2. Unidas por la magia
Normalmente no me entusiasma recibir invitados en mi cuarto. Con un gato mágico, un bebé y una aprendiz de bruja ya somos suficientes.
Aquel día, sin embargo, me alegré al saber que mi abuela dormiría con nosotros.
Y no solo por lo mucho que la quiero. Es que me moría de impaciencia por hablar con ella a solas. Apenas había podido probar bocado durante la cena por los nervios.
Decidí que lo mejor era ir directa al grano. Mejor dicho, a la magia.
—Abuela —empecé, cerrando la puerta—. ¿Cómo sabías…? ¿Cómo sabes que…?
Ella se tomó su tiempo antes de contestar. Solo después de ponerse el camisón y aplicarse sus cremas se sentó en la cama.
—¿Que cómo sé que eres bruja? —dijo, quitándose del pelo su única horquilla—. Muy fácil, hija. ¡Pues porque yo también lo soy!
Menos mal que aquello me pilló tumbada. Si no, me caigo de espaldas.
—Sí, Anna —asintió—. Descubrí mis poderes siendo solo una niña, igual que tú. Y estudié en un club de hechicería parecido al tuyo.
—¿Es que también sabes lo del club? —murmuré, aunque lo que me pedía el cuerpo era gritar.
Mi abuela contestó sin dejar de cepillar su larga melena.
—En realidad, sé bastantes cosas —fue su respuesta—. Nunca he dejado de estar pendiente de ti.
—Pero ¿cuándo te enteraste de que tenía magia? —pregunté, intentando calmarme.
—Oh, hace mucho —repuso—. Cuando eras aún tan pequeña y llorona como tu hermano. ¡Menudos líos montabas cada vez que te daba hipo!
—A él le ocurre cuando estornuda —dije, señalando al dormilón de Otto en su cuna—. Siempre tengo que andar vigilándolo para que no ponga la casa del revés.
—Igual me sucedía a mí contigo —sonrió ella—. Lo bueno es que eso nos unió aún más. ¡Por fin había otra bruja en la familia!
Claro, es que mamá no tiene magia. Supongo que a ella le basta con su mala uva.
—Entonces… —titubeé—. ¿Entonces por qué nunca me dijiste nada?
—Oh, no quería crearte falsas esperanzas —respondió—. Debía esperar a que una mascota mágica se interesase por ti. Solo entonces desarrollarías totalmente tus poderes. Desde entonces he estado buscando el momento oportuno para hablar contigo…
Yo acaricié pensativamente a Cosmo. Aún tenía la cabeza llena de dudas. Por ejemplo, quería preguntarle cuál era su mascota y por qué no la llevaba consigo.
Por desgracia, no me dio tiempo.
—Hay algo más, Anna —dijo la yaya—. El verdadero motivo por el que he venido a verte.
—¿Qué pasa, abu?
—Mi varita —murmuró al fin, con cara de preocupación—. Ha desaparecido.
Anda, más cosas en común. Resulta que era tan despistada como yo.
—¡No la he perdido! —exclamó, impaciente—. Me la han robado. Anoche mismo, mientras dormía. ¡Y eso que vivo en un octavo piso!
—¡¿Qué?! —exclamé, incorporándome en la cama—. Pero ¿quién?
—Buena pregunta —suspiró—. Yo diría que alguien muy interesado en la magia arcoíris.
—¡¿Magia arcoíris?! —repliqué—. ¿Es que también tú la tienes?
—No solo eso —dijo con cierto orgullo—. En realidad, desciendo del primer brujo con poderes multicolores. Igual que tú. Resulta que somos las únicas herederas de una larga e importante estirpe.
Aquello sonaba tan grandioso como enrevesado. Vamos, que no entendí ni jota.
—Verás —comenzó—. Hace muchos siglos, cada brujo tenía magia de un solo color. Pero uno de nuestros antepasados logró combinarlas en una única y poderosa fuerza.
—¿Y eso qué significa? —pregunté, todavía confundida.
—Significa que somos portadoras de la magia arcoíris original —respondió—. Eso hace que nuestras varitas sean especiales. Juntas podrían tener una potencia descomunal.
Por eso la abuela ni siquiera había tenido tiempo de procurarse una nueva. Necesitaba venir a verme para asegurarse de que la mía seguía en su sitio.
Bueno, y para ayudarme a protegerla si fuera preciso.
—No sabes qué alivio sentí al verte con ella esta tarde —me confesó—. A partir de ahora no debes perderla de vista. ¡Ni siquiera mientras duermes!
A mí me pareció una precaución exagerada, pero para complacerla me levanté a buscarla al armario.
—Tranquila —le sonreí, abriendo el cajón donde la escondo—. A veces se me olvida por alguna parte, pero…
Me detuve en seco al comprobar que allí dentro no había más que medias y calcetines.