38
Brenda vuelve a centrarse en Marta, pero ya no es la misma mirada de hace un minuto. Hay prisa, un cálculo que apenas disimula.
—Lara fue a visitar a Anselmo Bueres.
Marta siente un golpe en el pecho y se inclina hacia delante.
—¿Cómo sabes eso?
—Él me llamó de inmediato.
—¿Por qué?
Brenda mide cuánto puede revelar sin comprometerse.
—Porque escuchó el timbre y cuando se asomó a la ventana vio cómo tu hermana se subía a un coche.
—¿Qué quieres decir?
—Que ella no llegó a entrar en su casa. Un tipo apareció en un coche y tu hermana se subió con él, en mitad de la lluvia, con la maleta y una bolsa a cuestas.
La imagen toma forma dentro de Marta: Lara empapada, la chaqueta azul, el camino embarrado, el coche frenando al lado, una puerta que se abre. Y su hermana subiendo sin volverse.
—¡Mierda! —escupe Marta, incapaz de contenerse.
El silencio se alarga y Brenda aprovecha esa grieta para entrar con lo que lleva tiempo queriendo decir.
—La única salida a todo este embrollo es que regreses a Alicante y olvides todo lo que has descubierto.
Marta deja escapar una risa que no tiene nada de humor. Está harta de ese estribillo. Lo ha escuchado demasiadas veces, con distintas voces y el mismo fondo: vete, olvida, no mires.
—Si me conoces, aunque sea un poco, sabrás que no puedo olvidarme así como así.
Brenda la observa fijamente.
—Marta, atiéndeme. Contigo están teniendo mucha paciencia.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque yo pasé por lo mismo. Y me rebelé igual que tú… Y mírame dónde he acabado. Escondida.
—¿Así que tú eres una víctima?
Brenda asiente despacio.
—¿Y Anselmo Bueres?
—También.
—¿Y el arquitecto de Gijón? ¿Y el político de Galicia? ¿Y el anterior comisario?
Brenda sigue asintiendo.
—¿Por qué debería creerte?
Brenda se encoge de hombros.
—Podrías no hacerlo.
Marta la observa con la paciencia rota.
—Sé que te reuniste con Ricardo Moreno, el consejero de Cultura.
Brenda niega, y la boca se le tuerce con desdén.
—Será mejor que dejes de hacer preguntas.
—Es lo único que puedo hacer —replica Marta—. Y créeme que voy a seguir hasta que sepa la verdad.
Brenda apoya las manos en la mesa, cerca del vaso de agua. Su tono se endurece. Ya no suena a aviso amable.
—Entonces ya sabes cómo terminarás.
La frase queda flotando. Marta entiende la amenaza. Lo peor llega después, cuando Brenda remata:
—El problema es lo que arrastrarás contigo.
Marta piensa en Lara, en Quiroga, en Fran esperando frente a una casa con cámaras. Gente que jamás pidió ese fuego. Gente que puede pagar por ella.
Siente la tentación de ceder un segundo, apenas un segundo.
—Asumiré el riesgo —dice, sin apartar los ojos de ella—. Tú también lo hiciste. Quizá no seamos tan distintas.
Brenda respira hondo. La frase le toca un punto que intenta esconder, pero se le nota.
—Mauricio estaba muy orgulloso de ti. Te consideraba una persona valiente, capaz de todo.
—¿Acaso estás celosa?
Brenda suelta una risa mínima y cansada.
—Hubo un tiempo en que lo estuve. Pero sabía que jamás te sacaría a la luz. Él prefería manteneros al margen de su mundo.
—¿Un mundo que acabó promoviendo cortar carreras de personas prometedoras?
Brenda niega con fuerza, casi con pánico.
—¡No, por favor! Ni se te ocurra pensar eso. Ya te he dicho que el objetivo no era ese.
—Pero se convirtió en eso, ¿verdad?
—No fue él.
—Entonces, dime de una vez quién.
—Marta… para ya, por favor.
—No puedo.
—Debes hacerlo.
—Ni hablar.
Brenda empuja la silla hacia atrás, movida por la necesidad de levantarse antes de que todo explote. Marta la sigue su movimiento, lista para saltar si Brenda intenta irse sin más.
—Se acabó —dice Brenda, ya de pie.
Marta siente que se le escapa el control del encuentro, que el reloj se ha puesto de su lado solo para traicionarla después.
—Antes de largarte, dime si estamos hablando de «el ángel».
Brenda reacciona al nombre como si le hubieran apagado la luz por dentro. La rigidez se instala en sus hombros, y su mirada, que hasta ese momento había oscilado entre Marta y el arco del salón, se fija en un punto muerto. Parpadea más de lo normal.
—Él… —comienza, con la voz rota—. Él no es lo que parece.
Marta se levanta a medias. Extiende la mano y le toma el brazo con suavidad, un gesto que no le resulta natural con Brenda, aunque que surge de la urgencia. Por primera vez, se permite tocarla en calidad de sangre propia y no de sospechosa.
—Lo conozco —dice Marta, en un susurro—. Sé lo que ha hecho por mí, pero ahora… ahora no sé qué pretende. Él también me advirtió.
Brenda traga saliva. La piel de su antebrazo tiembla bajo los dedos de Marta.
—El ángel… Mi padre a veces se refería a él de esa manera. Lo apreciaba tanto… Nico era vuestro seguro de vida, la persona que os sacaría de los apuros, que os protegería y… Él es quien tiene a Lara.
A Marta se le corta la respiración. Se paraliza, con la mano aún aferrada a Brenda, golpeada en pleno estómago por la revelación.
—¿Cómo dices?
Brenda asiente una vez, rápido, a la espera de que Marta la entienda y, al mismo tiempo, aterrorizada por lo que acaba de decir.
—Sí, Marta. Y las cosas no son como parecen.
De repente, apareció en la vida de mi padre.
Era joven, inteligente… Al principio parecía un regalo.
Poco a poco se convirtió en el solucionador de problemas.
Luego, vuestra madre falleció y pasó a ser vuestro ángel.
Prometió a mi padre que estaría a vuestro lado y os protegería.
Siempre desde la sombra. Sin dejarse ver.
Hace una pausa, reuniendo fuerzas para seguir.
—Pero…
—Adelante —apremia Marta—. Cuéntamelo.
Brenda mira hacia el techo, hacia el salón, hacia cualquier lugar menos hacia Marta.
—Cuando quisimos darnos cuenta, había cambiado. Así, de golpe. Empezó a escuchar otras voces. A obedecer otras prioridades. Y se transformó.
Marta afianza la mano en su brazo un poco más, la sostiene, impidiendo que se le escape.
—¿Otras voces? ¿De quién hablas?
—Lo único que sé es que dejó de ser… el mismo.
Marta intenta controlar su voz, pero la rabia se le cuela por las costuras.
—¿Dónde está Lara?
—No puedo decírtelo —responde Brenda, suplicante—. Si lo supiera, tampoco. Porque entonces no solo la perderías tú. También me perdería yo.
Marta siente ganas de zarandearla.
—Si habéis venido a buscarme para cobrar vuestra parte de la herencia, olvidaos.
Marta la observa, incrédula.
—¿Qué?
Brenda baja aún más la voz.
—Porque… porque él se encargó de cobrársela. Para financiar…
Marta siente cómo se le tensa el cuello.
—Brenda, dímelo de una vez.
Una risa en el salón principal interrumpe la conversación. Una señora ríe más fuerte de lo normal. Es un sonido cotidiano, inocente y, sin embargo, Brenda se echa hacia atrás unos centímetros, alertada por una señal que solo ella identifica.
Marta lo nota enseguida.
—¿Qué ocurre?
Brenda fija la vista en la puerta de entrada al café y sus ojos se agrandan.
—Te dije que vinieras sin móvil.
—Y no lo llevo encima.
Brenda se acerca con urgencia.
—¿Viniste sola?
—Sí.
La respuesta no la tranquiliza; la empeora. Brenda palidece.
—Pues te tienen localizada.
A Marta se le eriza la piel.
—¿Quién?
Brenda se aparta de golpe, como si el contacto con Marta también fuera un peligro.
—Marta… me voy.
—No puedes dejarme así.
—Lo siento.
—¿Cómo puedo encontrarte?
Brenda niega con fuerza, ya con el bolso en la mano.
—No lo intentes.
Se da la vuelta y camina hacia una puerta en la esquina del salón privado, una salida que Marta no había visto hasta ese momento. La empuja y desaparece.
Marta da un paso para seguirla, pero se detiene al percibir un silencio incómodo. Levanta la vista hacia el arco que da al salón principal.
Y entonces lo ve.
No puede creerlo.
Entre los pilares dorados y el murmullo de las tazas está Nico Vergara.