El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 35
65%

35

Quiroga aún siente la boca seca por los calmantes. Hay frases que perforan cualquier efecto de la medicación. La última del inspector Córcoles resuena en su interior igual que un mal chiste:

«Tu amiga inspectora se ha vuelto a Alicante con el rabo entre las piernas».

Quiroga conoce a Marta. La conoce de verdad. Sabe cómo camina cuando tiene un caso en la sangre, cómo se obstina si la presionan y cómo se muerde el interior de la mejilla para no estallar. Marta no se marcharía a Alicante así, dejando cabos sueltos.

La resonancia se la han hecho en un centro privado y el doctor le ha firmado el alta con un discurso pulcro: seguimiento, cita en una semana y descanso. Quiroga ha asentido, consciente de que discutir en ese momento lo devolvería de vuelta a la cama y a la medicación.

Cuando el médico se marcha, Córcoles llena la habitación sin necesidad de levantar la voz.

Le informa, con esa serenidad altiva, que el comisario casi cursa un expediente y que al final se ha conformado con tenerlo unos meses de baja, apartado.

Le aconseja que se dedique a sus gallinas, que dé paseos por el monte y que disfrute del silencio, presentándolo como un favor.

El inspector lo deja en el centro de Oviedo, cerca de donde tiene el coche. Antes de irse, le repite una orden disfrazada de consejo: que se vaya a casa, que no se meta en líos y que se ocupe de lo suyo.

Quiroga espera a que el coche de Córcoles desaparezca antes de arrancar.

Tiene la cabeza embotada, sí, pero la adrenalina empuja desde su estómago.

No va a llamar a Marta porque sabe que su teléfono está intervenido.

Si él marca, alguien escucha. Y lo último que quiere es proporcionarles un hilo más.

Así que conduce al hotel.

Si Marta ha tenido un lugar al que volver, donde detenerse a respirar un momento, será allí. Y si no está Marta, tal vez esté Lara. Quizá haya una puerta que aún no le han cerrado.

Por puro instinto policial, aparca en el espacio más alejado del aparcamiento. Entra en el vestíbulo con el cuerpo aún extraño y la sensación de caminar sobre algodón. Hay gente entrando y saliendo, paraguas cerrándose, gotas sobre el suelo. A la derecha, la recepción.

Quiroga avanza hacia el mostrador. Detrás, hay una chica de unos treinta años, con el pelo recogido, que recorre el escritorio de un lado a otro con nerviosismo.

—¿Podría decirme en qué habitación está alojada Marta Escudero? —pregunta él.

La recepcionista se queda quieta. Parpadea. La pregunta parece alcanzarla en un punto delicado. En lugar de responder, se gira hacia la puerta de salida y mantiene la vista allí un par de segundos.

La puerta automática se está cerrando.

La chica titubea. Quiroga percibe que ese titubeo es miedo. Es duda. Es alguien que se arrepiente de haber dicho demasiado. Él extrae su cartera y le muestra de pasada un carnet donde aparece su rostro y un escudo policial en el lado.

—Soy policía. Por favor, no te asustes. ¿Qué está pasando?

Ella se muerde el labio. Mira alrededor, como si temiera que el hotel tuviera oídos. Luego toma una decisión.

—Ese hombre que acaba de salir… —dice en voz baja—. Me ha preguntado por ella.

—¿Por Marta?

—Sí. Ella me dijo que él vendría a buscarla —añade, y abre un cajón con rapidez—. Me dejó esto.

Saca un folio doblado y lo despliega sobre el mostrador. Hay una fotografía impresa. Dos caras. Una de ellas es Brenda. La otra… Quiroga no la identifica, pero la imagen desprende el mismo malestar que arrastra desde hace días.

—Marta me comentó que era su exmarido —continúa la recepcionista—. Y que si preguntaba por ella, le dijera que había ido al barrio de Cuyences.

Cuyences.

Quiroga no le pide más detalles. Ya no hay tiempo.

Se da media vuelta y corre hacia la entrada. Mira a un lado, luego al otro.

Lo ve.

El hombre de la fotografía está subiéndose a una furgoneta blanca, una Renault Kangoo. Abre la puerta del conductor con un gesto brusco, apurado por desaparecer.