El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 42
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El teléfono sigue abierto y la voz de Lara se entremezcla con crujidos. Hasta la línea parece vibrar con ellos.

—Te lo repito, Marta: el tractor es verde. Está al otro lado de la carretera. Si lo veis, es ahí.

Marta observa el asfalto mojado que atraviesan a toda velocidad.

El limpiaparabrisas no para de moverse, sin lograr borrar la imagen que se le ha grabado por dentro: Fran en un calabozo, encerrado con un tipo que quiere desquitarse con el primero que se le ponga delante.

Un nudo se le forma en el estómago, porque lo ha arrastrado a esta situación y la hace sentir más culpable.

—Lara, escucha. Estamos llegando.

—No tardéis. No tardéis, por favor.

Quiroga conduce con las manos agarrotadas, aunque su rostro delata que su cuerpo aún no le pertenece del todo.

Marta baja la voz y aprovecha un tramo recto.

—¿Qué hacemos con Fran?

Él demora un instante la respuesta, mide bien qué va a decir.

—Ahora mismo… poco.

—¿Cómo que poco?

—Me han quitado la placa, el arma y cualquier margen. Mis contactos «fiables» no van a mover un dedo contra Espinosa. Si los llamo, los pondré en el punto de mira.

Marta consulta el retrovisor. No hay nadie, pero ya no se fía de lo que ve.

—No puedo abandonarlo ahí.

—No lo estás abandonando. Estás priorizando. Primero sacamos a tu hermana. Luego ya veremos cómo rescatamos a tu… amigo.

A Marta le duele que lo diga así.

Lara vuelve a entrar en la conversación:

—¿De verdad venís? Porque yo aquí… no aguanto otra sorpresa.

—Llegamos en nada —responde Marta—. Mantén la cabeza fría y no abras a nadie.

—No puedo abrir a nadie, por si te sirve —responde Lara, con bufido de histeria contenida—.

La puerta está cerrada a conciencia, las ventanas tienen barrotes…

¡Esto es una puta cárcel! ¿Tenéis algo para forzar la puerta?

—insiste Lara—. Y no me digáis «un destornillador», porque no la abriréis ni de coña.

Quiroga acelera al salir de una curva y responde sin apartar la vista de la carretera.

—Encontraremos el modo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo —dice él.

El coche se adentra en un tramo más estrecho. Casas dispersas. Parcelas con cercas húmedas. Setos desordenados por el agua. Marta observa las cunetas, los accesos y los caminos que descienden hacia fincas ocultas, con la idea de que, si se equivocan de entrada, perderán minutos que no tienen.

—Lara, ¿ves la carretera desde la ventana? —pregunta.

—Sí, si aparto la cortina.

—¿Hay algún cartel? ¿Un edificio singular? ¿Algo que llame la atención?

—Hay maleza. Y una casa más nueva a unos metros, al fondo. Y el tractor. Marta, el tractor.

Quiroga reduce un poco la velocidad, como si quisiera que el tramo les hablara.

—Si el tractor no está, estamos jodidos —murmura.

Doblan otra curva y se abre un claro. Marta siente que el pecho se le adelanta al cuerpo, esperando verlo: el verde del tractor, la casa amarilla, el barro, los barrotes.

Marta piensa en la maleta, en los papeles de Mauricio donde aparece Nico. Recuerda lo que ha dicho Quiroga antes y lo suelta de golpe:

—Si esas pruebas son reales, tal vez deberíamos ir al juzgado.

Quiroga suelta una risa breve.

—¿A qué juzgado? ¿A qué juez? Marta, en cuanto pongas eso sobre una mesa, saltará una llamada y esa maleta desaparecerá antes de que te sellen un recibo.

—¿Estás diciendo que también están comprados?

—Estoy diciendo que no sabemos quién está limpio —responde—. Y cuando no lo sabes, no te entregas.

Marta no responde, porque una parte de ella ya lo sabe desde hace días: en este caso, el suelo se mueve bajo sus pies, da igual dónde pises.

Quiroga mira por el retrovisor y se queda quieto medio segundo.

—Hay un coche detrás.

—¿Qué coche? —pregunta Marta.

—Una furgoneta.

Marta siente un frío rápido en la espalda.

—¿Blanca?

Quiroga asiente, con las manos aún firmes en el volante.

—Blanca.

En el teléfono, Lara reacciona enseguida.

—¿Una furgoneta blanca? Marta… ¡Es Nico! Me trajo hasta aquí en esa furgoneta.

El mundo se concentra en un punto: la carretera estrecha, la lluvia fina, una casa-cárcel escondida y, detrás, el mismo vehículo que ya forma parte del terror.

Marta recuerda la frase de Fran maldiciendo una furgoneta en una curva. También la calma de Nico en el retrovisor, su forma de no correr nunca porque no lo necesita.

—No cuelgues —le dice a Lara—. No cuelgues pase lo que pase.

Quiroga cambia de marcha y acelera un poco más. La furgoneta también lo hace. Marta lo ve por el retrovisor: el morro blanco se recorta, cada vez más grande, cada vez más cerca.

Delante, por fin, a la salida de la siguiente curva, aparece una mancha verde al otro lado del arcén.

El tractor.

—Ahí está. Ese debe ser —dice Marta, y la frase se le queda pegada al paladar.

Quiroga levanta el pie del acelerador. Mira de reojo por el retrovisor, calcula la distancia con la furgoneta que les sigue.

—¿Y qué hago? ¿Me paro en seco?

—Sí —responde Marta—. ¡Ahora!

Quiroga pisa el freno y el coche cabecea hacia delante. Enciende los cuatro intermitentes y el parpadeo naranja rebota en el agua del asfalto.

—¡Os veo, os veo! —grita Lara al teléfono desde la ventana.

La furgoneta blanca clava los frenos detrás, demasiado cerca.

El motor del Golf queda al ralentí. La respiración de Lara sigue al otro lado del teléfono, comprimida.

—¿Y si aparece el tipo armado de antes? —pregunta Quiroga, sin apartar la vista del retrovisor—. El que vio tu hermana.

Marta aprieta el móvil contra la oreja, aunque la voz que usa ya no es para Lara. Es para Quiroga.

—Déjame salir y vete.

—¡¿Qué dices?!

—Que te vayas —repite—. Ya te he metido bastante en la mierda. Lo último que pienso hacer es arrastrarte a una ratonera.

—Marta…

—Vete al juzgado, y si en veinte minutos no recibes una llamada mía, da la alerta.

—Sabes muy bien que no voy a dejarte sola.

Marta mira por el espejo lateral y ve bajar a Nico Vergara.

Ella abre la puerta y saca un pie al asfalto, aún con el móvil en la oreja. La voz de Lara se convierte en un susurro.

—Marta, no…

—Escucha —dice Marta, en un tono muy bajo—. Cuelga y silencia el teléfono. Guárdalo en un lugar seguro.

Quiroga la agarra del antebrazo lo suficiente para detenerla.

—No voy a irme.

—Es una orden.

—No puedes hacerlo —responde él.

Nico ya está a unos metros, avanza por el arcén empapándose.

—Aunque sea por los viejos tiempos —dice Marta, y su voz le sale con un temblor controlado—. Hazlo por mí.

Quiroga observa a Marta, luego a Nico, y vuelve a ella lleno de una rabia que no sabe cómo canalizar.

—Me cago en…

Marta sale del coche y cierra la puerta de golpe. Da un paso adelante con los ojos fijos en Nico.

Quiroga pone el motor en primera y se aleja despacio.

Y entonces, por primera vez, Marta se enfrenta sola a Nico Vergara, el ángel.

El silencio entre ella y Nico no dura mucho. Él se detiene a unos pasos.

—¿Dónde está mi hermana?

—Ahí dentro, esperándote.