3. Único testigo
Tampoco la encontré bajo la cama, ni encima del armario, ni oculta en la funda de la almohada.
¡Mi varita no aparecía por ninguna parte! La busqué hasta detrás del retrete. A veces la escondo allí cuando voy al baño a hacer… bueno, mis cosas de bruja.
—No está —informé a la abuela, y me temblaban hasta las pecas—. ¡No está!
Una bruja sin su varita es como un pirata sin su pata de palo. Tarde o temprano se pegará un buen castañazo.
—Maldita sea —gruñó la abuela—. ¡La tenías contigo antes de merendar!
—Me la guardé en una media —respondí—. Pero no hacía más que pincharme la pantorrilla. Por eso subí a esconderla aquí antes de cenar.
—No debiste separarte de ella —me regañó.
—¿Y para qué iba a necesitarla? —repliqué, igual de enojada—. ¿Para embrujar la ensalada?
Mi abuela tomó aire, tratando de calmarse. Al fin y al cabo, también a ella le habían robado en su propia casa.
—Alguien debió de entrar aquí mientras cenábamos —resopló—. Posiblemente la misma persona que se coló anoche en mi piso.
—Pero ¿por dónde? —repuse—. Nadie pudo cruzar la puerta de casa sin que lo viéramos.
La yaya señaló con un dedo acusador la ventana de mi dormitorio.
Sí. Me la había dejado abierta de par en par.
—Es que está haciendo mucho calor —me excusé—. Y no quería que Otto se cociera igual que un pollo…
Como todos los bebés, mi hermano se acuesta muy temprano. Ya llevaba un rato metido en su cuna mientras nosotros cenábamos abajo.
—¡¿Crees que él habrá visto al ladrón?! —exclamó la abuela.
Puede que sí y puede que no. Lo seguro es que no le gusta nada que lo despierten a medianoche.
—Guaaaa —comenzó a lloriquear cuando lo levanté en brazos.
—Eres nuestro único testigo, pequeño —le rogó la yaya—. Mira, si nos ayudas, te daré otro caramelo.
Entonces se mostró más dispuesto a colaborar. Que sea un bebé no quiere decir que sea tonto.
—Oye, Otto —le sonreí, señalando la ventana—. ¿Has visto a alguien colarse por ahí?
—¿Ga? —murmuró él con ojos interrogantes.
—¿Quién entró antes por la ventana? —le insistí, más despacio—. ¿Quién cogió mi varita?
Para que me entendiera mejor, se la dibujé en la última página de mi diario. La reconoció perfectamente porque se piensa que es uno de sus sonajeros.
—¡Gogo gagui! —exclamó entonces, brincando sobre el trasero—. ¡Guigú ga ga!
—¡¿Qué dice?! —preguntó mi abuela, esperanzada por su reacción.
Sí, claro. Como si yo pudiera entender algo de aquel galimatías.
Menos mal que entonces el propio Otto tomó la iniciativa. Cogió una pintura negra de mi estuche, y con ella garabateó algo junto al dibujo de mi varita.
Por desgracia, tampoco es que sea Velázquez.
Más bien se parece a Picasso. Y es que lo que pintó fue un simple círculo rodeado de palotes.
—Parece un sol —murmuré, no muy convencida.
—O un erizo —opinó la abuela.
—O una flor.
—O un virus.
La lista de sospechosos no parecía muy prometedora.
Aquello se ponía cada vez más oscuro. Y nosotras sin poder conjurar ni una triste lechuga.
—¿Qué hacemos, yaya? —susurré, arrimándome a ella.
—Buscar ayuda —respondió—. Y cuanto antes.
—¡¿Y cómo?! —repliqué—. Sin varita, ni siquiera puedo hacer una espejo-llamada a mis amigos.
—¿Dónde están ahora? —preguntó ella a su vez.
—En clase —contesté—. Nuestro club siempre se reúne a esta hora. Ya avisé de que hoy no asistiría porque venías de visita.
—Pues, mira por dónde, al final vas a asistir. Y yo contigo.
Por suerte, no hizo falta usar mi patinete volador. Hubiéramos viajado demasiado apretadas. En vez de eso, recurrimos al poder teletransportador de mi gato.
—Cosmo —le dije—. Llévanos a nuestro cuartel general de la mansión encantada.
Antes, sin embargo, acostamos otra vez a Otto… con el caramelo que le habíamos prometido.
Ojalá no hiciera que su cuna despegase de un estornudo.