5. Visita del más allá
Mira que mis amigos y yo hemos recorrido la mansión de arriba abajo. Nos chifla explorar todos sus rincones en cada recreo.
Y, sin embargo, jamás habíamos oído hablar de ninguna sala de invocaciones.
Claro, porque resultó estar oculta tras una chimenea del segundo piso. Una chimenea… encendida.
—Oh, es fuego falso —nos tranquilizó Madame Prune—. Para impedir el paso a los entrometidos.
Supuse que se refería a nosotros, por supuesto.
La profe atravesó las llamas como si fueran de papel celofán. Eso sí, tuvo que ponerse casi a gatas. La seguimos por la estrecha abertura. Mi pobre abuela salió hecha una alcayata.
Allí, rodeada de espesos cortinajes y velas apagadas, estaba la sala de invocaciones.
Bueno, y también Carapuerro. Ya sabes, el mayordomo fantasma que cuida la mansión. Andaba sacando brillo a la enorme mesa redonda que presidía la estancia.
—Buenas noches, señora —dijo, inclinándose ante la profe—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Prepare la habitación, querido —respondió ella—. Nos disponemos a invocar a un espíritu.
Ni siquiera mi espanto pudo compararse al del mayordomo.
—¡¿Qué?! —exclamó, con la sábana de punta—. Quiere decir… ¿a OTRO espíritu?
—Eso he dicho —sonrió Madame Prune—. Encienda las velas, por favor.
Al fantasma le hubiera bastado con el fuego que despedían sus ojos. Parecía furioso y no dejaba de gruñir entre dientes.
—¡Otro espíritu! —murmuró, prendiendo una cerilla en su bigote—. ¡Como si no bastase conmigo! Se pasa uno la vida trabajando para que lo cambien por un vago del Más Allá…
De no haber estado tan nerviosa, me hubieran hecho gracia sus celos fantasmales.
—Pero ¿a quién vamos a invocar? —pregunté a mi yaya.
—A nuestro respetable antepasado —respondió ella—. A Crispín Caldero de Ajostiernos.
Toma ya. Algo así como mi tatatatatarabuelo.
—Solo él conoce el verdadero peligro de vuestras varitas —añadió Madame Prune—. Y también sabrá cómo podría usarlas el ladrón. ¡Queridos, tomad asiento!
Sin atrevernos a rechistar, todos nos colocamos alrededor de la mesa.
Bueno, todos no. Nuestras mascotas se metieron debajo a echar tranquilamente la siesta.
—¡Qué emocionante! —comentó Ángela—. ¿Podemos invocar después al conde Drácula?
—Silencio —siguió la profe—. Ahora cogeos de las manos y concentraos.
Carapuerro nos miraba desde una esquina sin dejar de refunfuñar.
—Bah, concentrarse… —masculló despectivamente—. ¡Y a mí me invocan a gritos!
—Shhh —ordenó la abuela. Luego pronunció un curioso y enrevesado conjuro.
¿Qué pasaría a continuación? ¿Apagaría las velas un viento helado? ¿Sentiríamos el eco de unos golpes de ultratumba? ¿Un intenso olor a ajo? Me temblaban las manos solo de pensarlo.
Sentado a mi lado, Marcus apretó la suya para darme ánimos.
—Tranquila —susurró—. Si es tu antepasado, seguro que no querrá darte ningún sust…
¡BUUUM!
El espíritu acababa de materializarse frente a nuestros ojos. O, más bien, de estamparse sobre la mesa. El pobre había caído como un saco de patatas desde el techo.
Y, hablando de patatas, ahora parecía una tortilla azulada.
—Augh —gimió el pobre, retorciéndose—. Mis pobres y espectrales costillas…
Creo que no lo dijo solo por el golpe. Es que estaba más cascado que la escoba de la bruja Piruja.
Yo solo conocía a Crispín por un retrato que había copiado en mi diario. El cuadro mostraba a un crío sonriente sosteniendo su mágico cucharón.
Ahora, en cambio, era un anciano con una barba azul más larga que mi melena.
Bueno, al menos eso quería decir que había vivido muchísimos años. O incluso siglos.
—Pero ¿qué…? —murmuró, tras recomponerse un poco—. ¿Qué hago aquí?
—Le hemos invocado nosotros —respondió amablemente Madame Prune—. Encantados de recibir en el Club de la Luna Llena a nuestro más ilustre fantasma.
Ofendido, Carapuerro salió por la chimenea. Por eso ni siquiera pudo dar un portazo.