marcus—. ¿Cómo ha podido moverse si no hay viento?
—¡Rápido! —saltó Ángela, señalando un puente—. ¡Al campo infantil!
Mi amiga se refería al parquecillo del otro lado del río. A Otto le encanta porque está lleno de balancines y toboganes.
Aquella noche, sin embargo, había algo más.
Lo supimos al cruzar de puntillas el puente y agazaparnos tras su barandilla de piedra.
¡Eran Jeremías y Morfula, naturalmente!
El anciano se encontraba de pie sobre el más alto tobogán. A su alrededor, formando un triángulo perfecto, estaban clavadas las varitas robadas.
Me fijé en que la de la abuela era casi idéntica a la mía. También ella había usado como amuleto la otra libélula de su pareja de horquillas.
Y, hablando de bichos y de parejas, Morfula se balanceaba sobre un columpio con su tarántula.
—¡Todo listo, sabandijita mía! —palmoteó la hechicera—. ¡Ahora recita el conjuro!
Me pareció una escena tan ridícula como preocupante. Eran como dos niños creciditos y traviesos… a punto de comenzar un horrible ritual.
—¡Allá voy! —contestó el brujo.
Sin mi varita no podía atacarlos a distancia. Y el resto de mis amigos tardó demasiado en reaccionar.
Antes de que pudiéramos hacer nada, Jeremías alzó su propia varita hacia la luna llena y recitó:
Por un instante, la luna parpadeó como una bombilla fundida.
Luego, al encenderse de nuevo, tres rayos brotaron de las varitas robadas. Tres rayos que ascendieron como una pirámide hasta juntarse en lo alto del tobogán.
Justo sobre la punta de la varita de Jeremías.
Al principio pensé que el anciano se pegaría un batacazo del impacto. Después de todo, estaba absorbiendo una inmensa avalancha de poder multicolor.
Por desgracia, lo único que pegó fue un triunfante alarido.
—¡La tengo! —voceó, sacudiendo la varita en círculos—. ¡¡ES MÍAAAA!!
Luego, para demostrarlo, conjuró un enorme arcoíris sobre el parque.
Un arcoíris… sin colores. Abarcaba varios tonos de gris, a cada cual más triste, hasta llegar a un negro triste y siniestro. El de una tostada requemada.
Y es que aquel sinvergüenza no solo había logrado robar la magia de colores.
¡Había conseguido mezclarla con la suya!
Decididamente, las cosas no podían estar peor.
Al menos eso pensé hasta que oí un temible gruñido a mi espalda.
Gladys, la mascota de Jeremías, avanzaba hacia nosotros desde el otro lado del puente.