El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 43
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Nico gira la llave y siente la puerta obstruida.

Da varios empujones, hasta que, al otro lado, Lara aparta la silla que bloqueaba el pomo.

Cuando cruza el umbral, Marta ve a Lara correr hacia la cocina y apoyarse contra el mueble, con una sartén en la mano, aún temblorosa.

Se miran un instante, el tiempo justo para reconocer que siguen vivas.

Marta se acerca y la agarra del antebrazo, fuerte, sin caricias.

—¿Estás bien?

—¿Qué te parece? —responde Lara, con una voz afilada—. Me tienen encerrada en una casa con barrotes, por culpa de ese desgraciado.

Detrás, la puerta se cierra.

—Ya está —dice Nico en tono doméstico—. Ya estáis juntas.

Lara suelta una risa corta.

—¿Juntas? ¿A esto llamas «estar juntas»? ¡Me has dejado bajo llave, hijo de puta!

Marta levanta una mano para marcar el ritmo. Quiere que Nico hable.

—¿Por qué has encerrado a Lara en esta casa?

Nico observa el salón, las persianas a medio subir, la silla junto a la puerta, el mueble corrido unos centímetros.

—Porque este lugar es seguro.

—¿Seguro para quién? —Lara avanza hacia él—. ¿Para mí o para ti?

—Para vosotras.

—Ahórrate ese «vosotras» —le rebate Lara—. No tienes derecho a hablar así. ¿Sabes lo que es estar aquí, entre barrotes y con la puerta cerrada por fuera?

Marta se mantiene cerca de Lara, con el cuerpo echado hacia delante y lista para abrirlo en canal.

—Te has presentado en nuestras vidas cuando has querido —dice Marta—. Has abierto puertas, has dejado pistas, has movido gente. Y luego has exigido silencio. ¿Qué eres en realidad?

—Alguien que llega antes.

Lara le apunta con el dedo.

—¿Antes de qué? ¿De que nos mates tú? ¿O de que nos mate «alguien»? Porque ya no sé a quién debo temer más: si a los que mandan arriba o a ti y tu puto discurso.

Marta se contiene, con la voz bajo control.

—Has vigilado a mi hermana. Me has vigilado a mí. Has rondado por ahí, incluso cuando éramos incapaces de verte. Dilo.

Nico deja que la acusación caiga sobre él sin apartar la vista de Marta.

—Sí. Os he vigilado.

Lara siente esa acusación como una bofetada. Da un paso, luego otro, y Marta le coloca una mano en el pecho para contenerla.

—¿Para qué nos has vigilado? —pregunta Marta.

Nico respira hondo.

—Porque había una amenaza real alrededor de vosotras.

—¡Ahí está! —Lara se enoja aún más—. La amenaza. Siempre la amenaza. La excusa perfecta. «Te encierro porque te protejo». «Te asusto para que no te pase nada».

—Lo hice por protección, no por control.

Marta da un paso y dice:

—Entonces, explícame la deuda de Lara. Explícame tus «apariciones». Explícame el numerito del monte del Naranco. Explícame por qué Fran está detenido.

El nombre de Fran atraviesa la casa y deja una estela. En el rostro de Marta se dibujan varias emociones: un segundo de culpa, otro de rabia.

Hay hartazgo en el rostro de Nico.

—Lo de la deuda… lo de aparecer cuando hace falta… obedece a una lógica de contención.

Lara da una palmada contra la mesa y hace vibrar un jarrón de cerámica.

—¡Contención! ¿Y esto qué es? ¿Esto también es contención? ¿Encerrarme aquí entre barrotes? ¿Hacer que la policía se lleve a Fran? ¿Perseguir a Marta? ¿Eso es contener?

Marta se le adelanta con una réplica que corta el paso a Nico.

—Te has convertido en un monstruo. Y lo peor es que todavía te crees el bueno.

Nico da un paso hacia un lado para evitar quedar arrinconado. Las hermanas le cierran las salidas.

—No os hemos seguido para destruiros.

La casa se sumerge en un silencio que apaga hasta la lluvia.

Lara traga saliva.

—¿Hemos? ¿Quiénes?

Marta permanece inmóvil, con la mirada fija en Nico.

—Ahí está el hueco —dice ella—. «Otros». Los de arriba. Los que tú evitas mencionar. Los que te han cambiado.

—Vuestra vida no es solo vuestra —dice Nico, sin orgullo—. Y eso es lo que a vuestro padre le quitaba el sueño.

Lara estalla.

—¡No metas a Mauricio en tu mierda! —Da un paso tan rápido que Marta tiene que agarrarla del brazo—. ¡No lo uses para justificarte! ¡Nosotras no te pedimos nada!

—No. No me lo pedisteis.

Marta toma la iniciativa, con la voz endurecida.

—¿Dónde está Fran?

Nico parpadea despacio.

—Ya está tocado. Y lo supiste en cuanto lo trajiste a Cuyences.

El comentario hiere el orgullo de Marta y también despierta su miedo.

—No me des lecciones. Dame un lugar. Dame un nombre. Una salida.

Nico observa la puerta y luego las ventanas con barrotes.

—La salida era que os fuerais —dice.

Lara por fin se suelta del agarre de su hermana y se sitúa muy cerca de Nico, lo suficiente para que él tenga que retroceder.

—Y la salida es que dejes de llamarte «ángel». Porque lo tuyo no es proteger. Es poseer.

Nico permanece inmóvil unos segundos, con esa palabra resonándole en un lugar profundo.

Marta habla en un tono más bajo, letal.

—Te voy a decir tres cosas que van a suceder ahora mismo: nos dejas salir, nos dices cómo sacar a Fran y nos cuentas qué has financiado con lo que te llevaste.

Nico respira despacio.

—Te has quedado con el dinero de la herencia de Mauricio —dice Marta, llenando el salón—. Y has empujado a Brenda a vivir escondida, a la clandestinidad, a ser perseguida y juzgada… ¿Tan mala vida te dio Mauricio?

Marta y Lara lo tienen cercado con la mirada.

—Tú no lo entenderías —dice él al fin.

Lara suelta un bufido.

—Claro. La salida fácil del cobarde.

Nico clava los ojos en Lara.

—Hay decisiones que no son bonitas. Ni justas. Ni limpias.

Marta ladea la cabeza.

—¿Y aun así las tomas tú?

—Alguien tiene que hacerlo.

—No te pregunté por «alguien». Te pregunté por ti. ¿Por qué haces todo esto?

Lara avanza un palmo con los puños cerrados, sin disimular el temblor que le queda del encierro.

—¿Por qué? —repite—. ¿Qué ganas? ¿Qué te dan?

Nico abre la boca para soltar una de sus evasivas, y se detiene.

—Porque no sé hacer otra cosa.

—¡Mientes! —Lara grita la acusación y da un paso. Marta se pega a su lado.

Nico retrocede. Un paso. Luego otro. Busca la ventana, busca la puerta.

—No me vengas con el cuento de «lo hice por vuestro bien» —dice Marta—. Eso se lo dices a un juez, si te queda valor.

Nico niega.

—La justicia que tú entiendes… no es la única.

—¿Y la tuya cuál es? ¿La que destroza gente brillante? ¿La que hunde carreras? ¿La que encierra a mi hermana tras barrotes?

—¿Crees que todo es blanco o negro? —reacciona Nico, y la frase le sale cargada—. Esa cabeza tuya… Esa manía de llamar monstruo a cualquiera que no encaje… Te ha convertido en una persona agotada, insegura e infeliz.

Lara lanza una carcajada amarga.

—¿Ahora también vas a psicoanalizarla?

Marta deja que él hable.

—Llevo años viéndote sufrir —añade Nico, sin apartar la vista de ella—. Y nunca entendiste las señales.

—Yo no te pedí señales.

Nico abre las manos, resuelto al fin a decir lo que había evitado.

—Le hice un juramento a Mauricio. Le juré que os protegería. A las dos.

Lara da un paso más, tan cerca que Marta nota el calor de su rabia. Nico no tiene espacio para retroceder sin chocar contra la pared.

—¡Pues vaya protección! —grita Lara, a punto de levantar el puño—. Das asco.

—Hice todo lo posible, hasta que Marta y su cabezonería os trajeron hasta aquí.

—Oye —interrumpe Marta—, ¿fuiste tú quien llamó a Lara para animarla a venir a Asturias?

—No.

—¡Mentiroso! —le recrimina Marta.

Nico señala a Lara.

—¿Es eso cierto? ¿Alguien te llamó para que vinierais?

Lara niega, su nerviosismo es evidente.

—Me lo inventé, joder.

Marta le aprieta el brazo.

—¿Estás de coña?

—Tenía que convencerte de alguna manera, pero eso ahora mismo no tiene importancia.

—Aun así, sabía que tarde o temprano vendríais buscando respuestas —dice Nico—. Era lógico. Con Brenda desaparecida y una herencia de por medio…

Marta golpea la mesa.

—Ahora que sacas el tema, ¿quién eres tú para apropiarte del dinero de Mauricio Vega?

Nico traga saliva. Va a contestar, cuando un sonido lo interrumpe.

Una llave entra en la cerradura.

Los tres se giran a la vez.

La puerta se abre.

Entra Ricardo Moreno, el consejero de Cultura, con el traje oscuro empapado y el pelo demasiado perfecto para un hombre que viene de la lluvia.

Trae esa autoridad antipática de quien cree que el espacio le pertenece y no pide permiso para ocuparlo.

Sus ojos recorren la estancia con un gesto de dueño.

Cierra tras de sí con suavidad y observa a las dos hermanas como a un estorbo administrativo.

—Todos atrás —ordena, sin levantar la voz—. Esto ya ha durado bastante.