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Las voces se apagan de golpe cuando el parpadeo azul se cuela por las rendijas de la casa, primero tímido y luego insistente.
Córcoles es el primero en reaccionar. Se acerca a la ventana en busca de oxígeno.
Aparta un poco la cortina, lo justo para mirar a cubierto, y al ver el reflejo de las luces y las siluetas en movimiento, busca a Ricardo Moreno y niega, nervioso, para marcarle el punto final sin atreverse a decirlo en voz alta.
El consejero de Cultura tarda una décima en ajustar la máscara.
Guarda la pistola en el cinturón, endereza la espalda y se obliga a mantener esa autoridad suya, aunque en su expresión se note la rabia, esa hambre de control que vive pegada al mando.
Es él quien abre la puerta y sale al exterior, aferrado todavía a la idea de que pisa terreno propio y va a recibir visitas en su jardín.
La comitiva aparece compacta, con seis agentes distribuidos en abanico y una jueza que no necesita levantar la voz para ocupar el espacio.
Córcoles sale detrás, aunque ya ha dejado de ir pegado al hombro de Ricardo y de intentar ser parte de nada.
Se detiene a unos metros, incapaz de ubicarse ahora que el escenario se ha girado en su contra.
Dentro, Marta corre hacia Lara y la abraza con fuerza. Lara no se derrumba. En lugar de eso, se separa y da dos pasos hacia el mueble de la cocina, y con una agilidad que sorprende a Marta, se sube sobre una silla para estirar el brazo hacia la parte superior.
—¿Qué haces? —pregunta Marta.
Lara alcanza el teléfono de Fran del lugar donde lo había escondido, y lo baja con cuidado. En la pantalla lee algo y la expresión que le nace pertenece a la de alguien que ha aguantado el golpe y, de pronto, descubre que no estaba sola en la oscuridad.
Se le ilumina el rostro.
Ese gesto descoloca a Marta y también a Nico, que la observa desde el pasillo con los hombros caídos. Lara gira el terminal.
En la pantalla, la grabación de audio sigue en curso.
Marta siente un vuelco en el estómago y, por instinto, busca a Nico con la vista, mide la distancia y el momento exacto en que él podría estirar el brazo, arrebatárselo y borrar lo que se está registrando.
Se le presentan mil escenas posibles en la mente.
Entonces Nico niega, apenas con un gesto.
Aquello carece de disculpa y de perdón: es una renuncia.
—Ayudé a Mauricio a limpiar esta casa. Nos desprendimos de casi todo. En el dormitorio del fondo, en lo alto del armario, encontraréis algo que os ayudará a entender.
Luego se gira hacia la puerta.
Marta y Lara se miran.
La maleta.
Ambas se vuelven a abrazar, esta vez con los dedos que tiemblan de verdad, porque ahora no es solo miedo: es una descarga.
—Estaba cagada —confiesa Lara, todavía vibrando.
—Eres la persona más valiente que conozco… y la más loca.
Se ríen juntas con el pulso desbocado y la garganta hecha un nudo. Esa risa, en esa casa de barrotes, suena a una pequeña victoria.
Cuando el ruido exterior crece, se asoman lo justo desde dentro.
Fuera, la escena ya ha dejado de pertenecerles.
Ricardo está a un lado, junto a Córcoles y Nico, custodiados por dos agentes que siguen cada movimiento.
El contraste con lo ocurrido unos minutos antes es brutal y, justo por eso, nadie se atreve a moverse.
La jueza habla con ellos en un tono que impone órdenes y deja constancia.
Ricardo intenta mantener la compostura, pero a Marta le basta ver la rigidez de su cuello para saber que su mundo se desmorona por dentro.
Córcoles, en cambio, parece más pequeño, más humano.
Y al fondo, en la entrada de la finca, con la lluvia insinuándose de nuevo y el foco blanco de un coche a la espalda, aparecen dos personas bajo un paraguas negro.
Brenda y Anselmo.
El paraguas los convierte en un punto oscuro en medio del barro y las luces azules.
Marta siente que se le detiene el pulso al verlos ahí, plantados, a plena vista, después de haber elegido ese momento para dejar de ser fantasmas.
Brenda se muestra sorprendentemente entera.
Anselmo está a su lado, con la mirada fija en la casa, sobrio, casi inmóvil.
Lara se aferra al brazo de Marta.
Marta guarda silencio. No puede hacer otra cosa, porque comprende el símbolo con una claridad que le da miedo: toda esa red que les ha mordido los talones, toda esa niebla de «los de arriba», está empezando a tomar forma delante de ellas.
Y, por primera vez en días, quienes corren ya no son Marta y Lara.
Son los otros los que, aunque sea por unos segundos, quedan expuestos ante todos.