El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 48
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Quiroga no deja de llamar a Marta. La señal entra limpia y regresa vacía. No hay contestación, no salta el buzón, no encuentra nada a lo que aferrarse. Camina frente a los juzgados, atrapado en un vaivén inútil.

En el lado oeste del edificio, por donde tantas veces ha visto entrar a los arrestados, aparece un coche patrulla.

Quiroga gira el cuerpo antes de pensarlo y se acerca con la esperanza de ver a Fran sentado atrás.

Le preocupa cómo estará, si lo han herido en los calabozos, si alguien ha querido darle una de esas lecciones que dejan marca.

La puerta trasera se abre. Cuando Fran finalmente aparece, Quiroga siente que sus músculos se relajan.

Un agente lo ayuda a incorporarse, sujetándolo del brazo con la prisa habitual de los traslados.

Fran baja con torpeza, despacio, con su cuerpo aún rezagado respecto a su cabeza.

Lleva las manos esposadas por delante. Este detalle, que debería tranquilizarlo, produce en Quiroga el efecto contrario: lo vuelve más humano, más expuesto.

Fran se endereza con dificultad. Antes de avanzar, hace un gesto mínimo con las manos esposadas y se lleva una de ellas a la cintura, como si quisiera subirse el pantalón o recolocarse la goma de los calzoncillos.

El movimiento es breve, torpe debido a las esposas, casi ridículo.

Uno de los agentes apenas le presta atención.

El otro mira hacia la entrada de los juzgados, pendiente de abrir paso.

Quiroga sí lo ve.

No entiende el gesto, pero lo registra.

Examina a Fran sin disimulo: busca golpes, una herida, alguna grieta en la expresión. Lo ve cansado, con la camisa arrugada y las ojeras profundas.

—Soy el subinspector Quiroga —dice, adelantándose hacia los agentes—. No llevo la placa, pero… déjenme saludarlo un momento.

Uno de los policías duda. El otro mira a Fran, luego a Quiroga, y termina encogiéndose de hombros.

—Rápido.

Fran levanta las manos esposadas hacia él con un gesto que debería ser absurdo y, aun así, resulta de una humanidad desarmante. Intenta darle la mano como lo haría en un bar, en una realidad sin barro, sin pistolas ni jerarquías podridas.

Quiroga se la toma.

El contacto dura apenas un segundo, pero es suficiente para que algo pequeño y duro pase de la palma de Fran a la suya. Quiroga no se mueve. No baja la vista. Solo cierra los dedos por instinto, ocultando el objeto contra la piel.

Fran sostiene su mirada, sereno dentro del agotamiento, y le dedica un guiño casi imperceptible.

Quiroga convierte el apretón de manos en un abrazo breve, cuidadoso. Lo aprieta lo justo para que parezca un gesto de ánimo. Fran se deja llevar, agradecido, con una sonrisa cansada que habla por sí sola.

—Vamos —dice uno de los agentes.

Quiroga se separa. Fran suelta la mano y permite que lo conduzcan hacia la entrada de los juzgados.

Solo entonces, cuando los agentes ya le dan la espalda, Quiroga baja la vista a su palma.

Entre sus dedos, diminuta y húmeda, hay una tarjeta de memoria.