34
Fran conduce hacia el extrarradio, con el limpiaparabrisas marcando un ritmo hipnótico.
Oviedo se diluye en barrios más rurales, en parcelas que emergen tras muros de piedra.
La ciudad queda atrás y el paisaje se torna rural, salpicado de casas unifamiliares y pequeños desniveles verdes que la lluvia oscurece aún más.
Cuyences no tiene nada de épico. Es un barrio tranquilo, diseñado para que nunca pase nada.
Un camino estrecho y viviendas con su propio terreno.
La mayoría están bien cuidadas: setos recortados, cercas pintadas y portones nuevos.
Un orden doméstico que contrasta con el caos interno que siente Marta.
—Joder, joder, joder… —dice Fran, al encontrarse con una furgoneta blanca que aparece de frente, a la salida de una curva pronunciada, con escasa visibilidad—. ¡Joder! Hay que estar loco para ir a esa velocidad por estos caminos.
—A ver, estamos cerca —informa Marta—. Creo que es un poco más allá de ese tractor.
La dirección que Teo les pasó los lleva a una casa que destaca más por su solidez que por su lujo.
Una construcción alta de tres plantas, con la fachada pintada de un verde intenso.
La parcela está cerrada por muros de bloque y piedra, y un portón metálico negro se alza en la entrada, alto, con puntas decorativas que están ahí para disuadir.
Fran reduce la velocidad y aparca unos metros más abajo, lo justo para observar sin llamar la atención. Marta permanece quieta al bajar del coche.
—Aquí vive Alfonso Munuera. Es un operario de la empresa de Nico Vergara. Según Teo, Nico utiliza su identidad para acceder a los servidores de edificios públicos, como el hospital o la jefatura… Todo lo que nos interesa.
Fran examina la casa con atención.
—¿Y qué hacemos?
Ella tarda un instante en responder. Si tuviera placa y respaldo, pediría refuerzos, montaría vigilancia y haría turnos. Carece de ambas cosas. Cuenta con una libreta, un puñado de nombres y un hombre a su lado que, por razones que aún se le escapan, sigue ahí.
—Si pudiera, seguiría aquí hasta ver aparecer a Nico Vergara —admite ella—. O hasta averiguar quién entra y sale.
Fran asiente de inmediato.
—Yo… Yo puedo ayudar.
Marta lo mira de reojo. Agradece la oferta, pero también siente la responsabilidad de convertir a Fran en su único apoyo.
Bajan del coche y caminan unos pasos por el arcén, sin acercarse demasiado. Desde esa distancia, la casa parece aún más blindada. Marta distingue una cámara de seguridad orientada hacia el camino de acceso, discreta, y otra en la fachada que controla el ángulo opuesto.
—Míralas —murmura Marta.
Fran sigue la dirección de sus ojos.
—Dos.
—Como mínimo —corrige ella.
Marta se debate entre llamar al timbre o no. Llamar es exponerse, aunque también puede ser una forma de medir el terreno, de provocar una reacción. Le basta con ver si Munuera está en casa, si miente, si se pone nervioso o si alguien responde por él.
Da un paso hacia delante. Otro. Calcula cómo colocarse para que la cámara evite capturar su rostro de frente. Y cuando está a punto de seguir, siente una vibración en el bolsillo interior de la chaqueta.
El teléfono nuevo.
El que casi nadie conoce.
Saca el móvil y lee la pantalla: «Número oculto».
Levanta la vista hacia Fran, callada. Él comprende el gesto antes de que ella hable.
—Contesta. ¿Qué tienes que perder?
Marta se lleva el teléfono a la oreja.
—¿Diga?
Hay una pausa breve. Luego, una voz femenina que suena decidida.
—Marta, Lara está en peligro.
—¿Quién eres?
—Nos vemos a las cuatro en punto en el Café Dindurra, en Gijón. Ven sola y sin teléfono.
La línea se corta.
Marta mantiene el teléfono pegado a la oreja, como si el aparato pudiera devolverle lo que le han quitado. Baja la mano despacio. Tiene la boca entreabierta y los ojos fijos en un punto del suelo que no ve. Fran la observa incapaz de entender qué demonios ha pasado.
Marta traga saliva y levanta la vista hacia él.
—Era Brenda.
No tiene tiempo que perder. La voz de Brenda la descoloca, pero lo que la destroza por dentro es la frase «Lara está en peligro».
Le basta para sentir cómo la culpa le muerde el estómago, porque todo esto comenzó con ella, con su empeño, con su manera de arrastrar a los demás a un terreno donde las reglas no existen.
Si a Lara le pasa algo, no habrá excusa, ni caso, ni verdad que la salve.
Fran arranca y pisa el acelerador con la misma rabia con la que minutos antes había maldecido a la furgoneta que los ha obligado a desviarse hacia la cuneta. El coche se sacude en cada curva. Los setos y las tapias pasan en un borrón verde y gris.
—¿Dónde vamos? —pregunta él, sin dejar de mirar al frente.
—Déjame en el depósito y luego regresa a Alicante.
Fran gira la cabeza, incrédulo, y vuelve a enfocarse en la carretera.
—¿Qué?
Marta no alza la voz. No hace falta. Habla con esa firmeza que utiliza cuando ya ha tomado una decisión.
—Y no insistas. No quiero sumar una preocupación más a mi lista.
Fran suelta una risa corta y amarga.
—¿Qué te ha dicho Brenda?
—Que Lara está en peligro.
—¿Y quieres que me largue? ¡Ni de coña! De aquí no me muevo hasta que la encontremos.
Marta abre la boca para replicar, pero el teléfono vibra. Esta vez la pantalla muestra un número con prefijo de Asturias. Contesta al momento.
—¿Diga?
—Soy la recepcionista del hotel. Hemos hablado hace un rato. —Marta se endereza en el asiento—. Oye… Como me dijiste, un hombre acaba de preguntar por tu habitación.
—¿Era el de la foto que te pasé?
—Sí, sí, sí… El mismo.
—¡Nico! ¿Y qué le dijiste?
—Que te alojabas en la habitación doscientos diecisiete. Y acaba de subir por el ascensor.
Marta nota el móvil clavado en la palma.
—Puede que te pregunte por mí, si sabes dónde puedo estar o si me has visto acompañada… Dile que hace un rato te pregunté si quedaba lejos el barrio de Cuyences.
La recepcionista traga saliva al otro lado.
—Vale…
—Te preguntará si iba sola. Dile que sí. Y tranquila, que no volverá por ahí.
Cuelga sin despedirse y encuentra a Fran mirándola de reojo.
—¿Te han llamado del hotel?
—Antes de irnos, le pedí que imprimiera la foto en la que Brenda sale con Nico. Le dije que si ese hombre preguntaba por mí, que me llamara —Marta habla rápido, conectando ideas—. Le conté que era mi exmarido, que tenía una orden de alejamiento y que tarde o temprano daría conmigo.
Fran mastica la información.
—Así que Nico ha ido a buscarte al hotel…
—La geolocalización se activó en cuanto encendí mi teléfono personal —responde Marta—. Lo dejé en la mesita. Seguramente forzará la puerta y lo encontrará. También verá el armario vacío y sabrá que le he tendido una trampa.
Fran no tarda en soltar la pregunta que le ronda desde hace un rato.
—¿No estás yendo muy lejos con todo esto?
Sin apartar la vista de la carretera, Marta responde:
—Es lo que debo hacer. Y ahora…
Gira el rostro hacia él, midiendo el instante.
—Dudo si pedirte un favor o no.
Fran ni lo piensa.
—Dispara.
—¿Tienes la cámara de fotos?
Fran arquea una ceja, ofendido por lo obvio.
—¿Acaso lo dudas?
—¿Y el teleobjetivo?
—Marta, por favor… ¿qué pregunta es esa?
Ella asiente, satisfecha.
—¿Podrías volver a la casa de Alfonso Munuera y vigilar quién entra y sale?
Fran se contiene antes de responder para asegurarse de haber oído bien.
—¿Crees que Nico Vergara irá hasta allí?
—Es una posibilidad —dice Marta—. Y si la recepcionista menciona lo de Cuyences, estoy segura de que al menos lo considerará. Pensará que he ido a buscar algo allí.
Fran suelta aire por la nariz, una risa mínima que no logra relajarle.
—Tienes una mente retorcida.
Marta lo mira. En su gesto hay cansancio.