33
Nico abre una portilla oxidada y la empuja con el hombro.
La vivienda se encuentra al borde de una carretera vieja, de esas que ya no llevan a ninguna parte, salvo a casas aisladas.
Tiene un tejado a dos aguas, una chimenea corta y una fachada amarilla, desconchada en las esquinas, con manchas oscuras marcadas por años de humedad.
La puerta es de madera maciza y gruesa, con vetas marcadas, y encima cuelga una campana de metal.
Bajo esta, un gallo de hierro observa la entrada con un gesto orgulloso y ridículo al mismo tiempo.
Las ventanas tienen barrotes de seguridad.
Nico camina delante. Lleva la bolsa de Lara con la ropa mojada y su chaqueta azul, que se balancea a cada paso y le roza la pierna.
Ella lo sigue a un par de metros, mirando a su alrededor en todo momento.
La finca es un mapa de abandono, con maleza en las vallas exteriores.
A un lado hay un columpio viejo, torcido, las cadenas están oxidadas y el asiento cuelga a medias.
Cerca, una caseta de perro con la madera hinchada por la humedad, vacía, con hojas pegadas y barro en la entrada.
Parece un lugar abandonado desde hace tiempo.
Nico llega a la puerta, introduce una llave en la cerradura y la madera cede con un leve crujido.
Dentro, huele a humedad acumulada. Nico levanta las persianas y la luz se cuela.
El salón es sencillo, con una mesa central y sillas de madera, un sofá oscuro con funda, una estufa vieja en una esquina y muebles que han visto mejores días.
No hay fotos familiares. No hay detalles personales que indiquen que «aquí vive alguien».
Queda únicamente lo necesario para sobrevivir.
—Ponte cómoda.
Lara entra porque carece de alternativa y, por instinto, se coloca cerca de la puerta sin apartar la mirada de él, con la maleta todavía en la mano. El silencio de la casa le resulta ofensivo. No hay televisión ni nada que disimule la sensación de encierro.
—¿Para qué necesitas mi teléfono?
Nico deja la bolsa sobre la mesa y se gira hacia ella.
—Para protegerte.
A Lara se le escapa una carcajada que no llega a ser risa.
—¿A mí? ¿Estás de broma?
Él no se altera. Da un paso hacia la ventana y le ofrece el espacio necesario para que no se sienta acorralada.
—Te hablo muy en serio. Tu hermana y tú tenéis los teléfonos pinchados.
La frase sacude a Lara en el acto. Más que sorprenderla, le inquieta que él lo diga con la misma naturalidad con la que alguien te advierte de que cae agua fuera.
—¿Cómo sabes eso?
—Ahora no es el momento.
Lara se aferra al mango de la maleta.
—¿Y cuándo lo será? ¿Por qué siempre respondes con evasivas?
Nico se aproxima. Lara no se mueve. No le regala el paso atrás.
—Mira, tu hermana se ha metido en un buen lío y necesita resolver esto de una vez.
—Ah, ¿sí? ¿Y tú le vas a ayudar?
Nico suelta un suspiro y va hacia la cocina, abre la nevera y la luz interior le ofrece un aspecto extraño, casi clínico. Tiene la barba más cuidada que la primera vez que Lara lo vio en Madrid, quizás más delgado, y esos ojos que miden cada silencio antes de convertirlo en respuesta.
—He intentado ayudarla —dice, con la puerta aún abierta—. Le dije que dejara de buscar y que regresara a Alicante, pero es muy cabezota y…
—¿Y qué? —Lara no le deja terminar.
Él cierra la nevera con tranquilidad.
—Tienes comida para aguantar unos días. Será mejor que te quedes aquí mientras convenzo a tu hermana.
—¿Cómo dices? De eso ni hablar, guapo.
Da un paso atrás, agarra la maleta con más fuerza y tira de ella hacia sí, a modo de arma o escudo.
—Tú no me encierras aquí porque a mí no me da la gana. ¿Quién te crees que eres?
Nico la observa muy quieto. Su aparente calma es, en realidad, un control absoluto.
—Créeme, es lo mejor para ti. Cuanto menos te expongas, menos problemas causarás.
Ese «causarás» abofetea a Lara y la disminuye, la convierte en un estorbo y en daño colateral.
Ella suelta el asa y la maleta cae contra el suelo. Da dos pasos hacia la mesa, apoya las manos en el respaldo de una silla e inclina el cuerpo mientras hunde los dedos en la madera.
—Necesito que me respondas algo.
Nico emite un gesto leve con las manos, un «habla» silencioso.
Lara levanta la barbilla. Tiene una pregunta que la quema desde hace tiempo.
—¿Dónde está Brenda y por qué se esconde?
El eco de la pregunta resuena en las paredes del salón junto al constante golpeteo del agua en los cristales. Nico no le devuelve nada. Saca su teléfono y lo revisa, ajeno a la conversación, con toda la tensión concentrada en ella.
—¡Eh, tú! ¿Acaso no te han enseñado modales?
Nico guarda el teléfono despacio. Levanta la mirada y la clava en Lara. Le señala una de las sillas de la mesa. Lara se sienta porque quedarse de pie le provoca ganas de lanzarse sobre él.
Él toma asiento frente a ella, con la espalda recta y las manos apoyadas en la mesa.
—Brenda es una desconocida para vosotras. Tanto, que ignoráis el daño que ha causado.
Lara se queda quieta, con las manos aferradas a la madera.
—Era una cirujana reputada —replica ella—. Igual que su padre.
—Correcto. Pero en la sombra movía hilos que no puedo revelarte.
—Pues vaya mierda —suelta Lara—. Si eso es todo lo que vas a decirme, ten por seguro que me largaré de aquí antes de que puedas levantarte.
—Siempre has sido cabezota, Lara.
Ella entrecierra los ojos.
—¿Lo preguntas?
—No. Lo afirmo. Te conozco desde hace años. Mauricio decía que eras un brillante a falta de pulir.
El nombre cae en la mesa como un objeto pesado.
—¿Mauricio? ¿Qué tiene que ver él?
Nico no duda. Esa seguridad revuelve el estómago de Lara.
—Tu padre te quería mucho y siempre se preocupó por ti.
Lara siente que una parte de sí, que creía intacta, cede. Mauricio no es un nombre que se pronuncie a la ligera. Mauricio es un vacío, una mezcla de recuerdos dolorosos y uno o dos buenos que duelen por la contradicción.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo era quien se encargaba de sacarte de los apuros.
Lara pierde el aliento un instante. Una risa incrédula le sube y se le atasca.
—Me estás vacilando.
—Te estoy contando más de lo que debería. A Brenda nunca le caísteis bien. Le incomodaba tener dos hermanas secretas. Se mantuvo al margen de vosotras, para bien y para mal. Ahora estáis rebuscando entre las cenizas, y eso puede acabar muy mal.
Lara quiere interrumpirlo, preguntarle cómo puede saber tanto sin haber formado parte de su vida.
—Brenda es una mujer herida y perseguida. Debéis dejar de buscarla de inmediato, o se encargará de arruinaros la vida.
La frase queda suspendida en el aire. Brenda. Herida. Perseguida. Y, aun así, peligrosa. Lara intenta encajar ese retrato con la imagen que tenía de ella: la cirujana, la hija perfecta, la profesional intachable. Le cuesta cuadrarlo, y justo por eso le da miedo.
—Te voy a contar algo. Esta casa perteneció a los padres de Mauricio Vega.
Él se crio aquí. Solía venir de vez en cuando a recordar su infancia.
Siempre decía que su rincón favorito era el columpio de ahí fuera.
El verano pasado decidió vaciarla, llevándose los pocos recuerdos que quedaban.
Dijo que Brenda quería ponerla en venta.
Nico arrastra la silla hacia atrás y se pone en pie. El roce de las patas contra el suelo resuena demasiado en una casa tan silenciosa.
—¿A dónde vas? —pregunta Lara, todavía sentada.
Él camina hacia la puerta.
—Tengo que encontrar a tu hermana. Vendré luego.
Sale de la casa y hace temblar el marco con un portazo.
—Espera… —Lara se incorpora.
Desde dentro escucha la llave girar. Una vuelta. Dos. Tres.