El ladrón de varitas (Anna Kadabra 18) 1. Caramelos de jengibre
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El ladrón de varitas (Anna Kadabra 18)

El ladrón de varitas (Anna Kadabra 18)

Por Pedro Manas

© inepub.com

1. Caramelos de jengibre

—¡Por fin! —oí gritar a mamá desde el recibidor—. Ya empezaba a preocuparme.

—Buenas tardes, suegra —añadió cortésmente papá—. ¿Qué tal el viaje?

Yo fui menos ceremoniosa. O sea, que bajé a saltos la escalera chillando a grito pelado. Mi abuela, por su parte, apartó a mis padres a empujón limpio para recibirme.

—¡Mi pequeña! —exclamó, abriendo los brazos.

Tuve que contenerme para no saltarle encima.

La que no se contuvo fue ella, que se lanzó sobre mí para llenarme de achuchones.

Olía como la última vez que la vi. A pomada de eucalipto, a armario antiguo y a los caramelos de jengibre que lleva siempre en los bolsillos.

Entre sus brazos me sentía tan pequeña y mimosa como Otto.

Él no conoce tanto a la abuela, así que se contentó con mirarla con curiosidad. Al menos hasta que ella sacó un puñado de sus famosos caramelos.

—¡Gaga guego! —gritó mi hermano, tambaleándose hacia ella con glotonería.

También mamá gritó, solo que bastante escandalizada.

—¡¿Dulces a estas horas?! —dijo. Mi madre tiene horarios hasta para rascarse los pies.

—¿Es que ni siquiera puedo mimar un poco a mis nietos? —se enfadó la abuela—. ¡Apenas los veo desde que os mudasteis a este pueblucho!

Sus cambios de humor son aún más famosos que sus caramelos.

—Les quitarán el hambre —musitó papá—. Estábamos a punto de servir la merienda y…

—¿Pues a qué esperáis? —gruñó la otra—. ¡Id a prepararla y dejadnos solos!

Mis padres se marcharon a la cocina con la cabeza gacha.

Delante de la abuela, es como si los niños fuesen ellos. Bueno, así sabrían cómo me siento yo cada vez que me regañan. Y tampoco se me iba a pasar el hambre por un simple caramelo.

Aunque quizá a Otto sí, porque se había metido a la boca cuatro de golpe.

—¡Pero qué goloso! —canturreó la yaya, cogiéndolo en brazos. Complacido, mi hermano apoyó la barbilla en su hombro.

Yo no me puse celosa porque soy demasiado grande para que me aúpen.

Y, sobre todo, porque estaba muy ocupada vigilando la nariz de mi hermano. El sabor de los caramelos estaba haciendo que se arrugase.

¡Es el gesto que suele hacer antes de estornudar! No había caído en que el jengibre sería demasiado picante para él. Sobre la boca le colgaban ya dos mocos como babosas trapecistas.

—Otto —le susurré—. Escupe ahora mismo esos…

Demasiado tarde.

—¡Achís! —hizo él, soltando una nubecilla de chispas brillantes.

Estas volaron sobre el hombro de la abuela hasta aterrizar en la mesita del comedor. Al instante, el mueble se desperezó y echó a caminar sobre la alfombra. Parecía una tortuga con mantel.

Ay, ay. Menos mal que la abuela no la vio. Y que, por una vez, tenía mi varita conmigo.

Disimuladamente, la saqué para murmurar un conjuro inmovilizador. El mueble se detuvo al instante… pero los estornudos de Otto no.

—¡Achís, achís, achís! —hacía, esparciendo chispas a espaldas de la yaya.

Las tazas de la merienda empezaron a dar vueltas como peonzas. Las servilletas cambiaron de color. Una cucharita se zambulló de cabeza en el azucarero.

—¡Salud! —repetía la abuela, muerta de risa—. ¡Salud, salud!

Salud la que necesitaba yo. Estaba a punto de darme un ataque. A duras penas lograba detener cada incidente mágico antes de que mi abuela lo descubriera.

Apoltronado en el sillón, mi gato se lamía el hocico con cara de guasa.

—Te parecerá divertido —le mascullé, enfadada.

—¿Decías algo, Anna? —preguntó la abuela. Fue entonces cuando se dio la vuelta… y me pilló con las manos en la masa.

Bueno, en mi varita, que aún humeaba con un poco de vapor.

También mis mejillas ardían de la vergüenza. Ni siquiera sabía qué decir. ¿Cómo le explicas a tu pobre y anciana abuela que tienes poderes?

Por suerte, resulta que mi yaya reaccionó perfectamente.

—¡Guarda eso ahora mismo, imprudente! —me regañó—. No querrás que tus padres descubran que eres una bruja.

«¿Qué? —pensé—. O sea… ¿qué? Quiero decir… ¿QUÉ?».

Pero tampoco lo dije.

Me conformé con esconder la varita poco antes de que mis padres regresasen con la merienda.