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Marta se queda paralizada en el arco del salón privado, con la respiración contenida y la espalda pegada a la pared, mientras el murmullo del Dindurra continúa ajeno a todo.
La aparición de Nico en el salón principal no puede ser casualidad.
Debe haberla localizado a ella o a Brenda.
Quizás a ambas. Lo único que sabe es que está ahí abajo, a pocos pasos, en el mismo edificio, y que su margen de maniobra se ha agotado.
Piensa en Lara y ese nombre le devuelve la mirada de Brenda, su miedo, su frase ineludible: «Él es quien tiene a Lara». Nico no es de fiar. Nunca lo ha sido. Aun así, lo tiene al alcance de un gesto.
Podría asomarse, llamarlo con una señal, obligarlo a subir.
Podría ganar minutos. Podría incluso sacarle una respuesta.
Pero al imaginar la escena comprende el riesgo: en cuanto él cruce ese arco, estará sola con el hombre que juega con ventaja, sin placa ni arma, con un baño a pocos pasos y una escalera detrás.
Sería demasiado fácil que el Dindurra se tragara el ruido y lo convirtiera en anécdota.
La otra opción es la puerta por la que Brenda acaba de desaparecer.
Marta la observa. Es una salida.
¿Y después qué?
Fran está en Cuyences vigilando la casa de Alfonso Munuera. A estas alturas, tal vez haya visto algo. Quizás ya ha intentado llamarla. Ella no lo sabe, porque dejó el teléfono en la guantera, obedeciendo la condición de Brenda. Y esa obediencia ahora la deja muda.
Marta vuelve a asomarse.
Nico está junto a la puerta del Dindurra. Consulta su teléfono con calma y se acomoda la ropa. Luego levanta la vista, primero hacia la barra, después hacia el balcón superior.
Y la ve.
Nota la cabeza de Marta asomada, que lo reta con la mirada.
Nico no sonríe. No necesita hacerlo. Da el primer paso hacia la escalera.
Marta siente un tirón feroz del instinto y decide.
—No pienso huir a Alicante sin Lara —susurra hacia el cuello de su camisa mientras retrocede un paso.
El Dindurra respira por su cuenta, con sus pilares dorados y su clientela tranquila, ajeno a la tensión que acaba de instalarse en un rincón del edificio.
Marta se desliza hacia la puerta de la esquina.
Entra y cierra con rapidez, consciente de que Nico la encontrará, pero convencida de que necesita adelantarse a la siguiente jugada.
No se trata de escapar. Se trata de llegar viva al lugar donde está Lara.
El pasillo es estrecho y oscuro. Baja por una escalera de caracol, con peldaños desgastados y una barandilla oxidada. Cada vuelta la aleja de la gente, del ruido, de cualquier testigo. Cada vuelta la vuelve más vulnerable.
Llega a un pequeño almacén que huele a desinfectante y detergente. Hay un par de estanterías y un cubo de fregona. Ni un alma. Al fondo ve una puerta de incendios con barra horizontal. La empuja con fuerza y sale.
La oscuridad se rompe de golpe en una escena que duele por lo normal.
Está en el exterior, en el Paseo de Begoña, con el suelo húmedo y gente que camina con una tranquilidad pasmosa, ajena a lo que ocurre a unos metros.
Parejas que charlan, alguien que sacude un paraguas, risas sueltas.
Marta no se permite fijarse en nadie más de un segundo y corre hacia la entrada del parking.
Desciende las escaleras saltando peldaños, mientras busca en su bolso la tarjeta del aparcamiento. Nota los dedos torpes, la respiración entrecortada. Llega a la máquina, inserta el ticket, atiende a la pantalla lo justo para pagar y lo recoge con un tirón.
Corre por el pasillo del parking con el sonido de sus pasos que rebota en el hormigón. El coche está al fondo, cerca de la barrera de salida. La luz blanca del techo lo hace parecer más pequeño, más frágil. Marta acelera.
Entonces escucha otros pasos detrás.
No son ecos. No son imaginaciones. También corren, se ajustan a su ritmo y recortan distancia.
Marta llega al coche, abre con el mando y se mete dentro. No se gira. No se detiene. Activa el cierre automático desde el interior y oye el clic con la sequedad de un cierre de celda. Mete la llave en el contacto.
—¡Marta! —la voz rebota en las paredes del parking.
Ella no quiere saber nada. No responde. No vuelve la cabeza.
Por el espejo retrovisor ve una sombra que se acerca. Ya está encima.
Siente un golpe en la carrocería. Luego otro. Dos golpes rápidos en el cristal a su lado, insistentes y furiosos.
Marta se gira con el corazón encogido, lista para ver el rostro de Nico pegado a la ventanilla.
Y lo que ve le corta la respiración.
—¿Quiroga?
Marta tarda una décima en reaccionar, lo justo para asegurarse de que no es un espejismo. La cara pegada al cristal es la de Quiroga: ojeroso, pálido y con los ojos encendidos.
Marta entiende que ha pasado algo grave.
Acciona el cierre centralizado de nuevo por reflejo y Quiroga se cuela en el asiento del copiloto.
—¿Qué haces aquí?
—¡Arranca, Marta!
No es una petición, es una orden desesperada. Marta mete marcha atrás, gira con brusquedad y el Golf da un tirón torpe. El motor sube de revoluciones. Marta acelera hacia la barrera, pero debe frenar en seco al llegar al lector del ticket. Su mano tiembla justo cuando no puede permitírselo.
—Joder…
Intenta atinar con la ranura, el papel se le dobla, se le escapa y ella lo recoloca a la fuerza. Quiroga gira el cuello y mira hacia atrás, a la espera de un disparo.
—Hay un tipo ahí.
Marta no alza la vista. Sabe que si lo hace, perderá tiempo.
—¿Qué tipo?
Quiroga señala con la barbilla.
—Entre las filas de coches. Parado. Observándonos.
Ella consigue introducir el ticket. La barrera tarda un segundo eterno en reaccionar. Quiroga insiste, le aprieta el codo como si pudiera empujarla hacia la salida.
—¿Ese es tu marido?
Marta alza la vista al retrovisor y lo ve. Nico está de pie, quieto, ni corre ni hace gestos grandes, seguro de que no necesita hacer más. No tiene prisa, y eso es lo que da miedo.
—Es Nico —dice ella, con los dientes apretados—. El ángel.
La barrera sube con una lentitud insufrible.
—Vamos, larguémonos de una vez —ordena Quiroga.
Marta pisa el acelerador en cuanto hay espacio. Suben por la rampa y el sonido de la ciudad les cae encima de golpe. Marta emerge a la superficie guiada por el impulso de sobrevivir.
Quiroga le marca el camino con una seguridad que no concuerda con su aspecto.
—Sigue recto y, tras el semáforo, gira a la izquierda.
Marta obedece. No tiene tiempo para preguntas largas, pero una se le escapa.
—¿Cómo estás?
Quiroga suelta una risa sin humor.
—He tenido días mejores.
—¿Por qué dijiste «mi marido»?
—Vi a ese tipo en el hotel —responde él, sin apartar la vista de la calle—. La recepcionista me dijo que era tu marido y me mostró una foto. Decidí seguirlo. También mencionó el barrio de Cuyences.
Marta siente cómo se le cierra el pecho.
—Debemos llegar allí antes que él.
Quiroga se gira hacia ella.
—¿Qué pasa allí?
—Lara está secuestrada.
—¡No me jodas!
—Sí —responde y le duele decirlo con tanta claridad—. Además, allí está Fran, sacando fotos frente a la casa de un sospechoso.
Quiroga parpadea e intenta organizar sus pensamientos.
—¿Fran? ¿Tu novio?
Marta no tiene paciencia para etiquetas.
—Sí… Bueno… Dejémoslo en amigo.
—No entiendo nada —murmura él, y su voz muestra que la medicación aún le pesa—. ¿Qué ha pasado desde la última vez que hablamos?
—Muchas cosas. Y ninguna buena.
Marta consulta el retrovisor una vez más. Obsesionada, siente que Nico está detrás, aunque no lo vea.
—Quiroga —dice y la urgencia le araña la voz—. Abre la guantera y saca el móvil.
Él rebusca hasta que lo encuentra y Marta lo enciende sin apartar del todo la vista de la carretera. La pantalla tarda en reaccionar. El coche se desliza entre semáforos y charcos, y cada luz roja le parece una trampa.
En el siguiente semáforo, Marta frena y se gira hacia él.
—¿Te encuentras bien para conducir?
Quiroga parece a punto de protestar, pero al ver su expresión se lo piensa mejor. Cambian de lugar a toda velocidad. Marta mira la pantalla del móvil.
Una cascada de llamadas perdidas de Fran.
Marta desliza el dedo y de pronto entiende que él lleva tiempo intentando contactarla, que no son llamadas de «¿dónde estás?», son llamadas de «¡corre!».
Marca su número y se lleva el teléfono al oído.
Suena una vez. Dos.
—¿Marta? —responde una voz.
Marta se queda helada.
Esa voz no pertenece a Fran.
—¿Lara?
El aire se le corta de golpe, aunque la esperanza dura lo que un parpadeo.
—¿Qué haces con el teléfono de Fran?
Al otro lado, la respiración de su hermana suena rara, rápida, contenida.
—Se lo han llevado, Marta.
Marta siente que el coche sigue rodando y el mundo se estrecha.
—¿Quién?
La respuesta llega sin temblor, y por eso asusta más.
—Lo ha detenido la Policía Nacional.