El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 44
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En el despacho, la calefacción está encendida, y aun así Brenda continúa con frío. Le nace bajo las costillas y se queda allí, adherido, como una segunda piel.

Tiene las manos sobre la mesa. Las mantiene quietas por pura disciplina, aunque sus dedos amenazan con delatarla.

A su lado, Anselmo Bueres conserva la espalda recta.

Viste el mismo abrigo oscuro con el que cruzó el vestíbulo del Tribunal Superior de Justicia de Asturias por un acceso lateral, acompañado por dos funcionarios y por el secretario judicial.

Al otro lado de la mesa, el presidente del Tribunal Superior permanece de pie junto a la ventana. Su postura transmite la gravedad de los hombres que entienden que ciertos asuntos pueden contaminar una institución completa.

No ha ofrecido café, ni ha fingido cordialidad, ni siquiera ha pronunciado una frase de cortesía al recibirlos.

Sobre la mesa ya reposan tres carpetas, dos discos duros en sobres antiestáticos y una memoria USB precintada.

En el suelo, junto a la pata izquierda del escritorio, dos cajas de archivo esperan cerradas con cinta marrón.

Las han subido hace unos minutos, después de comprobarlas con detector y de registrar a ambos en una sala contigua.

El presidente toma una de las carpetas, la abre por la primera página y lee el encabezado. Pasa dos hojas, luego otra. Su gesto no cambia.

—Necesito saber si han venido con pruebas o con miedo.

Anselmo traga saliva. Durante años ha respondido a jueces, fiscales y comisiones disciplinarias con una habilidad que rozaba la insolencia. Hoy, en cambio, cada palabra parece exigirle un precio.

—Con ambas cosas —responde—. Y con una decisión.

El presidente alza por fin la vista. Primero hacia él, después hacia Brenda.

—Una decisión no basta para activar este despacho fuera del cauce ordinario.

—Lo sabemos —dice Brenda.

—Entonces, empiecen por el principio —ordena él—. Y no intenten adornarlo.

Anselmo posa las manos sobre la mesa. Esta vez no oculta el temblor.

—El principio es que formé parte de esa maquinaria.

No fui un inocente. Tampoco un simple abogado contratado para redactar documentos.

Vi expedientes que nunca debieron salir de determinados despachos.

Preparé sociedades, revisé contratos, validé pagos y ayudé a ocultar la contabilidad real de una red que, en aquel momento, me vendieron como una estructura de influencia.

Brenda suspira con inquietud. Habían acordado decirlo todo, pero escucharlo en voz alta tiene una violencia distinta.

—¿Qué tipo de contabilidad? —pregunta el presidente.

Anselmo abre la carpeta más gruesa y extrae varias hojas marcadas con pestañas amarillas.

—La que no aparece en balances. La de las campañas que nadie declara, los informes médicos que cambian de destinatario, las adjudicaciones amañadas, las consultas privadas que sirven de tapadera, las becas concedidas a hijos de personas útiles, las deudas de juego pagadas a cambio de obediencia, los préstamos que no se devuelven porque en realidad son cadenas.

El presidente no toma notas, solo escucha.

—Continúe.

—Al principio, creí que era corrupción común. Sucia, peligrosa y, a veces, criminal, por supuesto. Pero reconocible. Políticos, empresarios, mandos policiales, intermediarios, médicos, jueces de menor rango, periodistas comprados… Lo habitual en los círculos podridos del poder.

—¿Y dejó de parecerle habitual?

Anselmo asiente con resignación.

—Fue cuando comprendí que los favores no se pagaban con dinero, o no solo con dinero.

Se pagaban con deuda. Una plaza, un ascenso, un archivo, una sentencia leve, una noche en un hotel, una foto, un consumo, una enfermedad, una hija, un hermano.

Algo que podía guardarse en una carpeta y usarse años después.

Quien quería ascender debía pasar por "el agujero", como algunos lo llamaban.

Pasar por el agujero y salir debiendo la vida.

Brenda baja la cabeza, porque esa frase también le concierne.

El presidente deja la carpeta sobre la mesa.

—Está describiendo una organización.

—Estoy describiendo un sistema contaminado —corrige Anselmo—.

Una organización tiene límites. Esto se nutre de muchas.

Toma lo que necesita de cada ámbito y deja en cada uno a alguien comprometido.

Asturias es una pieza, no el tablero. Hay intereses en Madrid, en clínicas privadas, en constructoras, en partidos políticos, en fundaciones culturales, en despachos de abogados, en cuerpos policiales y en empresas que simulan actividades legítimas.

No abarco todo, ojalá. Llego hasta donde mi posición me permitió ver.

—¿Y lo guardó?

Anselmo tarda en responder.

—Sí.

—¿Por conciencia?

El abogado inclina la cabeza con amargura.

—Al principio, por miedo. Para protegerme.

Cuando entendí que estaba involucrado en algo que podía devorarme, empecé a copiar movimientos, nombres, fechas, transferencias, reuniones, matrículas, notas manuscritas, grabaciones.

No para denunciar, sino para que, si intentaban hundirme, alguien tuviera motivos para pensárselo.

—Eso no lo deja en buen lugar.

—No he venido a quedar bien.

El presidente cambia de postura y suena un leve crujido de la madera bajo sus zapatos.

—Entonces, dígame a qué ha venido.

Anselmo mira las cajas en el suelo.

—A entregar lo que recopilé. A declarar. A firmar lo que sea necesario. A aceptar que seré investigado. A asumir mi parte. Y también a evitar que esto se reduzca a una nota interna, a un expediente extraviado o a una filtración selectiva en prensa para volver a convertirme en un loco.

Brenda levanta la barbilla. La palabra también la roza a ella: loca, cómplice, hija de un monstruo, cirujana caída, desaparecida, sombra.

—A mí me hicieron lo mismo —dice—. Me transformaron en una versión de mí que no podía defenderse.

Primero fui útil, luego incómoda, después prescindible.

Me dejaron como escoria, señor presidente.

A él también. Cada uno pagó de una forma distinta el haber entrado en una habitación de la que no se sale igual.

El presidente apoya las manos en el respaldo de su silla.

—Usted también fue parte.

Brenda no se inmuta ante la acusación. La necesitaba. Quizás por eso el dolor es menor de lo esperado.

—No vengo a pedir que me limpien el nombre.

Firmé informes, callé cuando debía hablar, miré hacia el lado que convenía.

Acepté favores de mi padre y de sus colaboradores.

Me convencí de que todo tenía una explicación menos terrible, porque necesitaba creer que aún podía vivir con lo que sabía.

Y cuando quise marcharme, ya no tenía una vida a la que volver.

—¿Qué cambió hoy? —pregunta él.

Brenda toma la palabra:

—La inspectora que está haciendo lo que otros dejaron de hacer. La han empujado, la han apartado, han usado a su hermana, a su pareja, a sus antiguos compañeros. Han sembrado el miedo a su alrededor hasta que todo el mundo entendiera el mensaje. Y aun así, no se ha detenido.

Anselmo añade:

—Hoy han cruzado un límite porque ya no buscan tapar un error.

Buscan borrar personas. Usan la comisaría, los juzgados, despachos políticos, teléfonos oficiales.

Lo hacen con una naturalidad obscena. Si Ricardo Moreno decide actuar, mañana habrá una versión creíble, firmada y sellada, donde ella será la culpable de todo.

El presidente endurece el rostro.

—¿Ricardo Moreno?

Anselmo señala una de las pestañas rojas de la carpeta.

—El consejero de Cultura. Está en las grabaciones, en varias reuniones y en dos listados de aportaciones.

No manda en toda la estructura, pero tiene poder operativo en Asturias.

Controla contactos, favores y daños. Nico Vergara aparece como intermediario de campo.

Blas Espinosa, como pieza policial. Córcoles y Valdés, en los niveles menores.

Hay más nombres. Algunos ni imaginan la cantidad de veces que los han utilizado.

—¿Y por qué no entregaron esto antes?

Anselmo cierra los dedos sobre el borde de la mesa. La pregunta lo alcanza donde más duele.

—Porque soy un cobarde.

Brenda se gira hacia él. No le interrumpe.

—Porque pensé que podía negociar mi caída.

Porque me dije que aún había tiempo, que si esperaba encontraría la manera de salvar alguna parte de mi reputación.

Porque cada vez que tenía valor para dar un paso, aparecía una amenaza, una advertencia, un recordatorio de lo fácil que resulta destruir a una persona.

Y porque, durante demasiado tiempo, preferí sobrevivir a hacer justicia.

La confesión queda suspendida entre los tres. Brenda siente que algo se mueve dentro de su pecho: la certeza de haber dejado de fingir.

—Yo tampoco lo hice porque me faltó valor —admite ella—. Huí. Me escondí. Me protegía a mí misma.

El presidente recupera el bolígrafo y escribe una nota breve en una hoja membretada.

—Quiero que entiendan bien algo. Si doy curso a esto, no podré protegerles de la justicia.

—No hemos venido a eso —responde Anselmo.

—Sí podré proteger el material. Podré sacarlo del circuito que ustedes consideran comprometido.

Podré activar una investigación con garantías y dar traslado a quien corresponda.

Podré impedir que una detención irregular se convierta en una coartada.

Podré ordenar custodia, entradas y registros, declaraciones inmediatas.

Lo que no voy a hacer es convertir este despacho en refugio moral de nadie.

Brenda nota que, por primera vez en meses, alguien les habla como a adultos responsables de sus actos. No como instrumentos ni desechos.

—Lo aceptamos —dice.

El presidente se sienta. Su espalda no toca el respaldo.

—Esto no va a seguir por la vía habitual —dice—. Ni por la vía cómoda. Necesito una respuesta concreta. ¿Hay riesgo inminente para la inspectora?

—Sí.

El presidente toma el teléfono fijo.

Anselmo baja la vista hacia las cajas. Brenda también. Ahí dentro hay años de podredumbre, fechas, nombres, favores, deudas, renuncias, trayectorias compradas y vidas quebradas para que otros pudieran ascender limpios.

Brenda nota que sus dedos han dejado de temblar.

No porque esté a salvo, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, ha dejado de esconderse.