El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 47
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Marta avanza por el pasillo, con el eco del arma aún resonando en el salón. Siente al inspector Córcoles pegado a su espalda, complacido por el poder que ejerce.

—Vamos, inspectora. Al dormitorio. Y sin ideas raras.

Córcoles la escanea de arriba abajo y, justo cuando Marta está a punto de cruzar el umbral, él hace un gesto de satisfacción.

—¿Y esto?

Le introduce la mano en el bolsillo trasero. Marta reacciona de inmediato, gira el torso y le atrapa la muñeca.

—Hazlo y te la parto.

—Tranquila, mujer —se burla él—. Si me lo pones difícil, al final va a parecer que te gusta.

Tira del teléfono y lo levanta por encima del hombro, para exhibirlo con esa sonrisa despreciable que se cree a salvo de las consecuencias. Marta intenta arrebatárselo, pero él la empuja con el antebrazo contra el marco de la puerta.

—Dámelo, hijo de puta.

—¿Esto? —Córcoles lo pesa en su mano—. ¿El juguetito? Vaya cosas… Vienes aquí sin placa, sin arma y con un móvil en el culo.

En el salón, se oye a Ricardo acercarse, atraído por la tensión, alerta al cambio de tono.

—¡Dentro!

Córcoles empuja a Marta hacia la habitación con un golpe en la espalda. En el umbral, Nico intenta protestar.

—No hacía falta esto.

Ricardo lo interrumpe sin siquiera mirarlo.

—Hasta aquí ha llegado la charla. Ahora vais a aprender a escuchar.

Marta mantiene la mano apoyada en la madera. Respira. Se obliga a no golpear, a no gritar, a no regalarles lo que buscan. Luego acerca la oreja a la puerta y aguza el oído.

—Lo del fotógrafo no me preocupa —dice Ricardo.

—Lo tengo bajo control —presume Córcoles—. Y al lado, un tipo que no pide permiso para repartir hostias. En un par de horas se le quitarán las ganas de jugar a detectives.

Marta cierra los ojos un momento, se traga la culpa y la transforma en otra cosa. Fran no es su prioridad ahora porque, si ella se quiebra, se los llevan a todos. Esa idea la centra.

—¿Os dais cuenta de lo que estáis haciendo? —interviene Nico—. Esto se os va de las manos.

—Llegó el día de hacer limpieza, de la buena —dice Ricardo.

—No voy a permitir que hagáis daño a ninguno de ellos.

Ricardo no concede humanidad a nadie.

—Entonces asegúrate de que la inspectora siga acorralada. Eso es todo.

Marta aguanta la respiración y se pregunta cuánto falta para que transcurran esos veinte minutos que le dio a Quiroga, si es que de verdad entendió el encargo. Se aferra a eso con una fe que le provoca rabia: confiar en un sistema que la está devorando.

En el dormitorio del fondo, Lara se sube a la cama, estira los brazos hacia la parte alta del armario y palpa el borde donde antes escondió lo que debe conservar a toda costa.

Sus dedos reconocen las formas a las que se aferra: la maleta, la cámara desmontada y el peso del teleobjetivo. Todo sigue allí.

Exhala, y ese alivio dura poco. Baja de la cama y su memoria se dirige a la cocina, a la repisa alta donde dejó el teléfono de Fran, silenciado.

Se pega a la puerta y una frase se cuela por el pasillo, amortiguada.

—… Debiste ceñirte al plan. Esas hermanas no tendrían que estar aquí.

Lara apoya la frente contra la puerta.

—Aguanta —se dice en voz baja—. Aguanta, joder.

En el salón, Ricardo camina despacio, y al hablar lo hace como quien da instrucciones de agenda.

—Tú —le dice a Córcoles—, llama y asegúrate de que el traslado del fotógrafo se retrase lo suficiente.

—Con gusto.

Nico se mueve un palmo, incómodo. No parece tener espacio en su propio escenario.

—No hacía falta traerlo aquí.

Ricardo lo observa con frialdad.

—Siempre hace falta cuando empiezas a improvisar. Tú querías contención, pero has creado un foco.

—El foco lo has traído tú al entrar —replica Nico, con la voz baja—. Y ya sabes lo que pasa cuando la gente os mira.

—He hablado con quien tenía que hablar. Y lo que me han pedido no admite romanticismos.

Nico traga saliva, y se nota que se le escapa algo de las manos.

—No era esto lo que habíamos hablado —repite, casi para sí.

Córcoles se ríe.

—Ay, Vergara… Te estás volviendo blando.