El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 46
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Quiroga accede al Palacio de Justicia de Oviedo con la respiración agitada.

Atraviesa el vestíbulo, pregunta en un mostrador y, con la autoridad que le confieren su nombre, su urgencia y un tono que no admite negativas, se presenta.

Un funcionario levanta la vista de su ordenador.

—Soy el subinspector Emilio Quiroga. ¿Qué juez está de guardia?

—Inés Valcárcel.

—Necesito hablar con ella.

—La jueza está ocupada.

—Pues va a tener que ocuparse de esto también.

El funcionario lo observa con desconfianza. Quiroga se inclina sobre el mostrador, esforzándose por controlar el temblor de su voz.

—Dígale a la magistrada que vengo por una detención que huele a podrido.

—Eso tendrá que explicarlo mejor.

—Se lo explicaré a ella.

—No funciona así.

Quiroga apoya una mano en el mostrador. La otra, temblorosa, la esconde bajo la cazadora.

—Hay un civil retenido en Jefatura y no tengo claro que exista una diligencia seria que lo respalde. Si me equivoco, la jueza podrá echarme de aquí en treinta segundos.

El funcionario descuelga el teléfono.

—Espere ahí.

La puerta del fondo se abre al cabo de un minuto.

—Por aquí.

La jueza está sentada tras una mesa cubierta de expedientes, con un café junto al teclado.

Conoce a Quiroga desde hace años. Han coincidido en levantamientos, entradas urgentes y declaraciones a horas imposibles.

—Subinspector —dice ella—. Espero que no haya venido a convertir una intuición en un problema judicial.

—Ojalá fuera solo una intuición.

La jueza lo observa con atención. Ve la ropa empapada, la palidez y la respiración agitada.

—Tiene dos minutos.

Quiroga no los desperdicia.

—Fran Vallejo. Fotógrafo. Civil. Lo han detenido esta tarde y lo han llevado a calabozos. Oficialmente, le imputarán resistencia, desobediencia o cualquier cosa que quepa en un papel. Extraoficialmente, lo están usando para presionar a otra persona.

—¿Quién lo ha ordenado?

Quiroga aprieta la mandíbula.

—Blas Espinosa.

Algo cambia en el rostro de la jueza.

—Repita ese nombre.

—El comisario Blas Espinosa.

Valcárcel baja la vista al expediente abierto que tiene delante, aunque ya no lee nada.

Desde hace menos de una hora, el teléfono de su mesa parece pesar más que el resto del despacho.

Una llamada breve, demasiado medida, desde un lugar donde nadie llamaba a una jueza de guardia para hacer comentarios vagos.

No hubo órdenes ni instrucciones directas.

Solo una recomendación de estar localizable, la posibilidad de registros urgentes, una vivienda en las afueras y varios nombres que convenía no perder de vista si la noche se torcía.

El primero había sido ese.

Blas Espinosa.

La jueza deja el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Tiene pruebas de que Vallejo esté detenido de forma irregular?

—No. Pero estoy seguro de que él ha visto algo que a alguien de las grandes esferas le ha molestado.

El chico es un fotógrafo profesional que hacía un reportaje de investigación.

Rondaba alrededor de una casa en Cuyences, tras la pista de alguien que…

Bueno… Digamos que se dedica a hundir carreras profesionales.

La jueza se recuesta en la silla. Su mirada se desplaza hacia el teléfono, luego hacia la puerta cerrada del despacho. Quiroga nota que está calculando.

—Escúcheme bien, subinspector. Yo no voy a actuar porque usted entre aquí empapado y me traiga una sospecha.

—No le pido eso.

—Me pide algo muy parecido.

—Le pido que mire el libro de detenidos antes de que alguien lo reescriba.

La frase queda suspendida entre los dos.

Valcárcel descuelga el teléfono.

—Localíceme a Policía Judicial. Ahora.

Quiroga cierra los ojos una fracción de segundo.

La jueza espera con el auricular pegado a la oreja.

—Habla la jueza de guardia. Necesito una dotación en Jefatura de inmediato. Comprobación presencial de la situación de un detenido: Fran Vallejo. Quiero número de diligencias, hora de entrada, motivo formal de la detención, identificación del instructor, asistencia letrada y ubicación exacta.

Escucha unos segundos. Sus ojos no se apartan de Quiroga.

—No. No me sirve que me lo cuenten por teléfono. Quiero verificación y que lo traigan aquí inmediatamente.

Cuelga.

—Si me ha hecho perder el tiempo —dice la jueza—, tendrá un problema serio.

—Lo sé.

Quiroga asiente.

—No se marche del edificio, subinspector.