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Lara registra cada rincón, sin un método definido, con la urgencia de quien se resiste a aceptar su encierro.
—Muy bien, Nico… Muy bien —murmura, y se le escapa una risa breve—. ¿Esto es «protegerme»? ¿En serio?
La casa tiene dos dormitorios y un baño.
En el primer dormitorio, abre armarios y cajones, donde encuentra toallas, sábanas y mantas viejas que tienen ese olor a cerrado que se le queda en las manos.
No hay ropa, ni fotos, ni nada personal.
En el siguiente dormitorio sucede lo mismo, señal de que la casa ha sido vaciada a conciencia y solo han dejado lo básico para que parezca habitable.
El baño no ofrece más: un botiquín con gasas viejas y un jabón reseco. Regresa al salón y abre el mueble de dos cajones. Está vacío. En la pared, observa alcayatas donde antes hubo cuadros.
—Ni una foto… ni una puñetera pista —masculla.
Se dirige a la cocina y repite el ritual con armarios, cajones y una pequeña despensa. Aparta la panera, la amasadora, la tostadora y la cafetera. Nada. Corre la cortina del fregadero, mira por la ventana enrejada y vislumbra un trozo de prado empapado y árboles que cierran el horizonte.
—¿Por qué me encierras con llave? —dice, ya sin contenerse—. Si estuvieras de mi parte, la puerta debería estar abierta.
Regresa a la ventana del salón, la que da a la entrada. La carretera está cerca, a diez o quince metros, y los minutos transcurren sin que pase ningún coche. Las casas de alrededor quedan ocultas por la maleza y los árboles.
Cierra la ventana y se dirige a la puerta. Prueba la manilla, tira de ella y descarga el puño contra la madera. Luego, toma impulso y choca con el hombro. La puerta no se mueve en absoluto.
—Genial —jadea y apoya la frente en la madera—. Genial, Lara. Te has metido sola en este agujero.
Se vuelve hacia el mueble del salón, donde debió haber un televisor. Un cable de antena cuelga del techo. La madera es maciza y pesada. Ese rincón es lo único que le queda por revisar.
—Vamos… —se anima, furiosa—. Que haya algo. Lo que sea.
Apoya los pies contra la pared y tira. El mueble cede unos centímetros y raspa el suelo. Se asoma al hueco y solo encuentra polvo, telas de araña y un par de panfletos amarillentos de hace décadas.
—¿Me estás tomando el pelo? —grita, y el eco le devuelve un sonido desagradable.
Termina en el dormitorio de invitados, tirada sobre la cama. Golpea la almohada, furiosa, sin saber dónde canalizar su enojo. Acaba boca arriba, respirando con dificultad, mirando una lámpara de forja apagada. La luz que entra por la ventana es débil.
Tira del cordón del cabezal y el cuarto se ilumina.
Observa el armario de tres puertas y, de inmediato, toma impulso y se sube al colchón, camina hasta los pies de la cama y estira la mano por encima del armario. Nota un objeto.
Se paraliza.
—No…
Baja y arrastra la cama hasta pegarla al armario, y vuelve a subir. Esta vez extiende los dos brazos y lo agarra con fuerza.
Es una maleta antigua y cubierta de polvo.
La deja caer sobre la cama y la observa, sin pestañear.