8. Ladrona de ocho patas
Varias horas después, aún seguíamos celebrándolo en casa de Madame Prune.
Habíamos salido tan hambrientos de El Fogón Dorado que la profe nos había invitado a merendar. Sándwiches, pasteles, tostadas… ¡aquello sí que era comida de verdad!
Entre tazas medio vacías y migas de pan reposaba la varita de Crispín.
—Resulta alucinante que ese cacho de madera sea tan valioso —comentó Ángela.
—Al menos tiene mejor aspecto que la lubina —sonrió Marcus—. ¿Os acordáis de la cara que puso la chef al verla?
—Pobre —suspiró Sarah—. No creo que vuelvan a servir jamás ese plato.
—Mejor para los clientes —apostilló Oliver—. En ese sitio no sirven más que porquerías.
Sí, pero al menos allí no había que recoger la vajilla usada.
Entre todos llevamos los restos de la merienda a la cocina. Madame Prune estaba conjurando un hechizo Fuente Detergente en el fregadero. Entonces la abuela se acercó a mí.
—¿Verdad que hacemos buen equipo? —me dijo, tomándome del brazo—. Juntas hemos recuperado la varita de nuestro antepasado.
—Sí —suspiré—. Lástima que las nuestras sigan desaparecidas.
—Fabricaremos otras a juego —me tranquilizó ella—. Hasta entonces, lo importante es que nadie pueda apoderarse de la magia arcoíris. Y para eso debemos vigilar muy bien la…
Sí. La varita de Crispín. El problema es que, al volver al salón… la cuchara ya no estaba.
—¡Ha desaparecido! —exclamó la yaya, señalando el mantel.
Desaparecido no, solo había cambiado de sitio.
Ahora se encontraba en el suelo, a unos metros de la mesa… y alejándose a toda velocidad.
Claro, como que la llevaba alguien consigo. Un horroroso bicho peludo que reptaba con la cuchara entre los dientes.
Horroroso y peludo, pero no desconocido. ¡Pero si era la tarántula de nuestra odiada Morfula!
Ya sabrás que Morfula está casada con Jeremías Dark, el bisabuelo de Oliver. Un temible brujo que siempre incluye a su esposa en sus perversos planes.
—¡Se la lleva! —chillé, viendo a la tarántula colarse en la chimenea—. ¡Hay que detenerla!
Sin varita, no se me ocurrió sino lanzarle una de las tazas que quedaban en la mesa.
Y, por supuesto, lo único que conseguí fue una taza rota. El bicho desapareció chimenea arriba antes de que los demás regresasen al salón. Ya podíamos olvidarnos de atraparla.
—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó Marcus al verme en tal estado de nervios.
Tuve que explicárselo tres veces para que lo entendieran. Y cuatro cuando volvió la profe.
—¡¿La mascota de Morfula?! —preguntó Madame Prune.
Pues claro. Eso era lo que representaba el extraño garabato de Otto. La enorme araña que había visto entrar por la ventana de mi cuarto.
La misma que se había llevado la varita del piso de mi abuela.
Dicho de otro modo, detrás de todos los robos estaba Morfula. Y detrás de Morfula, Jeremías.
Entonces fue a la yaya a la que le tocó gritar.
—¡¿Jeremías Dark?! —exclamó.
Ahora resultaba que mi abuela no solo era amiguita de Madame Prune. También conocía perfectamente a nuestro mayor adversario.
—¿Qué sois, una especie de pandilla de jubilados? —pregunté, entre sorprendida y harta.
Ella se dejó caer sobre una butaca antes de contestar.
—Conocí a Jeremías antes de que tú nacieras —me explicó—. Entonces era un brujo joven y apuesto. Algo mayor que yo, pero encantador.
Agh. Lo único que me faltaba es que hubieran sido novios.
—Bueno, me invitó a salir un par de veces —confesó, muy colorada—. Pero enseguida comprendí que solo le interesaba por mi magia arcoíris. Fue entonces cuando le di calabazas.
—Y cuando él empezó a odiar la magia de colores —aventuró Madame Prune.
Sí, pues ahora en venganza pensaba robarla. ¡Ya tenía todo lo que necesitaba!
—Nosotros mismos se lo pusimos en bandeja —gimió Sarah—. Después de robar las dos primeras varitas, le revelamos el paradero de la tercera.
—Y justo a tiempo para su ritual de la luna llena —añadió Marcus.
—¡Entonces hay que recuperarlas antes de que anochezca! —decidí.
La abuela sacudió la cabeza con desaliento.
—Imposible —repuso—. Conociendo a Jeremías, seguro que se las ha llevado a la dimensión oscura.