El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 50
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El Land Rover negro avanza con sus luces recortando el gris del cielo y el barro de los márgenes, mientras el entorno parece cerrarse a su alrededor.

Anselmo está en la parte trasera, pegado a la ventanilla, con Brenda a su lado. Aunque no toca el volante, sigue conduciendo la situación: a veces levanta un dedo para señalar un cruce antes de que aparezca.

Brenda permanece con la vista al frente, perdida en un punto impreciso.

Ya no tiene el pulso furtivo ni la torpeza de un animal acorralado.

Lo que lleva consigo es una decisión que se ha vuelto sólida, incómoda y, a la vez, muy clara.

Sabe que al cruzar la última línea se terminará la clandestinidad y la posibilidad de volver a ser solo un rumor.

Esa certeza, lejos de hundirla, le ensancha el pecho.

Exponer la red es aceptar que mantenerse al margen ya ha dejado de proteger a nadie y que hay cosas que se pagan aunque no estén escritas.

Anselmo recibe una llamada. Habla hacia el vacío del habitáculo, una vez asumido el impacto.

—Ya están las cartas sobre la mesa. No hay marcha atrás —dice—. Es lo más justo. Sí… sí… con todas las consecuencias.

Corta la llamada, y el silencio que queda es del tipo que llega después de firmar algo que te cambia la vida.

Brenda cruza una mirada con él. Entre ambos queda complicidad y una especie de alivio, lejos de cualquier dramatismo.

Ya han terminado de esconderse, y eso también asusta, aunque de otra manera.

—Se acabó —murmura ella, sin épica.

Anselmo asiente, con la vista fija en la siguiente curva.

—Se acabó.