El ladrón de varitas (Anna Kadabra 18) 9. Una puerta hecha de sombra
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9. Una puerta hecha de sombra

—¿La dimensión oscura? —musitó Madame Prune con un hilo de voz—. Entonces, ¿existe de verdad?

A mí me interesaba saber qué verrugas era.

—Se trata de un lugar que solo los brujos negros conocen —repuso la abuela—. A mí me la enseñó el propio Jeremías. Solía llevarme allí en nuestras primeras citas románticas…

—Prefiero no saber detalles —la interrumpí—. ¿Y dónde está?

—En todas partes —contestó la yaya—. Es como el reverso sombrío de nuestra realidad. Un mundo paralelo a este donde todo es silencio, frío y oscuridad.

Sí, vamos, lo que se dice una discoteca.

—Sea como sea, debemos visitarla —propuso enseguida Marcus.

—¿No has oído que se necesita magia negra para entrar? —suspiró Sarah.

—¿Y para qué lo tenemos a él? —replicó Marcus.

Mi amigo señalaba a Oliver, que nos miraba de reojo encogido desde un rincón. Seguro que, de haber podido, se habría hecho un ovillo igual que mi gato.

—¿Es que tú tienes magia negra? —dijo la abuela, mirándolo fijamente.

—Y no solo eso —intervine—. Se trata del bisnieto del mismísimo Jeremías Dark.

—¡¿CÓMO?! —exclamó la yaya, con los ojos fuera de las órbitas.

Por un momento, pensé que iba a mandarlo a la cocina sin cenar. O a convertirlo en un frigorífico. Luego, sin embargo, su mirada se fue dulcificando.

—Bueno, tú no tienes la culpa de eso —dijo al fin—. ¿Estarías dispuesto a ayudarnos a entrar en la dimensión oscura?

—¡Pero si ni siquiera había oído hablar de ella hasta ahora! —se defendió Oliver.

—Creo que aún recuerdo el conjuro que usaba Jeremías para llegar allí —meditó ella—. Pero solo se accede a través de las sombras. Necesitaremos oscuridad total.

Eso no sería difícil, porque estaba empezando a atardecer. El sol arañaba los tejados de Moonville con sus últimos rayos. Dentro de poco, sería la luna llena la que reinaría sobre el pueblo.

—¡Luces fuera! —gritó Ángela, apagando los interruptores.

Sarah propuso usar un conjuro Oscuridad total . Pero, para cuando sacó la varita, yo ya estaba bajando las persianas. A veces la sensatez resulta más eficaz que la magia.

O quizá no, porque por algunas rendijas seguía entrando la luz del crepúsculo. Mis amigos se apresuraron a taparlas usando cojines y servilletas.

Entonces, por fin, el salón se volvió oscuro como la boca de un comerrocas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Oliver, intentando ocultar el temblor de su voz.

—Ahora debes trazar la forma de una puerta con tu varita —respondió la abuela.

—¡Pero sin sacarme un ojo! —protesté al sentir un pinchazo en la mejilla.

—¿Y qué quieres que haga si no se ve ni torta? —gruñó él a su vez.

—Tranquilo —medió la yaya—. Sigue dibujando en el aire mientras pronuncias estas palabras.

Una luz brilló en la negrura cuando Oliver repitió el conjuro. Era el amuleto encendido de su varita, girando en las tinieblas. Pero nada más.

—No funciona —gimió él, gesticulando cada vez más rápido.

—Concéntrate —pidió la abuela—. A veces lleva tiempo.

En efecto, fue al cabo de unos segundos cuando oímos algo. Parecía el ruido que hace una tela al rasgarse de lado a lado.

Sin embargo, lo que se estaba rasgando era la propia oscuridad. Sobre ella se abrían finas ranuras luminosas.

¡Estas iban formando las rendijas de una puerta!

—Bien —murmuró la abuela—. Ahora encaja tu varita en ella como si fuera un picaporte.

Esta vez, el ruido que sonó fue igual al que hace un espadachín al atacar: ¡CLING!

En aquella tenue penumbra vi a Oliver tirar del mango de su varita.

La puerta hecha de sombra se abrió lentamente con un chirrido. Del otro lado llegaba un débil resplandor grisáceo.

—Bienvenidos a la dimensión oscura —proclamó la abuela, invitándonos a entrar.