51
El inspector Córcoles permanece pegado a la ventana del salón, de espaldas al resto, con el teléfono en la oreja y la frente apoyada en el cristal, buscando un apoyo inútil en esa postura.
Habla en voz baja, moviendo apenas los labios, y aun así, en la casa se percibe el temblor de lo que está oyendo.
Ricardo lo observa desde la mesa de la cocina, rígido, con el arma cerca y la paciencia en la cuerda floja. Nico permanece en la entrada del pasillo, con los dormitorios a sus espaldas, sin cruzar el umbral que lo convertiría en carcelero ante ellas, aunque ya lo sea.
Córcoles termina la llamada. Cuando se gira, su rostro ya carece de chulería.
—¿Qué pasa? —pregunta Ricardo—. ¿Traen al fotógrafo?
El inspector se pasa la lengua por los labios.
—Estamos jodidos.
—¿Qué dices? —reacciona incorporándose de golpe.
—Hubo un problema en Jefatura. Detuvieron al comisario —Córcoles traga saliva—. Y al novio de la inspectora… lo han trasladado a los juzgados.
Se oye, al fondo, un pequeño golpe en la madera: un movimiento en uno de los dormitorios. Nico permanece de espaldas.
Ricardo se pone pálido, luego rojo, en una rápida secuencia. Su control se resquebraja por una rendija.
—¿A los juzgados? —repite, tomándolo como una ofensa—. ¿Quién ha dado esa orden?
—No lo sé —responde Córcoles, y suena a «no puedo decirlo»—. Pero ya está en marcha.
Ricardo endurece el gesto y se vuelve hacia Nico, directo y venenoso, con esa lógica de despacho que, al quedarse sin papeles, recurre a lo simple.
—¡Esto es por tu culpa!
Nico no responde con un grito. Da un paso mínimo y ajusta su postura.
—No.
—No te puse ahí para cogerles apego —confiesa Ricardo, con el odio ya a la vista—. Te puse para contener. Para apagar. Para que no llegaran hasta aquí.
Nico mantiene la vista alta.
—Y tú has traído el incendio a la cocina.
Ricardo da un paso, demasiado cerca, y Córcoles se interpone: si Ricardo se descontrola, también se le irá a él.
—Ricardo… —le advierte Córcoles.
Ricardo fulmina a Nico con la mirada y continúa, en un tono más bajo y peligroso.
—Te crees imprescindible. Te recuerdo que también se muere el que cree que decide.
El rostro de Nico se endurece, y se nota, por fin, el esfuerzo de sostenerse.
—No estoy aquí por ti, Ricardo.
La frase le duele a Ricardo como si le quitaran un arma.
Una puerta se abre en el pasillo.
Lara aparece despeinada, con los ojos encendidos y esa rabia que ya no cabe en una cama ni detrás de una madera.
—¡Basta! ¡Basta ya!
Lara cruza el pasillo en dirección al salón, harta de obedecer otra amenaza más.
—¡No vais a callarnos! —exclama, y su voz resuena en las paredes—. ¡No vais a tocar a nadie más!
Ricardo reacciona por reflejo. El cañón baja y busca a Lara.
—¡Quiet…!
La palabra queda a medias. Marta abre su puerta y sale al pasillo con el miedo clavado en la garganta al ver a su hermana lanzarse hacia el centro.
Córcoles levanta ambas manos a medias, con la intención de contener a Ricardo.
—Ricardo, joder…
Ricardo sigue sordo a todo.
Lara llega al marco del salón y Ricardo avanza para agarrarla o encañonarla, da igual cuál de las dos cosas ocurra primero. Lo importante es que lo hace con la seguridad del impune.
Nico se interpone entre el arma y Lara, y Ricardo ve un muro donde antes esperaba miedo. La distancia se rompe y la pistola pierde un objetivo claro.
Ricardo permanece clavado, sorprendido, y el salón entero aguanta el aire.
—¡Apártate! —ruge, a media voz, pero con un temblor feroz.
Nico no se aparta ni un centímetro.
Lara respira de manera entrecortada detrás de él, a un palmo, con el pecho que sube y baja, al borde del ahogo por pura rabia. Marta sigue en el pasillo, pendiente de ellos, deseando saltar y evitar que ese segundo se convierta en un disparo.
A Ricardo se le marcan los músculos del rostro.
Levanta el brazo y dispara al techo.
El estruendo rebota en las paredes de piedra, sacude los cristales de la ventana y deja un zumbido brutal en los oídos de todos. Una breve nube de polvo cae de una viga. Lara se encoge detrás de Nico, con las manos pegadas al pecho. Córcoles retrocede un paso. Marta siente un vuelco en el corazón.
Por un segundo, nadie respira.
Después, Marta deja de pensar.
Sale disparada del pasillo hacia Ricardo, con toda la fuerza que le queda, ciega de rabia, miedo e instinto. Ya no ve el arma, ni el cañón, ni el dedo crispado, ni la posibilidad de un segundo disparo. Solo ve al hombre que acaba de apuntar a su hermana.
—¡Marta! —grita Lara.
Nico se mueve antes que nadie.
Abandona su posición frente a Lara y se lanza de lado contra Marta. La alcanza a medio camino, la rodea con ambos brazos y la aparta de la línea de fuego. Marta forcejea, intentando soltarse, pero él la sujeta, obligándola a retroceder contra el marco del pasillo.
—¡Suéltame! —escupe ella, fuera de sí.
—No —responde Nico, pegado a su oído—. Estate quieta o te disparará.
Ricardo retrocede tres pasos, sorprendido por el arrebato, manteniendo el arma al frente. El cañón se mueve de Marta a Nico, de Nico a Lara, luego a Córcoles, como si todos se hubieran convertido de pronto en amenazas. La mano le tiembla, aunque él parece no darse cuenta.
—Que nadie se mueva —ordena, con la voz rota por el disparo—. Nadie.
Marta sigue atrapada por Nico, con los ojos fijos en Ricardo. Lara permanece detrás, con una mano apoyada en la pared para no caer. Córcoles mira el oscuro agujero del techo y luego el arma.
Ricardo apunta a Nico con el arma. Sabe que si esto explota, no habrá despacho que lo salve.
—Todo esto es por tu culpa. ¡Te dije que las mantuvieras lejos! Te dije que no hicieras ruido.