El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 41
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Lara percibe un chirrido metálico que se cuela por la ventana abierta. Es un sonido fino e insistente que le eriza la nuca. A través de esa misma ventana había visto a Fran hace poco, y por ella había recogido su cámara y su teléfono.

—Mierda, mierda, mierda… —susurra.

—¿Qué pasa? —pregunta Marta al otro lado, con la voz ya ahogada.

Lara se acerca a la cortina.

—Hay un tipo abriendo la verja de fuera. Lleva traje y corbata… Joder, está mirando alrededor. No quiere que nadie lo vea entrar.

—¿Dónde estás?

—Nico me dijo que fue la casa de los padres de Mauricio Vega. Junto a una carretera… cerca de la casa que visitamos ayer, la de Anselmo.

—Descríbemela.

Lara traga saliva mientras el hombre se dirige hacia la finca.

—La fachada está desconchada, hay maleza… Está delante de un tractor. Sí, había un tractor al otro lado del arcén. Tiene barrotes. Marta… viene hacia aquí.

—No le dejes entrar —ordena Marta—. Vamos para allí.

Lara oye unas llaves y se le hunde el estómago.

—Joder… tiene llaves. ¿Qué hago?

—Bloquea la puerta con un mueble, una mesa… lo que sea. Que le cueste empujar.

—Voy.

—No pierdas tiempo. Deja la llamada abierta.

Lara apoya el teléfono sobre una silla, con el altavoz hacia arriba, y se dirige al mueble macizo que apenas ha logrado mover antes.

Es el mejor candidato para hacer de barrera, aunque pese una barbaridad.

Lo agarra por un extremo y tira para orientarlo hacia la puerta.

El mueble araña la madera del suelo con un sonido que la delata y le acelera el pulso.

—Vamos… vamos… —masculla.

Empuja fuerte, con las zapatillas clavadas en el suelo. El mueble cede unos centímetros. Luego otros pocos. No llega ni a treinta. Lara observa la distancia que falta y entiende que no va a conseguirlo, así que abandona el plan antes de que la desesperación la haga perder más tiempo.

Agarra una silla y la coloca contra la manilla de la puerta, para que el respaldo se quede encajado.

—Esto te va a joder, guapo —escupe.

Le llegan pasos al otro lado de la puerta.

Cerca. Demasiado cerca. En ese momento, deja de pensar en bloquear y comienza a pensar en sobrevivir.

Corre a la cocina, abre cajones sin cuidado y encuentra una sartén y un rodillo de madera.

Agarra los dos, duda sobre cuál pesa más y cuál hará más daño.

La sartén gana. El rodillo lo guarda bajo el brazo.

Vuelve al salón, se coloca junto a la puerta, pegada a la pared, y respira despacio para no hacer ruido. Presta atención. La llave entra en la cerradura. O eso cree.

Pasan diez segundos.

Veinte.

No hay giro.

No hay empujón.

Lara parpadea, desconcertada, y camina de puntillas hacia la ventana. Se asoma lo justo.

El hombre se encuentra dentro de la finca, a medio camino entre la carretera y la fachada. Permanece de espaldas, con el teléfono en el oído, y su postura es la de alguien que manda, no la de alguien que duda.

Lara vuelve a la silla donde dejó el móvil.

—Marta.

—Te escucho. Vamos lo más rápido que podemos. ¿Sigue ahí?

—Sí. Habla por teléfono.

—¿Te ha dicho algo?

—Nada. Debe haber oído el mueble o la silla… y se lo está pensando.

—Descríbemelo.

Lara vuelve a asomarse por la cortina.

—Alto. Se le ve cuadrado, se cuida. Lleva ropa cara. Cincuenta años, más o menos. Pelo moreno… Fijo que está tintado. Lleva perilla y bigote.

El extraño se detiene en seco.

—Hostias…

—¿Qué pasa?

Lara se pega más al cristal, con el estómago encogido.

—Que es el tipo ese, el consejero de Cultura, el del folleto que vimos… ¡El que se parecía a Tony Blair! Mierda, mierda, mierda… En la otra mano tiene una pistola.

Marta enmudece al recordar el nombre, Ricardo Moreno, y Lara lo nota en la línea: ese vacío que da miedo.

—Joder, Marta… que viene a por mí. Que viene a por mí… y yo queriendo defenderme con una puta sartén. Date prisa, que me vas a encontrar fiambre.

—Lara, ¡agáchate y baja la voz! Que no te oiga. ¿Sigue al teléfono?

—Sí… Pero ahora ha dado unos pasos hasta la portilla. Se está girando hacia mí.

—¿Te ha visto?

—No. Tengo la cortina.

—Bien. Calma. Voy con Quiroga. Estamos en la autovía. Llegamos en quince minutos.

Lara contiene el aliento.

—Acaba de guardar la pistola en el cinturón. Ha terminado la llamada.

—¿Qué?

Lara sigue cada movimiento.

—Que acaba de cerrar la portilla. Se va, Marta. Se pira.

—¿Hacia dónde?

—Hacia la derecha.

—Eso es bueno. Así ganamos tiempo. Y ahora, dime ¿cómo acabaste ahí?

Lara se apoya en la pared, sin bajar la sartén.

—He sido una ingenua. Fui a casa de Anselmo y, de repente, apareció Nico. Me dijo que lo acompañara. Me trajo aquí y me comió la cabeza con historias que ni él mismo se creía. Luego dijo que iba a buscarte. ¿Te encontró?

—Hui a tiempo. He estado con Brenda.

—¿Brenda?

—Ya te contaré.

El salón está lleno de papeles, carpetas y recortes.

—Oye… Encima de un armario he encontrado una maleta vieja. Estoy segura de que era de Mauricio.

—¿Qué hay dentro?

—Documentos. Cosas sobre ti y sobre mí que te van a flipar. También información de Brenda, un diario sobre Nico, papeles de los tejemanejes para ayudar a gente a llegar arriba. Pruebas, Marta.

—¿Las has guardado?

—No. Lo tengo todo repartido.

—Pues guárdalo. Mételo en la maleta y déjala donde estaba. No podemos permitirnos que Nico la encuentre.

Lara mira la mesa, luego la ventana.

—Voy.

Recoge las carpetas y los folios sin orden.

—¿Crees que aparecerá por aquí?

—Esperamos llegar antes que él.

En el coche, Marta escucha de repente un lamento de Quiroga.

—¡Mierda!

—¿Qué pasa? —pregunta Marta, de forma automática—. ¿Falta gasolina?

—Me está sonando el teléfono —responde él, con la voz tensa—. Joder… es Blas Espinosa.

—¿El comisario?

Quiroga asiente sin volverse hacia ella. Marta golpea el salpicadero con rabia.

—Esto se va a la mierda. Seguro que te tiene intervenido. ¿Estás localizado?

—Solo hay una manera de averiguarlo.

Activa la llamada.

—Comisario, ¿qué quiere?

La voz de Blas Espinosa llega amable, demasiado amable.

—Me he enterado de que te dieron el alta. Supongo que habrás regresado a casa a descansar y a seguir los consejos del médico.

Quiroga busca a Marta con los ojos, y ella entiende la orden silenciosa: sigue el juego.

—Pasé un momento por el supermercado.

—¿Todo va bien?

—Sí, sí.

Hay una pequeña pausa. Una sonrisa que se percibe sin ser vista.

—Te llamaba para desearte una pronta recuperación y, de paso, para que le digas a tu amiga que deje de entrometerse. Le advertí de las consecuencias si no regresaba a Alicante.

Marta contiene la respiración.

—Su novio está ahora mismo en el calabozo, detenido —continúa Espinosa—. Andamos justos de espacio y comparte celda con un tipo alto y enfadado con ganas de problemas. Quiero que se lo digas, ¿de acuerdo?

El comisario cuelga.