El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 39
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Lara lleva varios minutos sentada en el borde de la cama, con la maleta abierta frente a ella. Lo que acaba de ver no se relaciona con nada de su pasado y la deja en blanco.

Es una fotografía.

—No puede ser…

Introduce la mano en la maleta buscando algo que la saque de ese estado, y lo que aparece la hunde más.

Hay una docena de carpetas. La primera tiene escrito «Marta» y, al abrirla, ve fotocopias de expedientes académicos, revisiones médicas y recibos de viajes, con fechas y sellos.

Pasa las hojas a toda prisa, a medio leer.

El patrón es claro: han seguido a su hermana durante años con una paciencia enfermiza.

Saca otra carpeta y ve su propio nombre en la portada.

Encuentra una fotografía en la que Mauricio la sostiene en brazos, siendo ella un bebé, junto a su madre.

Están demasiado cerca para que esa imagen sea casual.

A Lara le asoma una lágrima, la contiene y decide que no abrirá esa carpeta ahora, porque sabe que si lo hace se romperá por dentro.

La cierra, la deja a un lado y continúa con la de Brenda, donde se repiten las fotografías y los documentos personales, el mismo orden obsesivo y el mismo control silencioso.

Traslada el resto de carpetas a la mesa del salón y las abre una tras otra. Hojea el contenido en busca de respuestas y temiendo hallarlas. En una de ellas aparece un folio diferente, con nombres distribuidos entre fechas y conectados por líneas. Lara lo alisa con la palma.

—No me lo puedo creer.

Lo que tiene delante es un organigrama. En la parte superior figura el nombre de Mauricio Vega.

Justo debajo está Anselmo Bueres, el exabogado al que visitaron el día anterior, y a partir de ahí descienden nombres que le resultan desconocidos…

hasta que, un poco más abajo, lee «Nico Vergara». Lo señala con el dedo.

—Hostias… estás aquí.

El documento viene acompañado de recortes de prensa que destacan logros y condecoraciones, un álbum de prestigio construido con paciencia.

En otra carpeta hay fotografías de personas y lugares junto a listados de accesos.

Más allá, aparecen hojas de contabilidad con flujos de dinero y justificantes de transferencias que no alcanza a comprender, si bien sugieren una operación grande, un engranaje en marcha.

Lara se sienta en el sofá con otra carpeta que lleva el nombre de Nico Vergara.

Esta es diferente. Carece de fotos, expedientes académicos y nóminas.

Contiene páginas y páginas escritas a mano, como un diario.

Al comenzar a leer, Mauricio relata movimientos y conductas de Nico de un año atrás.

Todo está anotado de forma minuciosa. A medida que avanza en la lectura, forma una nueva imagen de «el ángel», y esa imagen carece de luminosidad.

De repente, un estallido suena fuera, demasiado cercano, y Lara corre hacia la ventana. Desde allí puede ver la puerta metálica de entrada, con barrotes verticales, y un tramo de carretera mojada.

Otro estallido la sobresalta y el reflejo la hace retroceder.

Aquello no es un petardo, es un disparo.

Y luego llega otro.

Lara busca el origen. El sonido rebota entre los árboles y la carretera, se confunde. Escucha pasos que proceden de la carretera.

Un hombre aparece a toda velocidad, con una cámara fotográfica en las manos. Por un instante, cree que su mente le juega otra mala pasada, hasta que lo reconoce.

Se le escapa el nombre sin pensarlo.

—¡Fraaaan!

Lo grita con una fuerza que desconocía conservar y, al repetir el grito, los pasos se detienen, dudan y regresan hacia la portilla. A los pocos segundos, el rostro de Fran asoma y la observa sin comprender lo que ve.

—¿Lara?

—¡Salta! ¡Corre, ven!

Fran echa un vistazo a su alrededor.

—¿Qué haces ahí?

—Me han encerrado.

Fran suelta una maldición. Salta al interior de la finca con torpeza y resbala en el barro.

En ese momento, una sirena se aproxima a toda velocidad.

Fran se lanza hacia un lado para no ser visto, mientras Lara ve un coche patrulla de la Policía Nacional pasar por la carretera a toda prisa, con las luces reflejándose en el asfalto.

Fran se acerca a la ventana, encogido, con la sirena todavía demasiado cerca.

Lara lo observa asomarse con cautela, y comprende que él también está evaluando el riesgo.

Fuera, el aullido se aproxima y se detiene, señal de que el coche patrulla ha parado a pocos metros, en la entrada de la finca vecina.

Fran se gira hacia ella, con la cámara aún colgando del cuello y el rostro empapado.

—¿Quién te ha metido aquí?

Lara tarda en responder, porque pronunciar el nombre en voz alta le da una nueva dimensión, más real.

—Nico Vergara. El ángel.

Fran suelta una blasfemia y se lleva la mano a la frente para afianzar sus pensamientos.

—¡Mierda…!

Se recompone de inmediato y examina la puerta metálica, los barrotes, la casa.

—¿Cómo puedo sacarte?

—Es imposible. Todo está cerrado con barrotes y la puerta bloqueada a conciencia.

La sirena vuelve a aumentar su volumen, y Fran reacciona empujado por el sonido.

—Toma.

Le tiende el teléfono a través del enrejado, con urgencia.

—Llama a tu hermana. Desbloquéalo con el código cinco, seis, siete, ocho.

Fran desmonta la cámara con rapidez y destreza. Separa el cuerpo del objetivo, luego el teleobjetivo, y le pasa las piezas a Lara, una por una, a través del hueco más ancho, como si le entregara munición.

—¿Y esto?

—Guárdalo bien, o me lo requisarán.

Lara lo observa, sin entender del todo la jugada.

—¿Qué vas a hacer?

Fran se fija en la carretera, al punto donde se ha detenido el coche patrulla. Su expresión revela que ya ha tomado una decisión, aunque le pese.

—Largarme de aquí. ¿O acaso quieres que nos atrapen a los dos?

—Pero es la Policía —protesta Lara, sintiendo lo absurdo de decirlo en ese lugar, encerrada tras barrotes—. Debemos acudir a ellos.

Fran niega con firmeza.

—Desconfía de todos. Incluso de la Policía.

Lara quiere discutir, gritarle que se niega a quedarse sola otra vez, pero la sirena sigue sonando y su instinto la obliga a tragarse la respuesta.

Fran da un paso atrás, toma impulso y brinca sobre la puerta metálica. Resbala, golpea el hierro con la tibia y suelta el aire con rabia, aunque acaba al otro lado de manera torpe. Sigue adelante. Sin volver la cabeza, echa a correr en dirección opuesta a la Policía, con la cabeza gacha.

Lara permanece en la ventana, con el teléfono y las piezas de la cámara aferrados al cuerpo, escuchando los pasos de Fran alejarse y el latido acelerado en sus propios oídos.

El coche patrulla pasa de nuevo frente a la finca, con las sirenas y el reflejo azul que atraviesan los barrotes, se cuelan por la ventana y tiñen el salón, recordándole que fuera hay autoridad… y también peligro.

Lara marca el número de Marta con dedos temblorosos.

Y reza para que, esta vez, la línea no esté muerta.