53
Marta permanece en el umbral mientras el agua arrecia y su corazón late acelerado.
—Señoría… tiene que entrar a ver algo.
La jueza echa un vistazo desde el umbral y aprecia la grieta en el techo provocada por el disparo. Percibe la urgencia y entra con un agente a su lado.
Mientras Lara avanza por el pasillo hacia el dormitorio del fondo, Marta resume la escena que acaban de vivir minutos antes en aquel lugar.
Lara reaparece de inmediato, con la maleta de Mauricio presionada contra su pecho, y la coloca sobre la mesa.
—Dentro hay pruebas de lo que esa gente hacía.
Lara abre la primera carpeta y coloca sobre la mesa tres documentos.
—Mírelo.
El documento principal, un organigrama, queda extendido. En la parte superior, Mauricio Vega. Debajo, Anselmo Bueres. Más abajo, nombres que ya no pueden ocultarse en el rumor: Nico Vergara, Ricardo Moreno. Trazos, fechas, conexiones. Un mapa que, de repente, da estructura a todo.
La jueza se inclina y lee. Marta percibe el cambio antes de que ella abra la boca.
Lara desliza la segunda carpeta, aún más concreta: un listado que une los nombres a hechos, decisiones y movimientos.
—Aquí está la contabilidad de la organización —dice Lara.
La jueza levanta la vista.
—¿De dónde han sacado todo esto?
—Me encerraron aquí y no me quedó más remedio que registrar la casa. En lo alto de un armario estaba esta maleta olvidada.
Luego, Lara saca una foto desgastada, de bordes suaves, y la deja sobre la mesa. Tres niñas. Marta reconoce el momento de inmediato. Brenda en el centro, entre ellas, como una familia.
—Estas fotografías son de antes —murmura Lara—. Mucho antes.
Marta agacha la vista y recuerda que todavía sostiene el teléfono de Fran, consciente de que guarda algo más delicado que el propio aparato.
—Y esto… está grabando —dice Marta.
La jueza observa la pantalla, corta la grabación y escucha unos segundos.
—Es suficiente.
Desde fuera llega una llamada. Un agente se asoma. La jueza se gira manteniendo el control de la escena.
—Quiero custodia aquí dentro. —Señala la mesa—. Que nadie toque esa maleta ni esos documentos. Desde este momento, todo queda intervenido formalmente. ¿Entendido?
El agente entra y se planta junto a la mesa.
Marta y Lara vuelven al porche. Fuera, Ricardo Moreno y Córcoles han perdido el escenario. Siguen de pie, sí, aunque ya han dejado de ocupar el espacio. A Ricardo se le ve esforzarse por sostener la compostura. Córcoles parece más pequeño y torpe.
Los conducen al furgón.
Nico va en último lugar. Esposado, escoltado y con esa quietud de control que ahora se revela agotada, erosionada por dentro.
Al pasar, evita buscar piedad y también lanzar una amenaza.
Alza la vista y la sostiene sobre Marta, luego sobre Lara, y mide lo que queda cuando las coartadas han saltado por los aires.
Marta no aparta los ojos. Ya no puede reducirlo a monstruo sin mentirse, pero tampoco puede concederle el refugio de «lo hice por vosotros». Y él lo sabe: esa protección que solía usar como escudo ya ha perdido la capacidad de salvarlo.
Guardan silencio.
Brenda y Anselmo esperan a que la jueza termine de dar unas instrucciones. Entonces, Anselmo levanta una mano con prudencia.
—Señoría… ¿podemos acercarnos a ellas?
La jueza los observa. Evalúa la expresión de Anselmo y la de Brenda, y asiente con una cautela que no equivale a confianza.
—Cinco minutos. Y con un agente.
El oficial se coloca junto a ellos en cuanto bajan los dos escalones del porche de la finca.
Su sola presencia deja claro que su margen de libertad, ahora, es prestado.
Brenda sostiene el paraguas y Anselmo camina a su lado.
Se acercan a Marta y Lara, que permanecen bajo el alero mientras el agua repiquetea en la madera.
Marta los ve venir y siente un cambio de temperatura dentro de ella.
Ya no es una persecución, es la resaca de una guerra corta y sucia.
Lara aguanta quieta, con los brazos cruzados, aún temblorosa por el susto y la rabia, mientras Marta mantiene la espalda recta por pura inercia policial, aunque por dentro esté hecha un nudo.
Brenda se detiene a un par de pasos. No sonríe de entrada. Trae cansancio y una especie de dignidad recién adquirida.
—Hola. —Su voz suena más humana de lo que Marta recordaba.
Lara la repasa de arriba abajo con descaro. Cuando al fin habla, lo hace con toda su dureza intacta.
—¿Así que existías?
—Existía… pero me convenía no existir. Hasta hoy.
Marta traga saliva. Le gustaría decir «debería detenerte», «debería interrogarte», «debería…», aunque el «debería» ha muerto esta semana. Lo único que consigue es una pregunta corta, más de persona que de inspectora.
—¿Por qué ahora?
Anselmo contesta tras haber cargado con demasiadas verdades calladas.
—Porque ya no era solo vuestra vida. Era… la de todos los que caían alrededor. Y porque hoy han cruzado la última línea.
Brenda asiente sin apartar la vista de Marta, aceptando al fin el lugar que le toca frente a ellas.
—Yo también callé. Y cada vez era más difícil justificarlo. Hasta que deja de ser justificable. Ha llegado el momento de asumir mi responsabilidad.
—Has tardado demasiado. No entiendo cómo una cirujana que se dedicaba a salvar vidas, ha acabado siendo cómplice de tantas desgracias e injusticias.
El agente carraspea para recordarles que sigue allí. Marta lo capta y baja un poco el tono.
—Lo que habéis destruido…
Anselmo la interrumpe con un gesto pequeño.
—Ya ha caído en manos de una jueza que no nos debe favores a nadie.
Lara, que se ha estado conteniendo, observa a Brenda con desconfianza.
Brenda tarda en hablar. Luego, con sobriedad y con una ironía que le sale por reflejo, baja la mirada hacia el cuerpo de Lara, hacia la chaqueta azul que la abriga.
—Por cierto… ¿A quién has pedido permiso para ponerte eso? No sé si te importa que me toque pasar frío.
Lara parpadea, sorprendida por la rendija que abre esa frase en medio de la tensión, y luego repara en su propia prenda, la azul, con un descaro muy suyo.
—Ah… ¿Era tuya? —responde, encogiéndose de hombros—. Pues oye, me queda de puta madre.
Marta suelta una risa corta. Lara también. Brenda deja escapar un amago.
—Te la devolveré… cuando esto acabe —añade Lara.
—Cuando esto acabe —repite Brenda, y en su tono hay una nueva verdad: por primera vez lo dice creyendo que realmente puede acabar.
Anselmo da un paso atrás, consciente de que el momento íntimo ya ha terminado y que cualquier cosa más podría estropearlo. Se dirige a Marta, serio.
—Lo siento —dice a secas—. Por haber sabido… y por haber callado.
Marta se guarda las absoluciones. Aún no. Asiente una vez y reserva la frase para cuando tenga fuerzas para procesarla.
La jueza llama desde fuera y el agente se adelanta para interrumpir la escena. Brenda y Anselmo se giran, aún bajo el paraguas, y Marta los sigue con la vista mientras se alejan. Han dejado de ser fantasmas, pero tampoco recuperan su libertad. Eso también forma parte del precio.
Lara roza con los dedos el borde de la chaqueta, se acomoda el cuello y murmura, casi para sí, necesitada de decir algo normal en medio del barro y las sirenas:
—Vaya familia, ¿eh?
Marta la mira.
—Vaya familia —repite.
Por un momento, la casa afloja. Los agentes se mueven con otra cadencia y la jueza ya no observa las paredes con desconfianza.
Lara aparece en la entrada con las dos piezas de la cámara de Fran en las manos, como si llevara un animal herido. Las sostiene con cuidado e intenta encajarlas una con otra.
—A ver… ¿esto va así o me lo estoy inventando?
Marta habla con uno de los agentes junto al porche y con la barbilla señala la repisa donde han apoyado los teléfonos de los detenidos, sus carteras, pertenencias y el arma de Ricardo.
—Ese de ahí es mi móvil. Me lo quitaron. Necesito recuperarlo.
—Y ese otro el mío —dice Lara—, el de la funda verde.
Marta mantiene la vista en el barro del camino, en los charcos que reflejan luces azules y en la curva por la que todo llegó. Le cuesta creer que sigan vivos. Le cuesta más creer que, por fin, alguien esté tomando notas.
Al cabo de unos minutos, el agente regresa con los teléfonos. Marta desbloquea el suyo y la pantalla le muestra la dura realidad: llamadas perdidas de Quiroga, una tras otra.
Marca antes de pensarlo.
—¿Estás bien? —pregunta Quiroga al primer tono, con una voz demasiado tirante para fingir normalidad.
—Estoy bien. Lara también. —Marta lo dice rápidamente, porque necesita ir al grano—. ¿Y Fran?
Hay una breve pausa al otro lado, de esas que te coloca el corazón en la garganta.
—Está conmigo. Tranquila, que me lo han devuelto entero, ni un rasguño —responde Quiroga.
Marta suelta el aire que tenía retenido.
—Menos mal. Muchas gracias.
—Fíjate en la entrada —dice él.
Por encima de la llamada, Marta percibe un motor que se acerca. Levanta la vista y ve aparecer el Golf de alquiler, que llega despacio.
En el asiento del copiloto, pegado a la ventanilla, Fran levanta la mano y saluda.
—¿Qué haces ahí, parada como un pasmarote?
A Marta se le rompe la voz sin poder evitarlo.
—¿Eres tú?
El coche se detiene. Fran baja despacio y estira las piernas con visible rigidez, mientras Marta lo examina con la misma urgencia con la que Quiroga lo había hecho en los juzgados: busca un golpe o una herida que confirme el daño.
Lo ve agotado, con la ropa arrugada, pero está en pie. En pie y entero.
Y entonces corre hacia él.
Lo abraza con una fuerza que no le cabe en el cuerpo.
—Perdóname —le dice contra su hombro—. Perdóname por meterte en esto.
Fran la rodea con los brazos, lejos de cualquier pose heroica. La aprieta lo justo. La sostiene.
—No me metiste tú —responde él—. Me metí yo.
Quiroga se aparta a un lado y adopta su postura de «no estorbo», aunque con la expresión todavía encendida por lo ocurrido. Marta se vuelve hacia él y lo abraza también.
—Gracias por traerlo entero.
—No me lo agradezcas a mí. Agradéceselo a él… y a lo que llevaba encima.
Ella se gira y Quiroga no alarga el suspense.
—Fran me pasó una tarjeta de memoria. Hay fotos y un vídeo… de la casa de al lado. Se ve a Ricardo Moreno con dos peces gordos del gobierno autonómico y al director de una oficina bancaria. Juntos, con maletines de por medio. Alguien comenzó a disparar a Fran. En el vídeo se escuchan los disparos.
Marta siente la certeza de que, si alguien intenta enterrar esto, ya no lo podrá hacerlo en la sombra.
Lara aparece en ese momento y se acerca a Fran con la cámara en las manos.
—Toma, fanfarrón. Tu tesoro.
A Fran se le ilumina la cara al verla. Esa cámara es más que un objeto: es su forma de estar en el mundo. La recoge con cuidado y la acaricia con los dedos.
—Está… —comienza, pero se interrumpe cuando Lara lo abraza de improviso.
Es un abrazo breve y auténtico. Lara lo suelta con la misma rapidez, avergonzada por haber dejado ver su lado más humano durante unos segundos.
—Ya está —murmura—. No te emociones.
Fran resopla, cansado.
Quiroga observa la casa y luego a la jueza, recalculando.
—Voy a hablar con ella —dice—. Hay cosas que cerrar.
Lara observa a Marta, luego a Fran, y entiende que debe dejarlos solos.
—Voy a… —Hace un gesto vago hacia ninguna parte—. A respirar.
Marta y Fran se quedan frente a frente, con el eco de todo lo que ha sucedido pegado a la piel. En él hay cariño y cansancio. En ella, culpa y la necesidad de no romperse.
—¿En qué lugar quedamos ahora? —pregunta Fran, sin dramatismo, solo buscando un punto de apoyo.
Marta se queda frente a él, de cara a lo que toca decir, porque huir ya no le sirve.
—Seguimos importándonos —dice despacio—. Pero esta noche no podemos resolverlo.
Fran asiente, como si conociera la respuesta antes de formular la pregunta y aun así le doliera.
—Vale.
Marta respira hondo, contempla la casa, la carretera, a los suyos.
Y, por primera vez en días, la salida no parece una fantasía.