El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 45
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Ricardo Moreno termina de cruzar el umbral cuando Lara se adelanta, como un resorte.

—Tú… —Lo señala con el dedo, sin apartar la vista de sus manos—. Tú vas armado.

El consejero de Cultura ni se inmuta. Se sacude una gota del puño de su traje.

—¿Quién demonios eres? ¿El que manda ahora? ¿El que viene a rematar la faena?

Marta intenta agarrar a Lara del antebrazo, pero ella se suelta. Está al límite, todavía con el encierro pegado a la piel, y la presencia de ese hombre coloca el miedo delante. Con nombre. Con cara.

—Lara…

—No, Marta. Este no es «uno más». Este tiene cara de despacho. De esos que no se manchan.

Ricardo la observa como si evaluara un expediente.

—Vuelve atrás —le ordena.

Lara se ríe sin humor.

—¿Y si no?

Ricardo mueve la barbilla hacia Nico con desprecio.

—Te crees muy valiente porque él ha tenido la cortesía de no destrozaros la vida todavía.

Nico se coloca entre Ricardo y Lara justo cuando la habitación amenaza con partirse.

—Ni se te ocurra —dice Nico, seco.

Ricardo lo mira, sorprendido por la orden. Marta lo capta de inmediato.

—¿Me estás frenando? ¿A mí?

—Te estoy diciendo que aquí no —responde Nico—. Delante de ellas no.

Ricardo sonríe apenas.

—Has perdido el control, Vergara.

—El control lo perdiste tú en cuanto metiste esto en tu agenda —dice Nico.

—¿En mi agenda? —Ricardo da un paso, llenando el salón—. He venido porque tu «contención» ha hecho ruido. Y el ruido atrae.

Marta no se mueve. Observa la puerta, la cocina, el pasillo. Lara está a su izquierda, rígida. Nico y Ricardo ocupan el centro. Y el salón se siente de pronto más pequeño.

Ricardo baja la voz, sin perder autoridad.

—¿Sabes quién había ahí fuera hace un rato? —Se dirige a Nico—. Un tipo con una cámara. Husmeando igual que en un reportaje de naturaleza.

—Fran… —murmura Marta.

Ricardo vuelve la vista hacia ella.

—Exacto. Y, por si vas a preguntarlo: sí, está controlado. También lo están el subinspector Quiroga y el resto de esta… excursión.

Marta traga saliva.

—¿Controlado por quién?

Ricardo ni siquiera se vuelve hacia ella.

—Por gente que no se expone —responde y su frase cae con peso de jerarquía—. Acabo de reunirme con ellos.

Nico se muestra furioso.

—¿Has ido a verlos por esto?

—He tenido que ir. —Ricardo se encoge de hombros—. Porque tú, en lugar de apagar el fuego, has arrojado gasolina.

Nico da un paso hacia él.

—El fuego lo traes tú cuando apareces. Tú y los tuyos. Yo las saqué del radar.

Ricardo chasquea la lengua.

—¿Del radar? Has permitido a la inspectora reunirse en un café en el centro de Gijón con una fugitiva. Luego la traes aquí. Y te sorprende que el mundo se acerque.

Marta siente una punzada. Brenda. El Dindurra. La furgoneta detrás.

Lara cierra los puños.

—¿Así que tú…? ¿Eres el que manda a la policía a detener a gente? ¿El que mete a inocentes en calabozos?

Ricardo por fin la encara. Su expresión transmite superioridad.

—Inocentes… —dice, degustando la ingenuidad de la palabra.

Nico mantiene el cuerpo entre Ricardo y las hermanas.

—¿A qué has venido?

Ricardo se acerca un poco más a Nico, lo justo para que la conversación parezca íntima, aunque las hermanas escuchen cada sílaba.

—He venido a corregir —contesta—. A poner orden donde tú has improvisado.

Nico lo interrumpe, con voz baja y peligrosa.

—No toques a ninguna.

Ricardo lo mira, medido.

—¿Y si tengo que hacerlo?

La pausa se estira. Fuera, la lluvia ya casi no suena. Apenas les llega el zumbido de la carretera.

Marta habla por primera vez.

—¿Qué queréis?

Ricardo no le responde a ella. Se dirige a Nico, porque ahí se libra la verdadera guerra.

—Quiero que entiendas una cosa. Tú obedeces una lógica. Yo obedezco otra. Pero el monstruo es el mismo… y ahora nos observa.

Nico endurece el gesto.

—No voy a ponerlas en vuestras manos.

Ricardo sonríe.

—Ya veremos lo que harás cuando te cuente lo que te van a pedir.

Lara se acerca a Marta, con los ojos fijos en Ricardo.

—Marta… ese tipo… —susurra—. Es peor que Nico.

Marta no responde. Porque lo sabe.

Y porque Nico, plantado delante de Ricardo para protegerlas, confirma algo aterrador por lo que implica: Nico no ha venido para rendirse. Ha venido para elegir qué límite se cruza… y cuál no.

Un motor se apaga fuera. La vibración se filtra a través de las ventanas.

Nico se asoma, lo justo para confirmar lo que ya sospecha.

El consejero de Cultura deja caer, con esa voz que no tiembla:

—No iba a quedarme de brazos cruzados.

Se oyen pisadas en el barro de alguien que no duda del camino. Cuando Ricardo Moreno abre la puerta, entra el inspector Córcoles con el abrigo mojado y el pelo pegado a la frente.

Marta lo reconoce de inmediato, de su encuentro en la puerta de Psiquiatría, y revive la humillación con un regusto agrio.

—Vaya, vaya… —dice el inspector Córcoles, mientras barre el salón con la vista—. La inspectora Escudero. Siempre metiendo ruido donde no la llaman. No imaginas el enfado del comisario en cuanto se enteró de que seguías tocando las narices.

Lara abre la boca, pero Marta la frena con un ademán breve, instintivo, porque no está dispuesta a regalarle a ese hombre ni una sola frase que pueda usar luego.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Marta, sin apartar la vista de él.

Córcoles observa a Nico y a Ricardo como si estuvieran en el mismo bando.

—He venido a ver el espectáculo… y a comprobar que no hace falta mucho para apartar a quien molesta.

—¿Apartar? —repite Marta, aferrada a ese verbo.

Él sonríe un poco más.

—A ti te han sancionado. A Quiroga lo hemos tenido… entretenido. Y tu fotógrafo… ¿cómo se llamaba? Fran, ¿no?

—¿Qué le has hecho? ¿Dónde está? —pregunta Lara.

Córcoles ni siquiera se vuelve hacia ella. Se dirige únicamente a Marta.

—Está calentito en los calabozos. Acompañado. Para que entienda lo fácil que es equivocarse de puerta.

Marta siente que la sangre se le sube a la cara.

—¿Tú lo has ordenado?

El inspector alza un hombro.

—Yo no ordeno nada, Escudero. Yo cumplo. Y, cuando toca, sugiero —dice, con una sonrisa afilada—. Pero tranquila, no le pasará nada… si se porta bien.

Algo se le rompe a Marta por dentro. Se adelanta, y Nico se desplaza un palmo, alerta, sin tocarla. Ricardo observa con una calma incómoda, a la espera de que llegue el error que justifica el castigo.

—Eres un miserable —dice Marta.

Él alza las cejas, divertido.

—¿Así hablas ahora? ¿A pelo, inspectora? Vaya valentía.

La burla de Córcoles le llega directa a Marta. Ella gira la cabeza y ve el jarrón de cerámica sobre la mesa, el mismo que vibró con la palmada de Lara, y lo agarra sin pensarlo.

Lo lanza.

La cerámica se estrella contra la pared y se deshace en trozos y polvo, y el golpe corta la escena por la mitad. Lara se sobresalta, Nico da un paso instintivo, acorta la distancia, Ricardo se tensa por primera vez y Córcoles se queda quieto, con la sonrisa congelada.

Todos observan a Marta con su mano vacía aún levantada.

—¿Queréis orden? Pues aquí lo tenéis. Esto es lo que hacéis. Esto es lo que rompéis.

—Vaya… —dice Córcoles—. La inspectora se nos ha descontrolado.

Ricardo introduce la mano bajo la americana, saca el arma y la alza hacia el techo.

—¡Basta!

Todos obedecen de manera instintiva.

—¿De verdad vas a sacar eso aquí? —pregunta Nico.

Ricardo mantiene la pistola en alto.

—Se acabó el debate —responde y luego baja el cañón, lo justo para que el mensaje quede claro sin apuntar a una cara concreta—. ¡Separadlas!

Lara abre la boca para protestar, y Marta se le adelanta.

—Como la toques, te rompo la mano.

Ricardo gira el rostro hacia Lara.

—Tu hermana ya ha demostrado lo que hace cuando se pone nerviosa.

Lara intenta lanzarse de nuevo, pero Nico la frena con un brazo.

—Lara, no —dice y se le nota que esa orden también le cuesta—. Ahora no.

Lara lo mira con puro odio.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—Si lo haces, te va a costar caro —murmura Nico—. Y a ella también.

Ricardo no espera a que terminen. Señala con la barbilla hacia el pasillo.

—Una, al dormitorio del fondo. La otra, al otro. Ahora.

Córcoles se mueve por fin. Da un paso hacia Lara con la chulería de sentirse protegido por el uniforme, y Lara lo detecta de inmediato.

—¡Ni me roces, payaso!

Nico se aparta lo justo para que pasen. Ricardo le sostiene el pulso un segundo y luego aparta la vista como quien decide que esa discusión será después.

Marta se dirige hacia el pasillo. Siente el arma en el salón, a Córcoles detrás y a Lara al otro lado, empujada hacia la segunda puerta.

Entonces, Ricardo inclina un poco más el cañón, lo suficiente para que la amenaza se vuelva íntima y personal.

—Una más —dice en alto—, y la próxima cosa que se rompa no será de porcelana.