El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 49
91%

49

En la casa, Ricardo Moreno se acerca al dormitorio de Marta. Córcoles lo sigue a dos pasos.

La puerta se abre.

Ricardo se queda en el marco, con el cuerpo a medias, lo justo para que Marta vea la pistola baja, visible, sin apuntar, aunque presente.

—Siéntate —dice.

Marta no se mueve.

—¿Dónde está Fran?

Ricardo la observa y le resta importancia a la pregunta, centrado en doblegarla.

—Te voy a repetir lo que ya te han dicho muchos: deja de empujar.

Marta sonríe sin alegría.

—¿Y tú me vas a enseñar a no empujar con una pistola?

Ricardo ni se inmuta.

—Con una pistola, con un expediente, con una celda. Con lo que haga falta.

El inspector Córcoles se asoma por encima del hombro de Ricardo, disfrutando.

—Escudero… Si fueras inteligente, te irías a Alicante y te pondrías a preparar oposiciones de cualquier cosa que no sea policía. Esto… Esto te queda grande.

Marta siente que la rabia le sube.

—Si habéis tocado a Fran para callarlo es porque ha visto algo. Y si ha visto algo, ya hay más gente pendiente de vosotros, por mucho que os creáis invisibles.

Hay un amago casi imperceptible en Ricardo que delata que esas palabras le tocan una zona delicada. Marta lo nota y sigue.

—¿Qué os da más miedo, Ricardo? ¿Que hable… o que demuestre que os obedecen?

Córcoles se ríe, con un punto de tirantez.

—Qué pesada…

Ricardo corta el aire con una orden contundente.

—Vas a dejar de hablar.

Marta no se amilana.

—No podéis taparlo todo.

—Me basta con taparte a ti.

En su dormitorio, Lara golpea la puerta una vez, desesperada.

Ricardo gira el rostro hacia el fondo de la casa.

—¡Silencio!

El golpe de Lara cesa al otro lado.

—No vuelvas a obligarme a levantar la voz —dice.

Luego cierra la puerta y regresa al salón. Nico Vergara está junto a la ventana, demasiado quieto para parecer tranquilo. Tiene los brazos cruzados y la vista perdida en algún punto del jardín.

Ricardo aparece con el arma en la mano y una furia contenida que ya no intenta disimular.

—Tenemos que terminar esto —dice.

Córcoles se pasa la lengua por los labios.

—Nos estamos exponiendo demasiado.

—Calla —ordena Ricardo, sin apartar la atención de Nico.

Nico se vuelve hacia ellos. Algo en su rostro ha cedido.

—Esto se nos ha ido de las manos.

Ricardo entorna los párpados.

—No empieces.

—Sí, voy a empezar —replica Nico—. Porque llevamos horas encerrando a gente inocente en habitaciones, amenazando a dos hermanas que no han hecho otra cosa que buscar la verdad y usando a Fran Vallejo como cebo. ¿Eso también estaba previsto?

Córcoles levanta una mano, conciliador.

—Nico, baja la voz.

—No me pidas que baje nada. —Nico señala hacia el pasillo—. ¿Habéis visto la cara de Lara? ¿La de Marta? Joder, Ricardo, estamos tratándolas como si fueran el problema.

Ricardo avanza un paso.

—El problema es que no sabe dónde se está metiendo.

—Claro que no lo sabe. Porque os habéis encargado de que nadie pueda saber nada. —Nico respira con dificultad—. ¿Por qué tuvisteis que destrozarle el edificio al arquitecto? Dime eso. ¿Qué necesidad había?

Aunque no se pronuncia, el nombre resuena en la estancia.

Córcoles palidece.

—Nico…

Ricardo le lanza una mirada de advertencia.

—Cierra la boca.

Pero Nico ya no puede contenerse.

—Le destrozasteis la vida a Anselmo Bueres.

Lo convertisteis en un loco para quitarlo de en medio.

A Brenda la forzasteis a desaparecer. Al comisario lo sepultasteis en mierda.

¿También estáis detrás del vídeo del político gallego?

¿También eso era necesario? ¿Le tenías celos al consejero de cultura que en breve daría el salto a la política nacional?

Ricardo cruza el salón en dos zancadas. Eleva la pistola para imponer su presencia entre los tres.

—Eso no es asunto tuyo.

—¿No? —Nico suelta una carcajada incrédula—. Llevo años oyendo que nada es asunto mío hasta que necesitáis que haga de mensajero, de chófer, de sombra o de perro guardián.

—Estás hablando demasiado.

Ricardo señala con el arma hacia el pasillo de los dormitorios.

—Y hay gente escuchando.

Nico mira en esa dirección. Por un segundo, parece comprender la magnitud de lo que acaba de decir. Aun así, no retrocede.

—Pues que escuchen. A lo mejor ya es hora de que alguien escuche algo que no venga manipulado por vosotros.

Ricardo aprieta los dientes.

—¡Me cago en tu puta madre, Nico! No pensé que acabaríamos así.

Córcoles se interpone levemente, con las palmas abiertas.

—Tranquilos los dos. Estamos nerviosos. Es normal. Pensemos con la cabeza.

Nadie responde.

Ricardo mantiene la pistola baja, pero su brazo parece más tenso que antes. Córcoles no sabe si prestarle atención a él o vigilar a Nico. Y Nico, con los hombros hundidos, parece haber llegado demasiado lejos para encontrar el camino de regreso.

Ricardo rompe el silencio.

—Escucha, Nico. La vida no es justa. Nada es justo.

—Se señala el pecho con la mano libre—. Me quedé sin padre a los diez años y tuve que aprender a valerme por mí mismo.

¿Sabes qué hizo mi madre? Se metió a puta.

Sí, sí, a puta. Me crié con una tía que ya tenía suficiente con no morirse de asco y tuve que hacer la pelota a mucha gente para llegar donde estoy.

Nico lo observa con rabia.

—No me vengas ahora con discursos.

—Te vendré con lo que me dé la gana. —Ricardo golpea el aire con la pistola, señalándolo—. Porque tú te crees mejor que nosotros.

Nico aprieta la boca.

—Yo he intentado arreglar parte del daño.

—No. Has intentado sentirte limpio mientras cobrabas de la misma mierda que los demás.

El inspector Córcoles murmura:

—Ricardo…

—Esto también va por ti —lo corta Ricardo, sin mirarlo—. Mira a Córcoles. El verano pasado se fue al Caribe y volvió con la polla abrasada de tanto follar. Ahora se está levantando una casita en Candás. ¿Sabes de dónde sale todo eso? ¿De su sueldo? Venga ya.

Córcoles baja la vista, incómodo.

—No hace falta entrar en eso.

—Sí hace falta —insiste Ricardo—. Porque aquí todos nos hemos beneficiado. Todos. Unos más, otros menos. Unos con dinero, otros con ascensos, otros con silencios comprados. Y ahora venís a poner cara de santos porque una inspectora suspendida os ha tocado la fibra.

Nico alza el dedo índice y se lo lleva a los labios, pidiéndole que se detenga. Ya no por él, sino por lo que puede oírse desde las habitaciones.

Ricardo lo interpreta como un desafío.

—No, no, no. No pienso callarme, cabrón. ¿O quieres que hablemos de la pasta que te has embolsado de Mauricio Vega? ¿Quieres que lo pongamos también encima de la mesa?

Nico se queda inmóvil.

Córcoles levanta la cabeza de golpe.

Ricardo sonríe, venenoso, al comprobar que ha encontrado la herida.

—Ahí duele, ¿eh? El bueno de Nico. El protector. El que siempre aparece a tiempo. Y cuando todo esto termine, si es que termina como tiene que terminar, te quedarás con los pisos, con los contactos y con ese chaletito en Torrevieja que nadie sabe de dónde ha salido. ¿Serás desgraciado?

Nico da un paso hacia él.

—Cállate.

—¿Ahora sí quieres que me calle?

—¡He dicho que te calles!

La tensión se concentra en el espacio que los separa. Ricardo sube un poco más la pistola, y Córcoles se mueve deprisa, lo justo para no quedar en medio.

Entonces, el teléfono del inspector empieza a sonar y los tres se quedan quietos.

Córcoles mira la pantalla.

Y el color termina de abandonarle la cara.