12. Un nuevo reto
Aquello fue como enhebrar una aguja con una hebra de seda.
Para nosotras, claro. Para Jeremías y Morfula fue como intentar enhebrarla con un salchichón. Incapaz de pasar entre ellos, Gladys fue a estrellarse contra las torres.
No pudimos verla, claro. Pero la oímos rugir al precipitarse. Y a sus jinetes, más.
—¡Maldita seas, Ágataaaaa! —chilló Jeremías.
—¡Y maldita tu nietaaaaa! —añadió Morfula.
Como en los dibujos animados, sus gritos acabaron apagándose con un sonoro «¡PLAF!».
Entonces mi abuela derrapó. Luego descendió hasta el tobogán para recuperar al vuelo las varitas robadas. Yo misma las arranqué de la tierra como tres zanahorias.
Un poco más allá nos esperaban nuestros amigos, vitoreando.
Yo pensé que iban a felicitarnos por nuestras acrobacias aéreas. Pero lo único que querían era acariciar las alas membranosas de la libélula.
Está visto que tienes que ser un insecto gigante para que te hagan un poco de caso.
—¡Qué brujialucine de bicho! —comentó Ángela, ante el disgusto de su sapo.
Orgullosa, la abuela volvió a encoger a Torbellina con un simple pase mágico. Luego, tras acariciarla, se la prendió al pelo.
—Es una «mascota portátil» —explicó Madame Prune—. Se mantienen pequeñas e inmóviles la mayor parte del tiempo, como figuritas. Es al despertarlas cuando revelan su verdadero tamaño.
Ojalá Cosmo fuera un «gato portátil». Así pesaría menos cuando se me duerme en brazos.
—¿Podemos dejarnos de lecciones y escapar ya? —rogó Oliver.
Tenía razón. Y no solo porque nuestros enemigos pudieran reaparecer de un momento a otro. Es que al día siguiente teníamos cole.
Por suerte, esta vez fue más fácil abrir una puerta entre ambos mundos. Oliver la trazó sobre las sombras de un estrecho callejón junto al río.
¡Ñiiiic!, sonaron sus bisagras mágicas.
Así, en menos que grazna un cuervo, estuvimos de vuelta en nuestra realidad. Allí me despedí de mis amigos, mientras mis ojos trataban de acostumbrarse a tantos colorines.
A lo que no pude acostumbrarme fue a la horrible sensación de fracaso.
—Yo no lo llamaría «fracaso», Anna —murmuró la yaya después, cuando al fin nos acostamos—. Para empezar, seguimos vivas. ¡Y también hemos recuperado nuestras varitas!
Cierto. Yo acababa de conjurar dos tazas de cacao caliente con la mía.
—Ya —admití—. Pero no hemos impedido que Jeremías robe la magia arcoíris. Y que la mezcle con la suya como si fuera Frankenstein.
—Tranquila —repuso—. Ya sabes que uno no puede cambiar la magia de su corazón. Los colores que robó Jeremías están solo en su varita.
—¿Quieres decir que…?
—Sí —contestó—. Lo único que tenemos que hacer es arrebatársela.
Qué cosas. Al final era yo la que iba a tener que hacerme ladrona.
—Pero será difícil —mascullé—. Sobre todo con sus nuevos y siniestros poderes.
—Bah, mejor —dijo ella, encogiéndose de hombros.
—¿Mejor?
La abuela se extendió sobre la cara su crema hidratante.
—A mi edad, una necesita nuevos retos que la estimulen —respondió—. Si Jeremías quiere luchar, lucharemos. Y, si estoy demasiado cansada, ya sé que puedo confiar en mi nieta y su club.
—Mientras no nos moleste esta noche… —gemí, bostezando.
Precisamente por ese motivo dejamos una lamparita encendida. No quería sombras que pudieran servir de puerta a la dichosa dimensión oscura.
Al suave resplandor de la lámpara, Otto nos miró desde su cuna con cara de pena. Lo habíamos dejado solo tanto tiempo que acepté que durmiera conmigo.
Cosmo ni siquiera preguntó. Se acurrucó entre nosotros haciéndose sitio con su cola peluda.
Sin embargo, aquella noche aún no me sentía lo bastante acompañada.
—Abuela —murmuré en la penumbra—. ¿Te importaría si…?
—Claro que no, mi brujita —respondió, retirando su manta.
Entonces, todos a una, los tres nos lanzamos sobre su cama.
¡Solo esperaba que pudiese aguantar tanta magia junta!