El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 37
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Hace unos minutos, Marta salió del depósito municipal con el Golf de alquiler. Le vino a la mente la imagen de Lara a su lado, con los pies apoyados en el salpicadero, preguntando por qué siempre acaban involucrándose en historias que comienzan con un «solo vamos a echar un vistazo».

Ahora va sola.

Fran ha regresado a Cuyences, a la casa de Alfonso Munuera, con la cámara y el teleobjetivo.

Marta le insistió en que no asumiera riesgos, que allí no estaba de excursión, y que si veía un movimiento extraño, no se acercara, no improvisara, ni tampoco intentara hacerse el héroe.

Que la llamara por teléfono a la línea segura y se quedara ahí.

El reloj avanza demasiado rápido.

En la autovía hacia Gijón, el cielo sigue gris. Las señales cambian, los carriles se abren y la ciudad aparece de golpe, el perfil del mar entre edificios y una franja oscura al fondo que no trae calma.

Brenda la espera a las cuatro.

Brenda.

La recuerda en la casa de su padre, Mauricio Vega, en Villajoyosa, bajándose de un Porsche Cayenne gris plata con botas de cuero y una seguridad que llenaba la acera.

La diadema caqui en el pelo, las gafas de sol ocultándole media cara, la camisa planchada y el jersey sobre los hombros, todo impecable, todo calculado para que el mundo la observara desde abajo.

Cuando se quitó las gafas, su expresión ya estaba hecha: intensa, fría, capaz de evaluar a Marta en un instante.

Esa es la Brenda que Marta espera encontrar, aunque también se prepara para ver a una mujer herida y perseguida. Marta conduce y se pregunta cuántas versiones de Brenda existen y cuál se sentará frente a ella en unos minutos.

Se dirige al centro, hacia el paseo arbolado donde está el Café Dindurra, junto al Teatro Jovellanos, un lugar con demasiado tránsito para que alguien pueda montar un espectáculo sin testigos.

Marta reduce la velocidad al entrar en la zona del Paseo de Begoña.

Hay terrazas y gente con paraguas cerrados.

Desciende por la rampa del parking. El hormigón la absorbe y la luz se vuelve artificial.

Permanece con las manos quietas, atenta a su propia respiración.

Brenda le ha dicho: «Ven sola y sin teléfono». Marta revisa su móvil, el único hilo que la conecta con Fran, y lo guarda en la guantera, apagado.

Sube las escaleras y, al salir a la calle, el Paseo de Begoña la recibe con árboles brillantes por el agua, bancos mojados, farolas apagadas y el murmullo constante de una ciudad que ignora que Marta está a punto de entrar en uno de los encuentros más peligrosos de su vida.

El Dindurra está ahí, con su fachada discreta y su aspecto de café antiguo, de esos que han visto pasar demasiadas historias como para inquietarse por una más.

Marta echa un vistazo alrededor antes de cruzar el umbral. No detecta nada sospechoso: ni un coche mal aparcado con alguien dentro, ni nadie que la mire demasiado tiempo. Eso, precisamente, es lo que la inquieta: que todo parezca normal.

Empuja la puerta del Dindurra y entra.

El cambio es inmediato, como si hubiera cruzado un pasillo invisible hacia otra época.

El local se abre con una solemnidad que no encaja con un simple café: pilares altos y dorados, con forma de palmera, sostienen un techo decorado con curvas concéntricas que atrapan la luz.

Las lámparas redondas bañan el salón con un brillo suave.

El suelo, de baldosas y madera en tonos cálidos, devuelve un eco distinto al de la calle.

Aquí, los pasos suenan más contenidos, más educados.

Marta se queda en la entrada. Sus ojos recorren el lugar en busca de una mujer sola. Una mano alzada. Una señal mínima: un gesto, una mirada sostenida más de lo habitual. Nada.

Hay mesas ocupadas a medias, bancos tapizados en rojo, gente que habla sin prisa y camareros que se deslizan con bandejas.

Camina hacia una mesa en la esquina desde la que puede observar todo el salón y, de reojo, la entrada. Se sienta con la chaqueta todavía puesta. Desde allí, también ve la calle a través de los ventanales.

El camarero se mantiene a una distancia prudente.

—¿Qué le pongo?

—Un café con leche —responde Marta.

Mientras él se aleja, ella vuelve a escanear las mesas, los bancos y las caras. Encuentra cotidianidad: un hombre que lee el móvil, una pareja que discute en voz baja y una mujer mayor que remueve su café.

Ignora si Brenda aparecerá por esa puerta con la misma seguridad que mostraba en Villajoyosa o si la observará desde fuera antes de decidirse.

Desconoce si la frase «ven sola» era una condición o una trampa.

No sabe si, al salir de allí, seguirá siendo libre o se convertirá en parte del mismo mecanismo que está destrozando vidas a distancia.

El camarero regresa con una bandeja y deja un papel doblado por la mitad en la mesa de Marta.

«Sube al baño».

Marta vacila un segundo ante la nota escrita con dos trazos apresurados.

Levanta la vista hacia el camarero, que ya está atendiendo otras mesas, ajeno al nudo que se le forma en el estómago. Marta vuelve a mirar alrededor. Nadie la observa, o al menos no de manera evidente.

Entonces enfoca las escaleras.

Ascienden hacia un balcón superior, un altillo que sugiere otro salón, otra capa del Dindurra donde el ruido llega amortiguado. Marta se levanta despacio, sin precipitarse, y camina hacia ellas con la sensación de que cada paso la aleja del mundo real.

A medida que asciende, las cucharillas, las voces, la cafetera…

Todo se convierte en un fondo lejano. Nota el peso de su propia respiración.

Siente la ausencia del teléfono, el hueco en el bolso donde debería vibrar un móvil si Fran la llamara.

Y siente, con una claridad desagradable, que la salida está cada vez más lejos y que, si decidieran empujarla allí arriba, nadie lo vería.

El último escalón la deja en un rellano estrecho. De frente, está el acceso al baño, una puerta discreta. A su derecha, le llama la atención un pequeño salón privado, separado del pasillo por un arco. Cuenta con pocas mesas, luz más tenue y un silencio más cercano a la discreción que a la paz.

Hay una persona sentada al final de la estancia.

Brenda.

La policía la daba por desaparecida, convertida en un rumor que nadie podía sujetar con pruebas. Y ahora está ahí, a pocos metros, sentada con la espalda recta, lejos de la seguridad insolente que Marta recordaba.

Marta da un paso. Luego otro. En ese corto avance, se agitan demasiadas cosas en su interior: la sangre que comparten, el viejo rechazo, el miedo reciente y una curiosidad que la avergüenza.

Es su hermana. Es la pieza que falta. Es el nombre que la ha traído hasta aquí desprovista de teléfono, red y escudo.

Sin embargo, el rostro de Brenda ha cambiado.

Lleva el pelo largo, rizado, de un tono castaño dorado, decidida a ocultarse incluso en el color.

A Marta se le antoja mayor de lo que la recordaba, más por el desgaste de sus ojos que por las arrugas.

Su maquillaje es excesivo y mal elegido, y Marta se pregunta si es un disfraz torpe para no ser reconocida o si simplemente ha perdido el interés por cuidarse.

Brenda levanta la vista y la observa. Marta aguanta esa mirada y descubre algo inesperado: preocupación. Una tensión que no se oculta y que dista mucho de la mujer que, meses atrás, daba la impresión de ser intocable.

La última vez que Marta vio a Brenda fue en el cementerio de La Roda, durante el funeral de Mauricio Vega.

Brenda apareció a lo lejos, desenfocada en un pasillo, como una sombra elegante que evitaba quedar registrada.

Desde la muerte de Mauricio, ella sigue siendo la única sospechosa.

Aquel día, la policía estaba vigilando, y aun así, se atrevió a presentarse, a contemplar el ataúd desde la distancia y a desaparecer antes de que nadie pudiera tocarla.

Marta llega al borde del salón privado y permanece de pie. Duda si saludarla, acusarla o suplicarle. La tiene enfrente y, por primera vez en mucho tiempo, el misterio posee ojos.

Brenda no sonríe. Se limita a sostenerle la mirada y advertirle antes de que se siente:

—Lara está en peligro.

La afirmación cae de golpe, a bocajarro.

Marta tarda en responder. Su instinto la lleva a examinar su alrededor.

En el pequeño salón privado hay dos mesas ocupadas por parejas que conversan, demasiado absortas para ser una amenaza.

A través del arco se vislumbra el salón principal y el ir y venir de camareros.

Nadie le llama la atención y, aun así, mantiene la guardia alta.

No la han citado allí para que se relaje.

—¿Es una amenaza?

—No, no, no, por favor. Me habría gustado seguir al margen, pero esto ha llegado demasiado lejos y no me queda otra opción que salir de la madriguera.

Marta se sienta, con una mano apoyada en el respaldo de la silla, lista para levantarse en cualquier momento.

—¿Dónde está Lara?

—Lo ignoro. Pero a estas alturas debe de estar cautiva en algún lugar. No le harán daño… de momento.

Ese «de momento» hace que la sangre de Marta hierva.

—¿Quién la retiene?

Brenda niega despacio.

—¿Cómo puedes saberlo entonces?

Brenda aguanta la mirada, sin soberbia. Hay miedo, o algo que se le asemeja.

—Lo sé.

—¿Por qué debería creerte?

Brenda traga saliva.

—¿Quizá porque soy tu hermana?

—No te conozco —responde Marta—. Además, todo indica que mataste a Mauricio. Estabas con él en aquella gasolinera. Te diste a la fuga. Debería arrestarte.

—No puedes hacer eso.

—Brenda, no he venido aquí para discutir. —Marta baja aún más el tono—. Eso lo dejamos para una sala de interrogatorios.

Brenda abre las manos, desesperada, herida por la acusación.

—¿Me crees capaz de asesinar a mi padre en el baño de una gasolinera y luego huir?

Marta no pestañea.

—Todo indica que fue así.

—No sabes nada de lo que pasó. Nada.

—¡Pues cuéntamelo de una vez!

—Mauricio fue un cirujano reconocido, si queremos, famoso.

Durante su vida, conoció a personas muy buenas, con gran corazón y también dinero, con ganas de hacer algo positivo por este mundo.

Él trabajó para apoyar a personas con talento, siempre desde la sombra.

No era de los que aparecían en los medios entregando un cheque a una ONG.

—Esa es la imagen que tuve de él cuando lo conocí —dice Marta.

—Era un gran hombre que hizo mucho por la medicina, por la justicia, por la educación…

Se rodeó de genios, de personas concienciadas con su labor.

Y parecía que todo iba sobre ruedas, hasta que otros intereses entraron en juego.

Hubo una confrontación que empezó con advertencias, luego amenazas, y ya ves en qué se ha convertido.

—¿Te refieres a los trasplantes de órganos?

—Aquello fue nuestra destrucción. Nos negamos a participar, pero nos obligaron. Tuvimos que ceder, pero decidimos abandonar. Lo que tú viviste en Alicante iba a ser nuestra última participación. A él lo amenazaron de muerte, y cumplieron su promesa.

—¿Quiénes?

—Todo se descontroló en apenas un año. Podías recibir advertencias de un policía, de un político, de un periodista e incluso de tu propio padre —se lamenta al recordarlo—. Después de lo de la clínica de Alicante, mi padre estaba sentenciado. Y no tardaron en cumplir su promesa.

—¿Me vas a decir de una vez quién fue?

Brenda aparta la vista hacia la entrada del salón.

—No es asunto tuyo.

—Claro que es asunto mío. Sobre todo desde que descubrí el parentesco que me une a él… y también a ti.

—No sé cómo lograste vivir tanto tiempo sin sentir su presencia.

—¿A qué te refieres?

Brenda la observa fijamente y, por un instante, parece olvidar dónde están.

—Erais su obsesión.

—¿De quién?

—De Mauricio, nuestro padre —responde Brenda.

Marta siente una punzada incómoda, porque no sabe cómo encajar esa frase en todo lo que está ocurriendo ahora.

—A Lara y a ti os protegió desde que nacisteis —continúa Brenda, rápida—. Primero de tu padre, un hombre peligroso, según me decía. Y más tarde… de la vida.

—¿Qué significa eso?

—Que siempre os vigilaba de cerca —Brenda baja la voz—. Sufrió mucho cuando metieron en prisión a tu hermana. Madre mía… Para él fue un infierno. Hizo todo lo posible… Pero…

Se interrumpe y se muerde el labio. Marta la atraviesa con la mirada.

—¿Pero qué?

Brenda sacude la cabeza.

—Se pasó la vida moviendo hilos, ¿comprendes?

—No. No lo comprendo. Y no puedo perder tiempo en entenderlo.

Brenda se queda rígida y regresa de golpe al presente: al reloj, a la cita.

—No te he traído aquí para que lo entiendas.

—Entonces, dime lo importante. Porque me niego a irme hasta tener una dirección, un nombre o un lugar al que correr.

Brenda abre la boca para responder, pero se queda en silencio. De pronto, en el salón suena una silla arrastrándose, un golpe leve, un murmullo que se eleva un poco por encima del resto.

Brenda vuelve la vista hacia el arco.

Y su expresión cambia.