El ladrón de varitas (Anna Kadabra 18) 7. Un insulto al paladar
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7. Un insulto al paladar

No veas cómo nos miraron los camareros cuando llegamos a El Fogón Dorado.

Tal vez era por el sombrero de lentejuelas que llevaba Ángela. O tal vez porque en los sitios finos siempre te miran así. Como si tú mismo fueses el aperitivo.

—Mesa para siete —exigió Madame Prune, con la antipática voz que usa en el cole.

—Naturalmente —masculló una camarera, igual de altiva—. Por aquí, por favor.

La mesa a la que nos sentaron era grande y redonda como la de la invocación. La diferencia es que esta tenía mantel y un elegante centro de flores.

Nerviosa, ojeé la carta abierta sobre mi plato. Aquello era como leer un conjuro escrito en latín. Vamos, que no se entendía una palabra.

—Lágrimas de bacalao sobre lecho de puerros —leyó Sarah—. Hmm… tiene buena pinta.

—Sombra de legumbre con ecos de patata —gruñó Oliver—. ¿Esto es un plato o una amenaza?

—Y pizza, ¿no tienen? —murmuró Marcus.

—Concentraos, queridos —les recordó la profesora—. Nuestro plan no consiste en comer.

Tenía razón. Más bien consistía en liarla, como siempre.

Al final pedimos seis ensaladas de la casa y una lubina con espuma de cangrejo para la abuela. Era, sin duda, el plato más caro de toda la carta.

El más caro y el más pequeño. Lo que trajeron, más que una lubina, parecía un boquerón.

—Tampoco iba a comérmela —dijo la yaya, mirándola con aprensión—. Sarah, ocúpate de ella.

Mi amiga no solo es la mejor alumna del club. Es que su magia amarilla es perfecta para cambiar el aspecto de cualquier cosa. Incluso para arruinarlo por completo.

Sarah ocultó su varita bajo la servilleta extendida. Luego, apuntando disimuladamente a la lubina, murmuró:

El efecto fue inmediato.

Al momento, el pescado perdió el brillo. La salsa se resecó, adquiriendo un color verdoso. Un olor extraño, entre calcetín mojado y marisco enfermo, se extendió por la mesa.

Entonces, como una gran actriz, la abuela tomó aire para dar comienzo a su actuación.

—¡Qué vergüenza! —gritó, tan alto que el resto de los comensales se volvieron a mirarla.

La camarera regresó con cara de pocos amigos.

—¿Algún problemilla, señora? ¿Le falta pan?

—¡¿Pan?! —aulló la yaya, señalando su plato—. ¡Lo que falta es vergüenza! ¡Esto es un insulto culinario! ¡¡Un atentado al paladar!!

La camarera, en cambio, se quedó más muda y tiesa que la lubina.

—Yo… —intentó decir, tapándose la nariz—. No sé cómo…

—¡¡Este pescado está en mal estado!! —continuó la yaya—. ¡Exijo hablar ahora mismo con el responsable de la cocina! ¡Y con todo el servicio!

No hacía falta que lo pidiera. Atraídos por el jaleo, los cocineros salían en tropel al comedor.

Fue entonces cuando Marcus me dio un codazo bajo el mantel.

—Venga, brujipasmada —me susurró—. Que es tu turno.

Ah, sí. Con tanto jaleo, había olvidado que la segunda parte del plan me tocaba a mí. Al fin y al cabo, también yo era heredera de la dichosa semilla multicolor.

Además, nadie sospecha nunca de una niña inocente que se levanta a hacer pis.

Solo que no fui al baño, sino que me escurrí discretamente hasta la cocina desierta.

Incluso vacío, el lugar era impresionante. Grandes ollas burbujeaban por todas partes, envueltas en un delicioso aroma a guiso. A guiso de muchos siglos.

Y es que, aunque modernizada, la cocina conservaba sus antiguos muros de piedra. Los mismos de la taberna en la que había trabajado Crispín.

Antes de volver al más allá, el espíritu había mencionado un agujero en la pared. No tardé en descubrirlo entre dos piedras desgastadas.

Suerte que tengo la mano pequeña. Solo así logré meter la mano en la estrecha rendija.

Al instante, mis dedos toparon con algo frío y alargado.

¡Era el famoso cucharón!

Famoso y cochino. Además de unas runas grabadas en el mango, tenía algo adherido a su punta.

Agh, parecía un trozo de ajo seco. Bueno, más bien fosilizado.

En fin, cada uno usa el amuleto que le da la gana. Lo importante es que nuestro plan había funcionado. O eso pensaba yo.