6. La tercera varita
Para llevar tantos años muerto, Crispín resultó ser un fantasma de lo más jovial y entusiasta.
De hecho, demasiado entusiasta. No veas cómo se puso al saber dónde estaba. Le brillaban los ojos como en su retrato.
—¡¿El Club de la Luna Llena?! —exclamó con orgullo—. ¡¿La sociedad que yo mismo fundé?!
Entonces, despegando como pudo, revoloteó por la sala para curiosearlo todo. Los cortinajes de terciopelo, las elegantes alfombras y hasta el papel pintado de las paredes. Con sus dedos espectrales acarició las manecillas del gran reloj de péndulo.
—¡Ajos estofados, cuánto lujo! —sonrió—. ¡Cómo se ha modernizado mi club!
Normal. En su época, los aprendices se reunían en una cueva de las montañas.
—Así es —asintió Madame Prune—. Por desgracia, no todo son buenas noticias.
Entonces mi abuela tomó la palabra para presentarse. Ante todo, le contó al espíritu que ella era su descendiente directa. Y la heredera de la magia arcoíris original.
—Junto a mi querida nieta Anna, claro —terminó la yaya.
—¡Ajos adobados, entonces es mi tatatatataranieta! —sonrió Crispín—. ¡Te pareces mucho a mí!
Luego se lanzó a estrechar efusivamente la mano… de Ángela Sésamo.
Bueno, era normal que le fallase un poco la vista después de tropecientos años.
Aclarado el malentendido, Crispín preguntó en qué podía ayudarnos. Su sonrisa se esfumó al saber que nuestras varitas habían desaparecido.
—Ajos requemados —gruñó, turbado—. Eso es muy grave.
Por un momento, todo lo que se oyó en la sala fue el suave crepitar del fuego.
Bueno, y los ronquidos de mi gato bajo la mesa.
—Si son mis únicas herederas, sus varitas contienen la semilla de la magia multicolor —siguió después Crispín—. Usando el ritual apropiado, un brujo habilidoso podría hacerse con ella.
Sí, y seguro que para nada bueno.
—Por suerte, no es tan fácil —continuó—. Para empezar, una ceremonia así solo podría celebrarse una noche de luna llena.
—Mañana hay luna llena —informó Sarah con cara sombría.
Si mamá parece tener un reloj en la cabeza, mi amiga tiene un calendario.
—¡Ajos agrios, esto se pone cada vez peor! —gruñó Crispín—. Pero, tranquilos, porque al criminal aún le haría falta algo más. La tercera varita.
—¡¿La tercera varita?! —preguntamos todos. Tal vez había por ahí un pariente perdido al que no conocíamos.
—Me refiero a mi cuchara, por supuesto —aclaró Crispín.
—¿Qué? —preguntó la abuela—. ¿Es que sigue entre nosotros?
Cuando un brujo abandona nuestro mundo, es costumbre quemar su varita mágica. Y no solo como homenaje. También es un modo de asegurarse de que no cae en malas manos.
—Mi cuchara está intacta y en un lugar seguro —reveló Crispín—. Preferí esconderla antes de morir. Ya saben, por si alguien robaba las varitas de mis futuros descendientes.
Claro, así al ladrón siempre le faltaría una pieza para hacerse con la semilla multicolor.
—¿Y dónde cuernos la metió? —preguntó Oliver, cansado de tanta cháchara y tanta cuchara. Vamos, de tanta cucháchara.
—Hmmm… buena pregunta —contestó Crispín.
Luego se rascó la barba durante unos segundos interminables. Mira que si tenía la memoria igual que la vista…
—¡Ah, ya! —exclamó al fin el fantasma—. La escondí en el lugar donde empezó todo. Bajo el suelo de El Sapo Sarnoso. ¡La taberna donde trabajaba!
—Pero… —murmuré—. Pero ese lugar habrá desaparecido hace siglos.
—En realidad, no —negó Madame Prune—. Solo se ha transformado un poco. Ahora, en vez de El Sapo Sarnoso, todos lo conocéis como El Fogón Dorado.
¡Ajos fritos! O sea… ¡verrugas fritas! Así se llamaba el restaurante más elegante de Moonville.
Mejor dicho, el único restaurante elegante de Moonville.
—Queridos, ¿qué os parece si comemos allí todos juntos mañana? —preguntó Madame Prune—. Es decir, suponiendo que tenga bastante dinero para pagar la cuenta...
—Yo invito —añadió mi abuela, para alivio de la profe.
—Gracias, yo prefiero volver al Más Allá —murmuró Crispín—. Pero permítanme un consejo. No se les ocurra pedir la sopa de ajo.