4. La semilla multicolor
Como ya sabrás, en mi club de magia pasan cosas extraordinarias cada noche.
Pero pocas tan extraordinarias como verme aparecer de la nada en mitad de clase. Y seguida por una anciana misteriosa de melena azul.
—¡Anna! —exclamaron mis amigos, levantando la vista de sus diarios. Luego volvieron los ojos hacia mi abuela con asombro.
Y no solo porque llevase a Cosmo por sombrero. Es que no tenían ni idea de quién era. Ya estaba a punto de presentársela cuando Madame Prune se me adelantó.
—¡Ágata, querida! —exclamó, interrumpiendo su lección de matemágicas.
Yo ya sabía que ese era el verdadero nombre de la abuela. Lo que no podía imaginar es que mi profe fuera tan buena adivina.
—¡Roberta! —repuso mi abuela. A continuación, ambas se abrazaron cariñosamente.
Fue entonces cuando empecé a sospechar que ya se conocían de antes.
—Pero… —murmuré—. Pero ¿desde cuándo vosotras dos…?
—Ya te dije que siempre he estado pendiente de ti —sonrió la yaya—. Roberta es la que me mantiene informada de tus progresos desde que os mudasteis a Moonville. Y de todas tus travesuras.
Me puse roja hasta las orejas. Y Madame Prune, hasta los pendientes.
—Hablamos mucho por espejo-llamada —confesó, avergonzada—. Siento habértelo ocultado, Anna. Pero tu abuela no quería que te enterases de lo mucho que se preocupa por ti.
Los que tampoco se enteraban de nada eran mis amigos, claro.
—¿Alguien nos puede explicar de qué va esto? —masculló Oliver.
—¡Ya sé! —saltó enseguida Ángela—. ¡Anna la ha vuelto a liar invocando a su yo del futuro!
—No digas locuras —se metió Sarah—. ¿No has oído que esta mujer se llama Ágata?
—Pues es clavadita a Anna —opinó Marcus entre dientes—. Pero después de un conjuro Arrugas de Tortuga .
—Es mi abuela, ¡¿vale?! —gruñí, harta de tanta suposición—. Resulta que tiene magia arcoíris como yo… y también un problema gordísimo. Bueno, las dos lo tenemos.
Entonces, por turnos, les hablamos de la desaparición de nuestras varitas.
—¡¿Las varitas con magia arcoíris original?! —se horrorizó Madame Prune.
Por lo visto, mi profe estaba enterada de todo. Y ya iba siendo hora de que ella y la yaya nos lo explicasen un poco mejor.
—¿Qué es eso de la «magia arcoíris original»? —preguntó Marcus.
—Veréis —suspiró Madame Prune—. Resulta que Anna y su abuela descienden del primer brujo con magia multicolor. El más antiguo de Moonville… y el fundador de nuestro club.
—¡¿Crispín Caldero de Ajostiernos?! —exclamó enseguida Sarah.
Por una vez, ella no era la única que se sabía la lección. Hasta yo tenía una página dedicada al tal Crispín en mi diario. Lo que ignoraba es que fuera mi antepasado.
¡Bueno, y el inventor de la magia arcoíris!
—En realidad no la inventó él —aclaró la abuela—. Más bien la descubrió por casualidad.
—Ya sabéis que era un humilde cocinero —añadió Madame Prune—. Una noche, en la taberna donde trabajaba, alguien se quejó porque su sopa llevaba demasiado ajo. Al ser humillado cruelmente por su jefa, Crispín desató un chaparrón mágico de ajos sobre el local.
—Usando como varita su cucharón de madera —puntualizó la listilla de Sarah—. Fue el objeto con el que logró canalizar sus increíbles poderes.
Tenía sentido. Aquel chisme había removido tantos guisos que acabó mezclando también los tipos de magia. Quién sabe si también los ajos eran de colorines.
—A partir de ahora te llamaré Aja Kadabra —sonrió Oliver.
Bah, lo que pasa es que estaba celoso de que mi magia fuera tan importante.
—Vamos al grano —pidió Ángela—. ¿Qué pasaría si alguien juntase esas dos varitas? ¿Haría explotar el universo como un volcán de tutifruti?
Ella sí que tiene la cabeza como un volcán en erupción.
—No —gimió la abuela—. Pero podría transferir la magia arcoíris a su propia varita.
—Cálmate, Ágata —rogó Madame Prune—. Eso es algo que no sabemos con seguridad.
—¡Crispín lo dejó muy claro en su diario mágico! —rebatió la abuela—. Estudió el tema a fondo y descubrió el peligro que entrañaba su herencia mágica.
—Pero no dejó escrito cómo podría robarse la semilla multicolor —observó la otra.
—Entonces solo queda una solución para averiguarlo —repuso gravemente la abuela.
—De acuerdo —suspiró la profe después de unos instantes—. Vayamos a la sala de invocaciones.